20 de abril de 2021
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Bogotá tuvo en el pasado un alcalde verdaderamente Mayor

12 de abril de 2016
12 de abril de 2016

el campanario

Bogotá –la primera gran concentración urbana de Colombia— busca con la linterna de Diógenes, hace muchos años, un gran alcalde mayor, pero la suerte no le ha sonreído en esta materia.

Han transcurrido muchas décadas y la ciudad capital no ha sido capaz de tener en el Palacio Liévano un burgomaestre que le dé la talla al inolvidable don Fernando Mazuera Villegas, quien (como la finada Miss Universo  Luz Marina Zuluaga) nació en Pereira y se crió en Manizales.

En las ricas fuentes de Google encuentra el navegante una jugosa historia del hombre que fue arquetipo de superación y visionario excepcional.

Don Fernando se convirtió en alcalde de la gran urbe, por casualidad, a raíz del horroroso “Bogotazo” del 9 de abril de 1948  que se desencadenó tras el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán.

Cuentan los cronistas santafereños que a Mazuera lo pusieron al frente de la administración distrital porque había demostrado agallas como empresario recursivo, al margen de los tejemanejes políticos.

Este manizaleño de corazón había llegado joven y con dos pesos en el bolsillo. En pocos años, le ganó la partida a la pobreza y disfrutaba de la bonanza económica a sus tempraneros 22 años de edad. Pintaba como  el tipo ideal para reconstruir la ciudad.

Para la muy ilustrada Wikipedia, a Mazuera le cabe el título de estadista porque, al asumir el reto, pensó en las generaciones venideras y no en las próximas elecciones, chascarrillo muy socorrido por la clase política sabanera en la segunda mitad del Siglo XX.

Pese a la feroz oposición de los dueños de los predios que se necesitaban para los puentes de la calle 26, logró esa hazaña, con proyección urbanística-futurista, en contravía de la miopía aldeana del momento.

Sus críticos  hablaban despectivamente de los «huecos» de la 26. Hacían mofa, describiéndola como una obra utópica, ajena al bien común. Llegaron al extremo de exhortar a la abstención vehicular, para «evidenciar» la inutilidad de ese tipo de solución.

Relatan los periódicos antañones que,  años después, el alcalde Hernando Durán Dussán, angustiado porque le estaban embolatando la construcción de puentes adicionales y de la vía circunvalar, le pidió consejo a Mazuera, quien le sugirió actuar en función del beneficio colectivo, con tropel de maquinaria y manos a la obra. El poder es para poder. Así fue. Calladito, tramo a tramo, sin bombos ni platillos mediáticos, “El Llanero Durán” fue empalmando la ruta, a lo largo de los cerros orientales. En el carácter ejecutivo, había dado muchos ejemplos, sin agüero, Mazuera Villegas. Lo anota en su autobiografía:

Se había reunido con los banqueros para persuadirlos de la necesidad de levantar los rieles de los tranvías, reducidos a cenizas en “El bogotazo”. Juzgaba innecesario, obsoleto, ese sistema de transporte, cuando la ciudad tenía poco más de 600 mil habitantes. No le pararon bolas y le propusieron una nueva reunión, pocos días después, para discutir el asunto. El alcalde no se podía permitir esas esperas cuando había madurado una decisión que estimaba conveniente. De inmediato dio la orden de cubrir las líneas férreas con una capa de asfalto, y cuento acabado. ¿Apelación? A los infiernos…