16 de abril de 2021
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Sesquicentenario de Pensilvania

3 de febrero de 2016
3 de febrero de 2016

Pensvilvania

Por: mario arias gómez

Mario Arias
Mario Arias Gómez

El municipio de Pensilvania cumple hoy 3 de febrero, siglo y medio de fundado -una eternidad cósmica- por Isidro Mejía y Manuel Antonio Jaramillo -entre otros-, siendo Presidente del Estado Soberano de Antioquia, Pedro Justo Berrío. Legendario y educado pueblo, exportador de talento, conocido como la «Perla del Oriente de Caldas”. Aniversario que motiva a este súbdito errante, a garrapatear estas sencillas palabras, las que con fuerza volcánica brotan del alma, apoyadas en recordaciones que se remontan a la distante infancia,  díscola juventud y pacífica madurez, resumen de nuestro rodar por el mundo, en el que sobrevivimos de milagro, en el que parece no haber vivido en razón a la prisa con que el tiempo corre.

Sesquicentenario en el que este humilde alfarero de ternuras, ha sido testigo de buena parte del trecho transcurrido, y quien al evocar el gentilicio, lo hace con lírica emoción y afecto inextinguibles, quien con solo pronunciar, ¡Pensilvania!, siente que le ensancha el corazón. Como desahogo barrunta este desnudo introito, muestra de reconocimiento y gratitud perennes, por lo que este nombre significa  en su prosaica y casi agotada existencia.

Figuran en la galería histórica de Pensilvania, verdaderos prohombres, que no nombro en gracia a la brevedad, pues me haría interminable, sintiendo además temor dejar por fuera a alguien que por mérito propio tiene asegurado su puesto en tan honroso mosaico.

“Pueblo de Niebla” -al decir del escritor Alonso Aristizábal- al que sobrecogido le canto hoy el coro de su himno: “Salve tierra donosa y fecunda, de riqueza, de honor y esplendores;/ Salve nido de ensueños y flores/ de placeres encanto y amor./ A ti canta mi pecho inflamado/ de fervor, entusiasmo y orgullo/ y te ofrenda cual místico arrullo/ las endechas de grata canción”.

Tibio nido al que regreso siempre a “desatrasar cuaderno” -como decíamos en el colegio-, a rescatar del olvido remembranzas que dan cuerda al reloj de las nostalgias; igual, a reconstruir alucinantes amaneceres y atardeceres; rememorar gustosos amores e ingratos desamores, causantes de sangrantes tusas; a conmemorar mundanos triunfos y solitarios fracasos. Empolvada realidad entreverada de ficción que como improntas nos dejaron marcados por siempre.

Pensilvania quebradaEl amor a la patria chica -en la que debemos caber todos sin rejones ni rencores- se hereda, como el carácter, el buen nombre, las creencias religiosas y políticas, el valor de la palabra empeñada. Paradigmas de convivencia que dignifican, aclimatan y nos disponen a respetar el prójimo, el culto a la libertad de expresión, de pensamiento y principios democráticos. Fortalezas e integridades que como la verdolaga, son planta común en ese edén encantado, ¡Pensilvania!, al que amamos con delirio.

Apasionado refugio al que con placer insondable volvemos, cuando la melancolía nos invade, buscando recargar el espíritu con la belleza natural del entorno, adornado por la infinidad de tonalidades de verdes, como de la exultante y henchida calidad humana de la gente. Tierra de promisión, armoniosa y jovial, a la que llegamos con la excitabilidad y sensibilidad a flor de piel, a sobrecargarnos con el azahar de los naranjos que aún flota en el aire, con el olor a mandarina, breva, guayaba, mora y zapote maduros, sabores y olores que inalterables y permanecen cautivos en la mente.

Idílico terruño enmarcado por las riberas de los ríos Guarinó, La Miel, Samaná, Tenerife, el Salado y Quebrada-Negra, con caprichosos accidentes geográficos que conforman sus pródigos pisos climáticos -frío, templado y caliente- de los que baja un viento fresco que se cuela entre el follaje montañoso, para mezclarse con sus cantarinas aguas. Rumor que nos arrulló al son del gorjeo de los pájaros, el sonido metálico de las campanas y la música de románticas retretas  dirigidas por Daniel Cortés, mientras en el parque revoloteaban bellas mozuelas convertidas en virtuosas abuelas.

Bucólico lugar en el que de jóvenes, incansables corrimos tras pelotas de trapo, huimos en las fiestas patronales de las “vacas-locas”, competíamos con “veloces” carros de madera, y nunca fallamos a las populares coca-colas bailables, inicio de nuestros primeros pasos amorosos, siempre bajo el ojo visor de complacientes y cómplices comadronas; festejos itinerantes que de domingo a domingo cambiaban de casa, con postigos espías, espaciosos corredores de chambranas, y románticos balcones realzados por quinceañeras en flor, de embeleso -recién bañadas- con sensual olor a canela.

