19 de abril de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

LAS SUPERBACTERIAS QUE AMENAZAN AL HOMBRE IGNORANTE

28 de mayo de 2016

Solo en Europa las bacterias resistentes a los antibióticos causan más de 25.000 muertes al año. Más que el ébola en el último brote que tanto hemos temido. Y, sin embargo, no somos conscientes de que al ritmo que progresan estas superbacterias en poco tiempo podemos encontrarnos en la situación de nuestros tatarabuelos, a los que una simple pulmonía, una pequeña herida infectada, podía llevarles a la tumba. La última alerta ha surgido en EE UU. Una mujer de 49 años ha muerto por una infección de orina causada por una E.Coli resistente a la colistina, un antibiótico de último recurso. Si resiste a este, resiste a cualquiera, y lo ha hecho gracias a una mutación observada en cerdos que ahora infecta también a humanos.

Si alguien no sabía qué era la epigenética, aquí tiene un buen ejemplo. Todos los seres vivos recibimos una herencia genética que se va modificando en contacto con el ambiente. Del mismo modo que los humanos de África desarrollaron una mayor producción de melanina en la piel para protegerse de los peligrosos rayos uva, todos los seres vivos evolucionan para adaptarse al medio. También las bacterias. La curva de mortalidad comenzó a caer a partir de los años cuarenta del siglo XX conforme el uso de la penicilina se iba generalizando. Los antibióticos han jugado un papel clave en el hecho de que en menos de un siglo hayamos logrado duplicar la esperanza de vida. Ante la agresión que para ellas representan, no podíamos esperar que las bacterias permanecieran impasibles y se han defendido mutando. Lo preocupante es que son más rápidas generando resistencias que nosotros descubriendo nuevos antibióticos.

Pero no todo el mérito es atribuible a su capacidad de adaptación. Las estamos ayudando con el mal uso que hacemos de estos fármacos, tan familiares que ya les hemos perdido el respeto. Tomar antibióticos cuando no son necesarios y abandonar el tratamiento a medias ayuda a las bacterias a hacerse resistentes. Pero la mayor ayuda para las superbacterias ha sido el uso masivo e irresponsable de antibióticos en las granjas de animales, no para curarles, sino simplemente para prevenir las infecciones a las que son más propensos dadas las condiciones de hacinamiento en las que son criados.

El mapa del abuso de antibióticos coincide con el del incremento de resistencias bacterianas. Grecia o Italia consumen tres veces más antibióticos que Holanda, y también son los que tienen más resistencias. El resultado es que dos de cada 10 infecciones son ahora causadas por bacterias inmunes a los tres antibióticos más habituales. La colistina se retiró en los años setenta por su toxicidad y ahora se ha recuperado para salir al rescate de los enfermos, pero sigue siendo un fármaco muy agresivo. Lamentablemente se cumple lo que el propio Alexander Fleming dijo al recibir el premio Nobel por descubrir la penicilina: “Llegará un día en que cualquiera podrá comprar penicilina. Entonces existirá el peligro de que un hombre ignorante pueda fácilmente tomar una dosis insuficiente y que al exponer sus microbios a cantidades no letales del fármaco los haga resistentes”. Así está siendo.

EDITORIAL/EL PAÍS