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Voto femenino

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
11 de marzo de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
11 de marzo de 2016

Desde Cali

Víctor Hugo Vallejo 

Victor Hugo VallejoCuando los derechos se ejercen al convertir en realidad cierta lo que puede ser una mera declaración, quienes lo hacen lo toman como si fueran naturales e inherentes al ser humano. Ya son de tal naturaleza que nadie se pregunta si existen o no, simplemente los ejercen para bien o para mal. Es el momento actual en el que se ha llegado a un certeza de que los derechos no son declaraciones jurídicas contenidas en textos normativos que provienen de los más altos niveles del ejercicio del poder. Ahora se vive lo que el maestro Estanislao Zuleta planteaba en sus disertaciones: no basta con la consagración de los derechos, es necesario que se hagan realidad en su práctica. Y esto es posible desde la adopción  del Estado Social de Derecho como el eje conductor ideológico de un régimen estatal, lo que viene sucediendo en el mundo desde 1929, cuando el profesor Herman Heller  expuso las tesis a ello referidas. En nuestro medio llegó un poco tarde, pues apenas se asumió desde 1991 con la expedición de la Nueva Carta, pero llegó al fin.

Si bien es cierto una declaración ideológica no tiene  el poder absoluto de cambiar a una sociedad, no es menos cierto que si genera la capacidad de poder vivir de otra manera, con la expectativa  real de que los derechos son para ejercerlos, no solamente para declararlos.

Dentro de esos muchos derechos que se consagran en el ejercicio de lo colectivo de los asociados, está el del sufragio, que no se pone en duda y que las nuevas generaciones toman como algo que les es propio por ser seres humanos capaces.

Lo que se desconoce es que esos derechos en su realización práctica no se consiguieron de buenas a primeras. Fueron muchos años de luchas, de confrontaciones, de reclamaciones, de rebeldías, de encarcelamientos, de castigos, de oprobios pues quienes ostentaron primero esas facultades las consideraron como exclusivas de si mismos y se opusieron a reconocerlas en cabeza ajena. Quienes no se opusieron, permanecieron en silencio, permitiendo los enormes atropellos que esa lucha trajo consigo.

Una bella película de una directora inglesa, Sarah Gavron, recuerda de la mejor manera lo que fue la lucha de las mujeres del Reino Unido cuando en 1912 se decidieron a tener voz, pues nadie las escuchaba. Les abrieron las puertas de las grandes industrias, especialmente de aquellas en que el trabajo material incluía jornadas tenebrosas de resultado por obra, con horarios ilimitados.

Una cinta que ha pasado casi desapercibida en las carteleras colombianas cuando desde enero de este año llegara a su distribución. Es cine de autor, que los grandes distribuidores de la industria no tienen mucho interés en promocionar, porque no generan ingresos multitudinarios sino apenas la presencia de quienes de alguna forma entienden el cine como una expresión artística capaz de contar historias ciertas, en las que el ser humano lo protagoniza todo, pero en las que las exageraciones y las fantasías que se pueden producir mediante el uso de medios técnicos, hoy ampliamente desarrollados con el uso de los sistemas,  dan para irrealidades que permiten ser vistas comiendo crispetas, tomando gaseosa y untándose con las salsas de una salchicha fría.

La directora Gavron narra con una bella fotografía capaz de transmitir los estados de ánimo de quienes se mueven en ese mundo de rutina del trabajo en una gran lavandería londinenses de 1912, un poco la historia de los comienzos de la lucha de las mujeres por conseguir el derecho al voto. Comenzaron a ser conscientes de los abusos laborales a que eran sometidas y dijeron muchas veces que necesitaban de condiciones más humanas en sus labores, pero nadie las escuchaba. Todos eran sordos. Era como si en lugar de dejarse oír les transmitieran la necesidad de guardar silencio y vivir eternamente agradecidas de que las  dejaran generar unos muy magros ingresos adicionales para el sustento de sus hogares. Las callaban con desdén y desatención.

