13 de abril de 2021
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La región amazónica

11 de marzo de 2016
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
11 de marzo de 2016

el papa francisco

Durante mucho tiempo la amazonía permaneció al margen del país. Las etnias aborígenes vivían en la selva aprovechando las especies vegetales y animales; “humanizando el bosque” aprendieron a utilizar los recursos sin dañar el medio y de este modo establecieron una excelente relación con la naturaleza. Pero pasaron los años y empresas nacionales y extranjeras saquearon sus riquezas sin tener en cuenta las poblaciones nativas; mientras tanto el Estado hacía presencia por medio de las misiones católicas. Hay estrecha relación entre ocupación del territorio y genocidio. Un ejemplo de la matanza de indígenas lo narra José Eustasio Rivera en “La Vorágine”, una novela publicada en 1924:

“Destemplado por la zozobra, me atrasé de mis camaradas cuando nos alcanzaron los perros. De repente, la aulladora jauría, con la nariz en alto, circundó el perímetro de una laguna disimulada por elevados juncos. Mientras los jinetes corrían haciendo fuego, vi que una tropa de indios se dispersaba entre la maleza, fugándose en cuatro pies, con tan acelerada ‘vaquía’, que apenas se adivinaba su derrotero por el temblor de los pajonales. Sin gritos ni lamentos, las mujeres se dejaban asesinar, y el varón que pretendiera vibrar el arco, caía bajo las balas, apedazado por los molosos. Mas con repentina resolución surgieron indígenas de todas partes y cerraron con los potros para desjarretarlos a macana y vencer cuerpo a cuerpo a los jinetes. Diezmados en las primeras acometidas, desbandáronse a la carrera, en larga competencia con los caballos, hasta refugiarse en intrincados montes”.

El proceso de ocupación de la Amazonía Colombiana fue muy lento. Del sur del Tolima hubo una colonización hacia el río Caquetá; del oriente de Cundinamarca migraron a las hoyas de los ríos Negro y Atabapo; y del sur del Cauca hacia los ríos Putumayo y Napo. Este movimiento que se inició en el siglo XIX contribuyó a formar o definir la región. A principios del siglo XX el Amazonas era para el Estado una inmensa selva, rica por su capa de hojarasca de varios metros de espesor al pie de enormes árboles con un tupido follaje que impedía la luz del sol. Era monte virgen, una enorme reserva territorial, habitada por numerosas comunidades indígenas; se sabía que muchos empresarios explotaban los árboles de caucho pero esto se veía como algo positivo.

Lo que hizo que el gobierno mirara la región como zona de estrategia geopolítica fue la invasión de los peruanos; el 1 de septiembre de 1932 un grupo de ciudadanos peruanos apoyados por unos cuantos soldados se tomaron el puerto de Leticia, arrestaron a las autoridades colombianas e izaron la bandera de Perú. Se disparó el nacionalismo y, como el país estaba sumergido en la crisis económica y social, el pueblo estuvo de acuerdo con la paz interna y la guerra en la frontera.

Luego llegó la Violencia Política de los años cincuenta, cuando miles de campesinos fueron desarraigados de sus regiones de origen y un alto porcentaje de ellos se situó en la frontera amazónica, en Putumayo, Ariari, Guaviare y Vichada. Como consecuencia el Estado promovió colonizaciones forzosas y dirigidas.

Desde los años 70 aumentó la presión colonizadora con nuevas características pues surgieron los asentamientos urbanos, el fenómeno del narcotráfico y los grupos guerrilleros; ante la poca presencia del Estado estos sectores orientaron el ordenamiento político local. El resultado es muy claro, se fue construyendo una territorialidad en el espacio amazónico, en una porción estratégica del país y los gobiernos, aparentemente, no se daban cuenta. Así, la Amazonía Colombiana se convirtió “en un espacio de confluencia pluriétnica, en el cual han convergido antiquísimos procesos de asentamiento, descomposición y formación reciente de una cultura mestiza” (Fajardo, Darío. Espacio y Sociedad. Formación de las Regiones Agrarias en Colombia. Corporación Colombiana para la Amazonía, Bogotá, 1993).

La Amazonía hoy

La región está en peligro porque cada año derriban unos 25 mil kilómetros cuadrados de selva nativa para sacar madera, desarrollar la ganadería, construir trochas, carreteras y puertos; se dice que el agua lluvia ha disminuido 40% en la cuenca amazónica. Lo mismo sucede en todo el oriente del país; las multinacionales andan tras las enormes riquezas de Guainía y Vaupés, por sus minas de oro, bronce, cobre, uranio y coltán, en zonas de resguardos indígenas. Si no las detienen arrasarán con ríos, humedales, morichales, y con la exótica fauna. La evolución de la Orinoquía hacia la agroindustria, la minería y el petróleo, desató una tremenda crisis ambiental. La destrucción de los páramos y de los bosques andinos, en donde nacen los ríos del Casanare, y muchos de la Orinoquía deterioraron los ecosistemas. Todo se agrava porque los últimos gobiernos impusieron un modelo económico basado en actividades extractivas minero-energéticas; al respecto el Ministerio de Minas expidió una resolución (año 2011) en la que se delimitan 313 zonas que suman 2.9 millones de hectáreas en 15 departamentos. Sobre el tema explicó el presidente Santos, en el Primer Congreso Anual de Minería a Gran Escala (febrero de 2012), en Cartagena, que “aquí hay todavía espacio, de sobra, para recibir a las grandes casas mineras”, y señaló que “cerca del 30% de los efectivos de la Fuerza Pública, están dedicados exclusivamente  a proteger la infraestructura minero-energética del país”.

El abrazo de la serpiente

No se puede negar que el cine nacional pasa por un buen momento pues la película “El abrazo de la serpiente” obtuvo varios reconocimientos en festivales nacionales e internacionales. Por primera vez una cinta colombiana estuvo entre las nominadas para uno de los premios más codiciados de la Academia de Artes Cinematográficas de Hollywood. Fue rodada en la selva del Amazonas y muestra el exotismo y la biodiversidad de la selva; las imágenes en blanco y negro logran captar y señalar al hombre amenazando los recursos naturales. Hay una profunda reflexión sobre la violencia permanente contra las comunidades indígenas debido a la guerra del caucho, al abandono y el olvido por parte del Estado y a la evangelización. Pero hay otro escalofriante mensaje: muchos de los ruidos, sonidos, música, alboroto y algarabía propios de la selva, ya no existen, porque ya son comunes los motores de las lanchas, de las plantas eléctricas y de los vehículos. Es posible que la película contribuya a crear conciencia sobre lo que significa para el país esta enorme región.