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Mercader mortal

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
3 de marzo de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
3 de marzo de 2016

Desde Cali

Víctor Hugo Vallejo 

Victor Hugo VallejoTantos nombres le pusieron que al final hasta el suyo propio se le andaba convirtiendo en olvido. Le llamaron de diferentes formas y le dieron distintas nacionalidades con documentación falsa como su identidad misma y le hicieron el trabajo ideológico suficiente como para cambiarle hasta su carácter, su pensamiento, sus ideas, su manera de ser.  Tenía que ser un soldado incondicional que sólo hasta el último momento llegó a saber cual era la misión para la que se había sometido a trabajos, estudios y jornadas que iban en contra de su propia vida. Lo aceptó y lo hizo todo, incluso con aportaciones personales en la manera de hacerlo, saliéndose del libreto por tantos años preparado. Lo que trascendía era el resultado final y él lo sabía.

Ramón Mercader Del Rio finalmente se murió en la Habana en 1978 con el nombre con el que lo ubicaron en el mundo, en medio del olvido y el desconocimiento. Olvido que muchos conservan de él, pues no se trata de una historia grata que pueda y deba ser compartida por muchos a manera de saber de lo bueno que ha tenido el mundo. Es una historia tan ingrata que de ella hay más olvido que memoria.

Conocer a alguien como el asesino de alguien, no es una historia que deba ser apoyada en los recuerdos. Es algo con tendencia al olvido.

Ramón Mercader del Rio no fue más que el asesino de Troski. Eso fue lo más importante que hizo en la vida. Una vida que finalmente no fue la suya sino de quienes le usaron como instrumento criminal para cobrar una venganza y quitar del camino un presumible estorbo al ejercicio del poder de un sátrapa en la Rusia de los años 40 del siglo anterior.

Fue el largo brazo asesino de Stalin que siempre vió en el creador del ejército rojo una grave amenaza, el más militar de los ideólogos de la Revolución Bolchevique, Lev Davidovich Bronstein, más conocido en el mundo como León Troski, nombre con el que quiso esconderse de las fauces aterradoras de quien para permanecer en el poder solamente conocía el crimen. Enfermo el padre de la Revolución en 1922, Lenin,  la sucesión en el poder era más un asunto de intrigas, descartes, eliminación de posibles aspirantes y de quedarse en el ejercicio del mando a través del exterminio de todo aquello que pudiera llegar a convertirse en obstáculo, estorbo, barrera  limite en la toma de decisiones que iban en contra de todos los ideales que se plantearon en octubre de 1917.

Fue el asesino seleccionado mucho más allá de las fronteras de Rusia para que se pudiesen  borrar lazos de cercanía con quienes planearon, pensaron y ejecutaron por brazo ajeno un crimen que de alguna manera hizo saber al mundo que en el poder ruso no había una persona con ideas sembradas en las tesis marxistas, sino aferradas a las que corresponden a los regímenes dictatoriales, en los que prima la voluntad de un solo ser, con el ejercicio necesariamente criminal, para poderse mantener indefinidamente.

Ramón había nacido en Barcelona el 7 de febrero de 1913, hijo de Pau Mercader y Caridad del Rio, quienes gozaron de fortuna y se dieron muchos lujos, pero ella tomó conciencia de la necesidad de un cambio en el mundo e inculcó en sus hijos las ideas socialistas y cuando llegó la Guerra Civil Española en la década del 30 del siglo anterior en España, se alinearon en el lado republicano, que en un comienzo contó con el respaldo doctrinario y económico de Rusia, que lo hacía en la clandestinidad  de lo que siempre son las ayudas internacionales en estos casos de intervencionismo. Se ayuda, pero no se compromete. Se tiene la salida de no dejar huellas, para mantener las buenas relaciones con el país, no importa quien llegare al poder, si el apoyado o el contrario, como en este caso en que triunfó la falange con  Francisco Franco a la cabeza, que sometió a los ibéricos a tantos años de ignominia y de limitaciones de conciencia y de pensamiento.