Fueron pequeños grupos de mujeres trabajadoras, y unas muy pocas damas con capacidad económica –la de sus maridos, no la de ellas-, que comenzaron a manifestar  en breves recorridos en los que pedían que les dejaran opinar a través de la capacidad de decisión del voto, para poder procurar cambios en lo que ellas consideraban injusto. Esos pequeños grupos fueron creciendo, no significativamente, pero si con algunos niveles de representación y al menos las oyeron para reprimirlas. Comenzaron las fuerzas organizadas de autoridad contra el crimen a perseguirlas, encarcelarlas, torturarlas para saber de autorías intelectuales de conductas que el Estado y quienes lo dominaban consideraban criminales, pero que apenas eran protestas sociales.  En el derecho de entonces no tenían ese carácter y luchar contra el sistema ya de por si era considerado criminal.

No las callaron. Tampoco las oyeron. Ellas persistieron y es lo que cuenta la directora inglesa en su película “Sufragistas”, estrenada en 2015, como segundo largometraje de esta egresada de la Universidad de York, nacida en Londres en 1970, quien vuelve a presentar la fuerza femenina cuando la mujer es sometida a condiciones que no se corresponden a su naturaleza misma, pero que desde la existencia de normas discriminantes tanto daño han causado en la humanidad, como lo presentara en su primer filme “Camino a la plenitud”, estrenada en el 2007, en cuyo desarrollo una mujer del tercer mundo llegada al Reino Unido descubre que el universo es otra cosa diferente al reducido espacio de un marido poco atractivo y del sometimiento a atender unos oficios domésticos  que ninguna satisfacción la generaban.  En las “Sufragistas”  las mujeres trabajadoras de Londres se involucran en esa lucha por el reconocimiento al derecho a decidir, con los avatares y las afrentas que les plantean desde sus propios compañeros de trabajo, sus esposos y la sociedad entera que las mira como antisociales, las discrimina aún más y las somete al absurdo de unas leyes concebidas para privilegiados.

Lo pierden todo: su esposos, sus hijos, su trabajo, sus amigos, su entorno. Se radicalizan cuando ven que protestan, las agobian, pero siguen sin ser oídas. Dan comienzo a una lucha de terrorismo que a la luz de hoy día luce como juego de niños, como meter pequeños explosivos en sobres en los buzones de correo, como poner petardos de muy bajo poder explosivo en andenes etc. Tampoco las oyen. Las persiguen con más énfasis, las maltratan y les privan de los más elementales sentimientos. No les reconocen los derechos, y además pretenden deshumanizarlas al pisotearles sus emociones.

Con el guión de Abi Morgan, la actuación sensacional de Carey Mulligan, la majestuosa Meryl Streep, Helena Bonham Carter, Annie Marie Duff y Ben Whishaw en un papel tan natural que se hace odiar  como esposo de Mau, el personaje central del film, “Sufragistas” es una obra maestra del cine inglés que ninguna fortuna tuvo en la pasada edición de los premios Oscar, que comercialmente no es un gran éxito, pero que todos debemos observar si queremos no olvida que cuando los derechos se ejercen de manera tan natural, es porque hubo quienes dieron el pecho y afrontaron las dificultades para conseguirlo.  Fueron 18 años de lucha en Inglaterra, para que finalmente hacia 1928 se reconociera el derecho de las damas a votar. En Colombia apenas se logró en 1958 cuando miraron hacia las mujeres como una manera de legitimar una causa en la que en la justificación del derrocamiento de una dictadura, entre unos señores azules y rojos les dio por repartirse el país de manera milimétrica durante 24 años.

Ahora todos podemos votar, pero esa universalidad no se logró de buenas a primeras, ni como una concesión de quienes han ostentado el poder. Esta película nos dice un poco de cómo ha sido esa lucha en defensa de lo que al ser humano le corresponde por serlo.