14 de abril de 2021
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Sonoro Lizardo

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
1 de abril de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
1 de abril de 2016

Desde Cali

Víctor Hugo Vallejo 

Victor Hugo VallejoFue un día de agosto de 1977 cuando el secretario general de la reciente Universidad Libre, seccional de Cali, Carlos Puentes, llamó al joven rector del colegio Cooperativo Universitario del Valle, de quien le dijeron que estaba poniendo en práctica nuevas metodologías en el aprendizaje y le pidió que fuera docente hora cátedra para la asignatura Metodología de la Investigación.  El escogido dijo que él de eso no sabía y que por tanto agradecía la designación, que, por supuesto, declinaba. Puentes con buen criterio le mantuvo la oferta y le puso el reto de que aprendiera para que enseñara, al fin y al cabo su formación profesional era de docente. Ese profesor de mediana estatura, figura bonachona, andar pausado, abrazo fuerte, palabras claras y sencillas, no tuvo otra alternativa que aceptar, llegar a casa con el susto del compromiso mayor, pues en su corta vida profesional no había dictado clases en la Universidad.  Llegó el da la materia. final los alumnos aplaudieron su forma de comunicar el conocimiento y la sinceridad de contarles que no sabprofesiía de la clase inicial en horas de la noche, con personas más adultas que el imberbe profesor, quien se presentó como el profesor de Metodología de la Investigación en la Facultad de Derecho. En medio del pánico escénico les contó a sus alumnos que ignoraba la materia y que harían el esfuerzo de aprender entre todos. Como no hay nadie más sabio que un ignorante bien preparado, expuso lo que alcanzó a conocer en las horas de dedicación a la preparación de la clase. Esa clase salió muy bien. Al final los alumnos aplaudieron su forma de comunicar el conocimiento y la sinceridad de contarles que no sabía la materia.  Y ahí se graduó el docente universitario que acaba de arriba al jubileo de los 40 años de entrega del saber. Es José Lizardo Carvajal Rodríguez,  de quien desconocía su primer nombre y su segundo apellido, pues en la tarima de la intelectualidad colombiana el nombre de Lizardo Carvajal es sinónimo de seriedad, de entrega, de saber y de enseñar, sin que haya necesitado de ese primer nombre tan de la época en su Huila natal y de ese segundo apellido que corresponde al más común de todos los apellidos colombianos, como que se dice popularmente que “en Colombia hay más Rodríguez que gente”.

Lizardo se acaba de pensionar, es decir ya no tiene más contratos como docente en Universidades del sur occidente colombiano, pero no ha entrado  en la etapa del dejar de hacer, sino que acaba de ingresar en la de quien hace mucho por el cariño que le tiene a todo lo que sabe y lo que le queda por aprender.

El 28 de marzo, en la Biblioteca Departamental del Valle, en Cali, sus hijos –tan abundantes como sus obras- le organizaron un homenaje de jubileo con sus amigos más cercanos, a quienes invitaron en secreto pues él nunca supo de lo que pasaría esa noche jubilosa, que colmaron el auditorio y en el que hubo música, versos, elogios, recuerdos, cariño y abrazos por cantidades.  Fue la reunión de cientos de amigos para aplaudir una vida. Fue la demostración de cómo los maestros siguen siendo de la esencia del desarrollo de una sociedad, cualquiera que esta sea. Lo que ha hecho Lizardo en la vida es enseñar. Todos los que estábamos allí era porque fuimos sus compañeros de aprendizaje, sus alumnos, sus docentes –estaba el maestro Ismael Medina, ayudado con un pesado bastón, quien no podía estar ausente del homenaje a su más brillante pupilo en la Universidad del Valle-, o porque en sus libros de orientación en la lecto-escritura y en la metodología de la investigación hemos bebido los conocimientos que nos han hecho un poco menos torpes con la forma de asumir el saber, entender y comprender,  lo que no llega de cualquier manera, sino que debe obedecer a unos propósitos y necesidades que satisfacer.

