12 de abril de 2021
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UN REFERENDO EN CONTRAVIA

2 de abril de 2016

Si la prioridad es el derecho de los niños a «la mejor familia posible», lo que menos importa es el sexo de sus miembros o si están casadas o no.

Presentó el martes pasado la senadora Viviane Morales, del Partido Liberal —aunque usted no lo crea, a ese partido pertenece—, 2’306.000 firmas ante la Registraduría Nacional, en su intención de convocar a un referendo para prohibir la adopción de menores tanto por parte de parejas homosexuales como por parejas solteras. Las creencias religiosas y la popularidad, pretende convencernos la senadora Morales, deben definir los límites de los derechos ciudadanos. Planteado en la segunda década del siglo XXI y de parte de una representante del liberalismo, parece asunto de locos. Pero el proceso ya llega al segundo de sus pasos legales y, si bien confiamos en que no pasaría un control constitucional, va dejando argumentos e ideas erróneos que es importante ir cortando de tajo.

El primer asunto problemático, y por lo que es presumible que este referendo no tenga futuro en caso de llegar hasta el control constitucional, es precisamente aquel de utilizar este mecanismo de participación para suprimir derechos por imposición de las mayorías. Ya alguna vez se pretendió en este país imponer la peregrina tesis del Estado de opinión como sustento para dar carta libre a que un presidente pasara por encima de las instituciones cabalgando sobre su popularidad. No es muy diferente lo que aquí se plantea: que, ya no el jefe del Estado sino la mayoría del pueblo, ejerza su tiranía para imponer a los demás su visión particular. Todo lo contrario a lo que nuestra Constitución y cualquier Estado moderno protege: que el ejercicio del poder se mantenga sometido a las reglas del derecho y no someta a sectores minoritarios de la población.

 

Los promotores del referendo son conscientes de su atrevimiento constitucional —Viviane Morales ha sido destacada profesora de esa rama del Derecho—, razón por la cual han acudido a la leguleya tesis de que la adopción es un derecho exclusivo de los niños que no se traslada a las parejas, ni heterosexuales ni homosexuales, ni casadas, ni en unión libre, ni solteras. Por supuesto que el interés central es el derecho del niño a tener una familia, pero de ahí a decir que las parejas no tienen por ello el mismo derecho —así sea subjetivo— a adoptar hay un largo trecho. Esta exclusión retórica más parece la manera de eludir el debate sobre otro gran punto problemático de la propuesta, cual es la clara discriminación contra las parejas homosexuales y solteras para aspirar a tener los hijos que no pueden, o no quieren, concebir.

La discriminación que pretenden ocultar con ese argumento se hace empero explícita en el texto de la propuesta, que habla de la protección del “derecho (de los niños) a tener la mejor familia posible conformada por un hombre y una mujer que les brinde condiciones para su desarrollo integral”. De manera pues que no solamente se pretende que las mayorías definan los derechos que se otorgan o se suprimen, sino que además designen el tipo de familia que es “la mejor posible”, sencillamente porque es heterosexual casada o en unión libre les parece que lo es. ¿Quién lo dice? ¿Dios? ¿Y si lo dice su Dios, todos debemos acatarlo si se impone la mayoría? ¿Ha entrado en desuso la separación de Estado e Iglesia que tantas valientes batallas mereció, verbigracia desde el Partido Liberal que hoy dice representar la senadora Morales?

Claro que el Estado no puede permitir que los niños abandonados terminen en cualquier familia y de cualquier manera. Claro que se debe seguir un rígido protocolo de selección y escrutinio sobre la calidad de esas familias. Pero si en verdad la prioridad es el derecho de los niños a una familia, a la mejor familia posible para ponerlo en los mismos términos, lo que menos importa es si esa familia está integrada por personas de diferente sexo, o del mismo, o si están formalmente casadas o se mantienen solteras. Lo importante es que haya amor, valores, respeto, reconocimiento, confianza, dedicación de tiempo y muchas características que poco tienen que ver con el sexo de los padres, las firmas de papeles o las creencias religiosas.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL