11 de abril de 2021
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El prosaismo de los poetas

31 de marzo de 2016
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
31 de marzo de 2016

cesar montoya

No siempre se escribe bien. Como los oradores. Hay tardes melancólicas  y de pronto  amaneceres radiantes. Existe una ciclotimia temperamental que reparte caprichosamente las dosis de las  musas.Además el lector tiene sus preferencias. Unos rechazan a los que escriben versos o prosas como una curí, parturientos de una literatura de montón, que sacrifican la calidad en aras de la cantidad. ¡Cómo, por Dios, un escritor  puede parir más de cien libros! Otros saben escogerlos, meticulosos y exquisitos en la selección de los alimentos espirituales.También hay quienes  leen lo que les caiga en mano. Poesía de pacotilla, revistas del corazón, almibarados  novelones para entretener solteronas. Y  muchos, muchos, jamás pierden la virginidad de la ignorancia,  alérgicos a toda expresión cultural.

Fernando Pessoa puede ser el Rey de Oros en la poesía de Portugal. Le tributan una devoción admirativa  que coloca a todos los demás líridas  en un segundo pedestal porque el primero es exclusivamente suyo. Tiene sí muchos lampos afortunados, preciosas  joyas de singular primor.  Después de leer su producción  con objetiva valoración crítica, uno se pregunta : ¿este Pessoa, a quien Saramago no bajaba del Olimpo, que llena espacios celestes entre el resplandor de los relámpagos, es un  Zeus privilegiado de  inagotable fertilidad creativa?

Un lector ignorante de lo que es el parto de las musas, entra en cavilaciones para aprobar o no, versos como éstos : “A todos vosotros en uno, a todos vosotros en todos vosotros como en uno,/ a todos vosotros mezclados, entrecruzados,/ a todos vosotros, crueles, violentos, odiados, temidos, sagrados,/ os saludo, os saludo, os saludo!/ ¡Eh-eh, eh, eh! ¡Eh-eh-eh-eh-eh! ¡Eh-eh-eh-eh-eh-eh!/ ¡Eh-lahó-lahó-lahó-lahó-lahá, á,á,á,á!”. ¿Eso es poesía? Y qué decir de éstos : “ ¡Fuego, fuego fuego, dentro de mi!/ ¡Sangre! ¡sangre! ¡sangre! ¡sangre!”. Y qué de los siguientes : “ Ea, qué vida aquella! ¡Aquella era la vida, ea!/ Eh-eh-eh-eh-eh!/ ¡ Eh-lahó-lahó-lahó , lahá-á-á-aaá-/ ¡Eh-eh-eh-eh-eh-eh!”-En esa monserga aburridora incorpora exclamaciones en inglés,  y  más adelante repite las letras  EH 58 veces.

Darío Jaramillo Agudelo publicó el “Libro de Poemas”. Obvio que tiene luces de bengala. Dedica al “amor imposible” una serie de cantos aburridores. Parece la suya –ahí-  más una prosa narrativa que un engarzamiento  de inspiraciones afortunadas. Pese a todo,  Jaramillo  es un poeta superior. En “Hola Soledad” se desborda en metáforas de esplendor.

No hay justificación para que en ese libro que recoge lo mejor de su inspiración, no haya incluído “Poemas de Amor”, escrito en 1.947.  Contienen un lirismo excelso, un melódico ondular de perífrasis que pocos vates en el  mundo lo superan.     Embriaguémonos con estos versos : “Podría perfectamente suprimirte de  mi vida, / no contestar tus llamadas , no abrirte la puerta de la casa,/ no pensarte, ni desearte,/ no buscarte en  ningún lugar común  y no volver a verte,/ circular por las calles por donde sé que  no pasas,/ eliminar de mi  memoria  cada instante que hemos compartido,/ cada recuerdo de tu recuerdo,/ olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,/ responder con evasivas cuando me pregunten por ti/ y hacer  como si no hubieras existido nunca. / Pero te amo”.  Un poco adelante, en ese inmarcesible poema,  se desborda así : “Sin comparaciones, sin metáforas, algún dia escribiré un poema que huela a ti, / un poema con el ritmo de tus pulsaciones, con la intensidad estrujada de tu brazo. / Algún dia te escribiré un  poema , el canto de mi dicha”.

Los poetas pertenecen al reino de Dios. Ellos, qué vibraciones interiores deben sentir y cuántos  sacudimientos del corazón, para transformar la materia inorgánica de la vida en escala  musical, en una diluída sinfonía tocada por melómanos celestiales.

Y cuántas formas distintas de escribir. Nadie ha podido superar a Porfirio Barba Jacob  en su “Canción de la Vida Profunda”. Nadie, jamás,  ha escrito cartas de amor, bajo el yugo divino del Espíritu Santo,  salidas de la embriaguez enloquecida de Silvio  Villegas, recopiladas en “La Hada Melusina”. O “Los Potros” de José Eustasio Rivera. Y qué  del corto “Poema a la Muerte de una abeja” de Daniel Echeverri.

Los que escribimos en prosa también somos poetas. Tenemos un sexto sentido que nos incita, un palpitar a veces angustioso, pero siempre exigente, que nos coloca frente a un inmenso telón que recibe la proyección de luces vivas, que nos pone a rodar sobre esferas imaginarias,  no  permitiéndonos  hartazgos materiales  porque hay un subfondo incontrolable que nos eleva a la excelsitud de los sueños.

Somos selectivos. No queremos morrallas intelectuales sino banquetes de letras para  degustar el milagro de las palabras. Hacemos equitaciones sobre Clavileños quijotescos que no se fatigan , que triscan sobre los mares y, como saetas, rutilan y devoran los espacios.

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