15 de abril de 2021
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La insolencia de los soberbios

10 de marzo de 2016
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
10 de marzo de 2016

cesar montoya

El insolente pierde los cascos mentales. Se infla como un sapo  y se pavonea como un ganso. Si es un personaje con resonancia  nacional, pretende que el mundo circundante se arrodille y construya para él santuarios idolátricos. Nadie puede tocar su manto sagrado. Acepta las reverencias mahometanas, jamás la rebeldía, despropósito suicida que se paga con el ostracismo.

Su personalidad ventosa la traslada  a sus áulicos. Pequeños montoncillos humanos, de pudibundez hipócrita, adoratrices y serviles del becerro de oro. Se mueven en gavilla, o , mejor en manada, toman agua  en los cisternas de la mentira, buscan la sombra  cuando la canícula calcina,  y como soldados sumisos marcan el paso en consonancia  con el ritmo marcial de los tambores.  No tienen independencia. Unos, casi todos,  son borregos silenciosos, y los que opinan utilizan el Olimpo para profetizar desastres.

Si las temporadas cíclicas del tiempo son adversas, si los ríos se sacan, si sorprenden las plagas, si mueren los  niños, si los jueces fallan, se busca un mártir  para crucificarlo. Un fanatismo  ridículo vuelve estrábicos los ojos , sordos los oídos y sin equilibrio la conciencia.

Ese desbordamiento de la razón, esa patología de  miedo, la han implantado hordas irreflexivas,  desde hace varios lustros, y la utilizan ahora  para estigmatizar  cualquier decisión de la justicia.

Caso único en el  mundo.

Hija de rey y hermana de rey comparece en España en el banquillo de los acusados, para responder por transgresiones  cometidas con su esposo. Con gran respeto y callados, los monárquicos siguen con dolor el alarmante juicio.  Nadie socava  la acción de los fiscales.

La justicia tiene contra las cuerdas al señor Lula Da Silva, afamado expresidente de  Brasil. Hizo o dejó hacer, robó o dejó robar, o gestionó robos para beneficio de  terceros. Ese es el delito.  La rabia de los cariocas promovida por el indiciado, es parecida a la resistencia sentimental de Colombia, contra los jueces –allá y aquí- impávidos  y soberanos.

A la señora Cristina de Kistner de Argentina  que acaba de dejar la Casa Rosada, la señalan públicamente como inspiradora  de  un homicidio. ¿Se escuchan, acaso,  los alaridos de sus  cortesanos? No.

Los fiscales panameños rastrean  al señor Martinelli, que huye,por los mordiscos dolosos contra el presupuesto nacional cuando era el mandamás de su país. Nadie chista por la  acción depuradora  de los investigadores.

Otto Pérez Molina fue sacado a empellones  del gobierno de Guatemala,  para engrillarlo en los panópticos por bandido. Sus seguidores, aterrados, aplauden que encarcelen  a quien los traicionó.

Solo en Colombia, si detienen al probable autor intelectual de las macabras historias relatadas  en ”Los Doce Apóstoles”,  por ser hermano de un exmandatario, ocasiona un terremoto en solidaridad inaudita con el crimen.

Pero no es todo. Inquieta la relación comercial, por más de diez años,   con James  Arias Vásquez, el zar de la chatarra,( acusado por  Lavado de activos, concierto para delinquir, enriquecimiento ilícito, falsedad  en documento y fraude, con un capital, mal habido,  superior a los doscientos cincuenta mil  millones), con los jóvenes Uribe Moreno. El escándalo sería similar si los mismos  hijos  del poderoso exmandatario hubieran hecho negocios con Pablo Escobar. En  ninguna actividad se pueden tener  malas compañías.  La gente sensata queda perpleja ante los delitos posiblemente cometidos y esa reacción crispada es típica de una república banana.

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