19 de abril de 2021
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¿Será asunto de leyes?

14 de marzo de 2016
Por Hernando Arango Monedero
Por Hernando Arango Monedero
14 de marzo de 2016

Hernando Arango Monedero

hernando arangoAlguna razón debe existir para que los colombianos tengamos en mente, siempre, que los problemas del país se arreglan con un simple cambio o expedición de leyes. A lo mejor debe darse por herencia Santandereana. Y debe ser así, ya que cada que enfrentamos una dificultad, salimos a pedir se expida una ley que ponga fin a un determinado problema. Expedimos una ley para acabar con…. Se expide otra ley para agravar las penas por….. Y otra ley para que se cumpla a cabalidad con…..

Y, así, de ley en ley, el país anda como anda y continuamos pidiendo la expedición de otra ley y sí, en un momento dado se presentan ataques con ácido, de inmediato se tramita una ley que aumenta las penas por ataques de esta naturaleza a una cantidad mayor años. Los ataques se siguen, al final de cuentas, el asunto es que nuestras autoridades no logran dar con quién lanzó el ataque y sí, por casualidad lo logran, habrá lugar a un proceso de nunca acabar, dado que los investigadores destinan más tiempo a establecer el origen del ácido que a determinar las pruebas que incriminan al supuesto delincuente. Así, la sanción nunca llega y la sensación entre el común de los ciudadanos es la de que, a aquél, nunca lo condenaron por su felonía. Igual pasa con los ataques a las mujeres. De esa manera, y violando los principios de no discriminación, es más grave hoy atacar a una mujer que a un hombre, como si se tratara de dos especies, no géneros, diferentes. Al final, la supuesta pena no se impone con la celeridad suficiente para que la comunidad entienda que quién la hace la paga, ya que las investigaciones no van al grano y se disipan en quisicosas que a nada conducen.

Y de ley en ley, nos mantenemos atacando, como el Quijote, molinos de viento a los que poco mal se les causa en cada arremetida, como quiera que a cada momento las causas y los efectos van mutando, más el sentimiento que queda es que, nada cambia cuando nos dicen que todo cambia.

Lo anterior para que ahora nos detengamos en disquisiciones relacionadas con la misma Justicia, cuando ésta se encuentra en su peor momento y cuando todo lo que con ella se relaciona se le vincula con política. Y se empieza por la Procuraduría, como quiera que el procurador actual es un conservador apegado a sus principios religiosos y defensor a ultranza de las costumbres y procederes hasta ayer inmutables. Toda esa conducta, que en nada daña a una sociedad, sí se convierte en enfermiza cuando la misma no acepta la manifestación de otros que, sin ofender esas costumbres, piensan de manera diferente. Y se sigue con la Fiscalía, la que hace mucha bulla y nos entrega pocos resultados. Es de gran rigidez y premura en dictar autos de detención a diestra y siniestra, al punto de que las demandas por detenciones arbitrarias ahogan ya el presupuesto nacional. No obstante, es de alguna manera selectiva y sensacionalista, y en ello basa su prestigio, si eso cabe, frente a su propia ineficiencia. No hay que desconocer que es exageradamente selectiva, lo que da pie para que se le catalogue como politizada, cosa que es sentimiento generalizado. Desde luego que los negocios que hace sin atender las reales demandas de ese despacho son motivo de crítica permanente, dadas las características muy especiales que tienen sus contratistas. Así, un escándalo por esa causa, es cubierto por el siguiente escándalo en demostración de su poderío. De su cabeza se dice que es el Fouche o el Hoover de esta época y que, en todas las esferas se le teme dada su capacidad de armar entuertos a conveniencia.
Y de las Cortes, ni qué decir. Sabemos que en esas esferas el común denominador son las intrigas y de allí que se deriven también los supuestos de una gran politiquería, politiquería que ha desatado una persecución, si cabe, contra quien trató de desenmascarar lo que era obvio a los ojos del país, como eran las relaciones non santas de algunos magistrados en los años pasados, cuando los homenajes de personajes cuestionados eran comunes. Igualmente, los obsequios de parte de interesados en decisiones eran aceptados por magistrados. Todo ello, en demérito de las instituciones. Y rezagos de estas conductas nos llegan aún hoy en día, lo que enloda aún más el prestigio no guardado por sus integrantes. Y, ahora, para más, se encuentran enfrascados en la designación de los magistrados que faltan para llenar las vacantes en la Corte Suprema, todo, por la politiquería que no les permite enterarse de sus deberes y de lo que tales dignidades, las de Magistrado, representan ante la faz del país.

Y, para solucionar estos problemas en una y en otra de las instancias de la Justicia, ya hay quienes están pensando en una Constituyente con la que tendríamos solucionados los problemas actuales. Acaso, me pregunto yo: ¿No bastaría con un proceso al que sean llamados los magistrados para exigirles el cumplimiento de sus deberes?

¿Acaso al Ejecutivo no se le encausa por no cumplir con los principios de eficacia y eficiencia? ¿Acaso no puede darse sobre los Magistrados el control de gestión de resultados, logro de objetivos, programas y proyectos?

Total: Más que nuevas leyes, lo que necesitamos es una sociedad que exija el cumplimiento de DEBERES y que esa sociedad lo haga con fortaleza y sancione, socialmente, a quienes de esta manera así se comportan.
La Justicia, al igual que la caridad, empieza por casa.
Manizales, marzo 10 de 2016.