Desfilaron todos los afectos positivos posibles. Su hija Vera hizo la semblanza de ese padre al que tanto admiran, tanto quieren y con quien tan solidarios han sido, son y seguirán siendo. Todos los que iban hablando  de Lizardo y su vida, lo hacían como si existiese un libreto o guión previamente preparado, pues la coherencia era total. Todos estaban hablando del mismo ser, del mismo talante, de la misma persona sin dobleces, sincero, entregado a enseñar, a transmitir el conocimiento por el gusto de hacerlo, por la vocación de hacerlo y de paso para obtener el sustento de los dos hogares que ha tenido, con la gran identificación de alguien que se ha casado dos veces y lo ha hecho con tal nivel de racionalidad que en ambas ocasiones se casó con una Amanda. Y en el homenaje no hablaron de la primera y de la segunda esposa, todos hablaron de “las Amandas”, como si fueran una sola, y en verdad que cada una lo ha sido, a su manera, la gran compañera, la amiga, la amante, el respaldo que todo gran hombre requiere en todos los momentos de la vida, personas que entendieron que un ser humano puede cambiar en sus emociones, pero sin dejar de ser sincero y cierto en lo que hace en la vida. De otras latitudes transmitieron en pantalla gigante saludos de amigos y compañeros de inquietudes intelectuales. Desde Canadá le hablaba –en un  video- su hijo Lizardo –heredero de una de sus pasiones, ser editor-, quien terminaba diciendo que esa reunión debía estar tan buena, que mejor se iba para ella y le pide a su padre que pase a la puerta y le abra, que quien toca es él. Entraron al escenario abrazados como dos grandes amigos.  Eran dos colegas editores.

Las Universidades –sus Universidades-  a las que les ha dedicado una vida entera en sus aulas, le rindieron los necesarios testimonios de reconocimiento y gratitud. La Universidad Santiago de Cali, la del Valle, la Libre, seccional Cali, la Corporación Universitaria Superior, UNICUCES, le hicieron saber que esos más de 30.000 estudiantes que han recibido sus saberes le quedan inmensamente agradecidos y lo único que le piden es que ese docente no vaya a guardar silencio, porque quienes andan en el camino de su formación profesional necesitan de su palabra.

Si gran amigo –compañero eterno de vida, de versos, de música, de bebidas espirituosas, de muchos amores que han visto y se han hecho cómplices, de días, de noches bohemias, de lecturas, de escrituras, de ediciones- Gerardo Atehortúa, tuvo a su cargo la intervención central, en tono de gran orador forense y con la emoción cierta de quien le habla a un hermano de existencia. Al final se apoyó en el poeta antioqueño Carlos Castro Saavedra y trajo a su voz, y la de todos  los asistentes de pie, los versos del Hombre Sonoro, con el que se define a quienes pasan por la vida no haciendo ruido, sino esparciendo sonidos formativos, de esos que dejan huellas que pueden caer del cielo o llegar desde lo profundo de la tierra. Tantas emociones había soportado Lizardo hasta ese momento, que le llegaron en esa hora de versos con lágrimas en los ojos que ni siquiera pudieron ocultar sus antejos. Todos lo vimos llorar de felicidad, de la felicidad de saber que ha vivido para servir, para enseñar, para entregar lo mucho que sabe y orientar a quienes se meten en el mundo del conocimiento.

Ya su nieta Abril –hay que ser poeta para tener una nieta con ese nombre-, lo había mostrado en un video en el que le permitió dar una clase de la diferencia entre el Maestro y el Profesor, con la clara definición de que no se nace docente, se forma y que el primero es el que lo entrega todo y el segundo es el que se dedica a enseñar porque es la manera de ganarse la vida y nada más. Una cosa es el salario. Otra bien distinta la satisfacción de saber  que miles de seres humanos ahora saben lo que saben porque ese maestro se los ha entregado.

Llegó la hora de la gratitud en la voz de Lizardo y no fue difícil que aflorara el poeta que comenzó haciendo saber aquello de que la palabra Perro escrita, muerde, cuando se la utiliza de manera peyorativa. Poco a poco fue construyendo una clase de semiología para los asistentes, como que desde siempre su herramienta de trabajo ha sido la palabra. Echó mano del hombre sonoro y le hizo ver a todos que los seres sonoros son aquellos que pasan por la vida dejando una huella capaz de generar construcciones intelectuales que los proyectan  hacia la inmortalidad del que nunca se  olvida.

Le entregaron muchos ramos de flores y le aplaudieron de pie, como se aplaude a un Maestro en el más estricto sentido de la palabra. Un maestro sonoro. Un Sonoro Lizardo.