19 de abril de 2021
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Construyendo sueños de paz

31 de marzo de 2016
Por Diego Franco Molina
Por Diego Franco Molina
31 de marzo de 2016

Por Diego Franco Molina

diego francoLa existencia del trabajo infantil en una sociedad, da cuenta de su tolerancia frente a la vulneración de los derechos fundamentales de la niñez y la existencia de patrones culturales que validan este tipo de prácticas. Esto tiene relación con las excluyentes condiciones de bienestar social y económico, que inducen a las familias a que vinculen a sus hijos en actividades catalogadas como trabajo infantil, desconociendo por lo general las implicaciones a nivel físico, emocional y social. A lo largo de la historia de Colombia, niños, niñas y jóvenes han estado involucrados desde muy temprana edad en diversas actividades económicas, lo cual es preocupante especialmente en aquellas labores consideradas como peores formas de trabajo infantil, donde son claramente vulnerados los derechos a la educación, la salud, al sano desarrollo, y al uso creativo del tiempo libre. Esta situación representa para el país un gran costo social en términos de inequidad, injusticia social, incremento de los índices de pobreza y baja calidad de vida. Prevenir y erradicar las peores formas de trabajo infantil es una necesidad urgente que requiere de una labor compleja e integral. Para ello es necesario entonces comprometer a los diferentes sectores e instituciones de la sociedad como las organizaciones competentes, el Estado, la familia, la escuela, la comunidad y los medios de comunicación. La familia como sistema social es fundamental en este proceso, ya que constituye el primer espacio de socialización y construcción de valores y patrones culturales. Por ello es indispensable su fortalecimiento como grupo de relaciones y como protector y garante de los derechos de los niños y las niñas.

La OIT define el trabajo infantil como “Cualquier trabajo que es física, mental, social o moralmente perjudicial o dañino para el niño (a) e interfiere en su escolarización privándole de la oportunidad de ir a la escuela, obligándole a abandonar prematuramente las aulas o exigiendo que intente combinar la asistencia a la escuela con largas jornadas de trabajo pesado”.

En Colombia la presencia de niños, niñas y jóvenes en todas las actividades económicas ha sido permanente a lo largo de la historia. Han trabajado como agricultores, albañiles, lecheros, empleados domésticos, voceadores de periódicos, limpiabotas, vendedores, y en otras labores, convirtiéndose en personajes pintorescos, característicos de nuestras ciudades. En el siglo XX durante los procesos de industrialización en el país, se incrementó su presencia en las actividades laborales por la permisividad, indiferencia y aceptación de la sociedad.

Es importante reconocer que uno de los peores efectos del trabajo infantil es su incompatibilidad con la educación, siendo esta la vía de desarrollo y a través de la cual se estrechan desigualdades; si no reflexionamos al respecto, no es posible pensar en un desarrollo sano e integral de los niños y niñas, ni en el ideal del país y de sociedad con el que soñamos.

La Paz es el noble arte de vivir como hermanos, una cualidad que no se nace con ella, sino que hay que enseñársela a los niños desde pequeños. Deberíamos reflexionar sobre si estamos haciendo todo lo posible por enseñar a nuestros hijos este noble arte tanto en casa como en las escuelas.

El cerebro de los niños posee una infinita capacidad de asimilar las experiencias sociales acumuladas por la humanidad durante cientos de generaciones. Así, de esta manera, los niños aprenden a hablar casi sin darse cuenta. ¿Por qué no aprovechar esta plasticidad del cerebro humano para inculcar valores como el de la paz? Es misión de los padres, educadores y profesores, que cuidan y atiende a los niños, enseñarles cómo desarrollar el noble arte de vivir como hermanos.

Aprender a vivir juntos en paz y armonía, sólo será posible configurando un plan de acción bien estructurado que llene la mente de los niños de normas, valores, conceptos y comportamientos hacia la asunción de la paz y el rechazo a la violencia como componentes esenciales de su personalidad. Y esto hemos de hacerlo en el momento que el niño forma su personalidad, no después.

Fomentar la asimilación de valores de paz, prosperidad, perseverancia, aprecio a la diversidad, honestidad, honradez, trabajo y respeto ayudará a los niños a crear un mundo mejor. Educar a un niño en estos valores significa que el mundo contará en un futuro con un adulto que ponga en práctica lo aprendido y lo plasme en su trabajo. La clave para llegar a ser un país que proclame la paz al unísono reside en la educación de los niños.