Caridad y sus hijos, en especial Ramón,  se comprometieron con la causa republicana  a fondo. Dieron la batalla, hasta cuando Ramón, sin que lo supiera, pues no era el más destacado, ni mucho menos el más valiente de los revolucionarios, fue escogido por los espías rusos residenciados en España en medio de la guerra, como la persona que podría llegar a ser preparado para matar a Troski, a quien habían enviado al exilio a Turquía en 1929, yendo luego a Noruega, después a Francia y finalmente México, donde Lázaro Cárdenas lo acogió bajo la custodia del pintor Diego Rivera, con la ayuda de su esposa Frida Kalo. Siempre huyéndole a la muerte y cuando apenas le quedaban su esposa Natalia, su nieto y dos perros, a más de dos secretarios, pues el proceso de extinción de su círculo cercano fue continuo y sistemático, no dejando fuera de ese propósito criminal de Stalin ni a sus hijos. Era la soledad de quien apenas le queda la vida para cuidar, su pensamiento y su deseo de dejar textos históricos para contar un poco lo que muchos no sabían, como la biografía que concluyó antes de su muerte de José Stalin, su camarada, su compañero de lucha, su enemigo y su asesino lejano.

Mercader fue llevado a Francia. Le dieron buena vida. Le hicieron saber que la guerra en España estaba irremediablemente perdida y que bien podía conservar sus ideas comunistas, pero para aplicarlas en otros espacios, en otros tiempos, en otras circunstancias. Debía seguir siendo comunista, pero no pensar en la lucha en España. Debía disfrutar de la vida cómoda, fácil y segura que le daban a cambio de nada hasta ese momento, pues era la mínima recompensa a la misión que debería llegar a cumplir, sin saber cuando, donde, ni como. Que gozara de la vida y esperara la oportunidad.

Luego lo llevaron a Rusia, lo sometieron a entrenamientos intensivos en los que se incluía su ideologización fanática, ejercicios físicos, estudios, aprendizaje de otros idiomas, formación de nuevos nombres, adquisición de nuevas nacionalidades como la Noruega, cuando Troski estaba allí, o la de Francia, cuando Troski se había trasladado hasta ese país, la de belga para poder llegar a Nueva York en su viaje lento e instruido hacia México y  el retorno a  poder mantener el uso de su idioma original, el español, pues lo usaría cuando llegara a hacer lo que tenía que hacer.

Después de tres años de entrenamiento fue llevado poco a poco por el camino del asesinato del que supo solamente cuando ya se acercaba la hora para cometerlo. Volvió a encontrar a su madre en esos ires y venires de un lado a otro, fue obligado a convivir con una mujer que no era de su agrado, pero a quien debía amar materialmente como si estuviera prendado de ella, simplemente porque se trataba de alguien que le podría abrir la puerta de la fortaleza donde se  había encerrado el exiliado en México.

En iter criminis lento, instruido, con todos los actos de preparación y premeditación criminal necesarios para no fallar, tuvo la sangre fría de realizar todos los actos que le impidieran fallar en el momento culminante. Nunca tuvo miedo. Nunca tuvo ninguna aprehensión que le dijera que era asesinar a un ser humano, no importaba quien fuera. Le sembraron en la cabeza que era matar a un enemigo de la libertad, a un futuro asesino de Stalin, el padre de la patria, y que debía cumplir con la misión para pasar a la historia como el gran liberador.

Con un piolet de alpinismo preparado para la ocasión, el 21 de agosto de 1940, con un solo golpe de punta en la nuca de Troski acabó con su vida. Fue puesto preso y no muerto a pedido del propio Troski, quien alcanzó a decir  a sus guardaespaldas que lo necesitaban vivo para saber de quien había dado la orden. Pagó 20 años en la cárcel de Lecumberry, ingresó como Jacson, belga, hasta cuando alguien lo oyó cantar en  catalán y descubrieron su verdadera identidad. Nunca habló. Libre, regresó a Rusia. Un día le impusieron una condecoración de esas de latón que tanto gustan a muchos vanidosos. Vivió como un ser que no era nadie. No lo reconocieron más allá.  No fue ningún héroe. Un día pidió que lo dejaran marchar a la Habana, a donde llegó a hacer nada y a dejarse morir en el olvido, lo que ocurrió el 18 de octubre de  1978.

Volver a saber de esto es posible al leer la extraordinaria novela del cubano Leonardo Padura, “El hombre que amaba los perros”. Una obra maestra del idioma español.  s del exterminio de todo aquello que pudiera llegar a convertir,  a trav quien para permanecer en el poder solamente conocal par