Y cómo no mencionar los soles mañaneros, el rocío que humedecía los jardines, la lluvia que regaba el campo; las recuas de mulas que arriaban sudorosos campesinos -transpirando aguardiente amarillo- cargadas de café y frutos de pan coger que autoabastecían, y que complementaba la huerta familiar que producía cebolla, ají, cilantro, mora, lulo, tomate de árbol, brevas, chirimoyas, papayos, granadillas, uchuvas, chócolo, junto a los olorosos, corral de gallinas y el chiquero en el que se engordaba -con sobrados- el choncho decembrino. De Honda llegaba la sal, manteca, especias, maíz trillado. Cuadro primitivista, transparente, como los manantiales que aplacaban la sed y al que cual Sísifo vivimos por años encadenados.

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El gobernador Guido Echeverri estuvo en los actos conmemorativos de la fundación de Pensilvania.

Hoy para gran decepción, para tomarse un vaso de leche -y no hablo de una postrera- saborear una gallina criolla, comerse un queso, un huevo, etc., hay que esperar la remesa de Bogotá. Vieja abundancia que mudó a interminables extensiones de pino, que trajo inmigración y desempleo, lamentablemente, como la desaparición del alimento que sostenía centenares de endémicas especies de pájaros, que al perder su hábitat natural, volaron para no volver jamás, en forma irreparable, lo que dejó a los ornitólogos de la tierra sin qué contemplar.

Alabanza especial merece el majestuoso Piamonte, mirador natural desde el que se avizora lo que sucede en el pueblo. Cúspide en la que conmovidos abrimos los juveniles brazos para exclamar -parodiando a Neruda- ¡Pensilvania fábrica de atardeceres! Memorable frase que eternizó el bardo chileno al referirse a Manizales en su única visita. Apenados confesamos que al articular antaño nuestro dicho, no sabíamos de la existencia del colosal poeta. Pero todo lo del pobre es robado. Pináculo al que en un remedo de “vía dolorosa”, construida en penitentes convites, en los que participamos, se llega para encontrarse con el monumento a la virgen que desde entonces tutela a Pensilvania. Excepcional montículo del que se  divisa el horizonte infinito que mueren detrás de Morrón -nuestra segunda fortaleza-, donde decrecen los incomparables crepúsculos de fuego, perlados de arreboles que  dan paso a azuladas noches estrelladas. Cumbre desde la que  echamos a volar la imaginación, encargada de descifrar en las fugaces nubes multiformes, dibujos de formas inverosímiles, ángeles colosales, heroicos guerreros,  gigantes camellos de grandes jorobas concebidos por el hipotético e ilusorio imaginario pueblerino.

Pensilvania, acogedor hogar de donde partimos -sin disimular los andares- para echarnos el mundo a cuestas. Tierno albergue que nos dio cobijo, al que debemos lo que somos, personal y humanamente,  como a su cultura, historia y enseñanzas, aunadas al ingente aporte de los padres y el misericordioso esfuerzo de los Hermanos de la Salle que nos desasnaron, entregándonos la armadura que utilizamos como escudo para resistir los inesperados embates que la vida a todos nos guarda, y para amortiguar las amarguras, desengaños y frustraciones. Luminosos faros que fueron parte de la identidad de este menguado navegante, que marcaron la ruta de los sueños, y quien con vocación longeva, espera que la muerte no venga a importunarnos, a truncar ilusiones inconclusas.

Pueblo al que pertenecemos de corazón y sentimiento, de razón y convicción, al que retornamos en medio de encontrados sentimientos de admiración, júbilo, melancolía y gratitud, en el que siempre hemos sido recibidos con la inagotable cordialidad de paisanos y amigos.

Solemne recordación que excita la añoranza, hace hervir la sangre y  acrecienta el fervor, emoción y el ilimitado amor por nuestra patria chica,   agotándose el lenguaje para expresar lo que representa tan gloriosa fecha conmemorativa. Mudez que suple el humanista, periodista, escritor y filólogo, Miguel Antonio Caro, de quien tomo prestado -con la reverencia debida- uno de los versos del bello poema ¡Patria!, para expresar a Pensilvania, por intermedio del señor alcalde, JESÚS IVÁN OSPINA, cuánto la anhelamos y entrañamos:

Ni poder, ni esplendor, ni lozanía, / son razones de amar. Otro es el lazo / que nadie, nunca, desatar podría. / Amo yo por instinto tu regazo, / Madre eres tú de la familia mía; / ¡Pensilvania! de tus entrañas soy pedazo.

Dedicatoria que con igual o mejor rima, sus letrados hijos plasmarán gustosos -con exquisita y extraordinaria prosa y bellas metáforas, que provocarán (de seguro) admiración, felicidad y regocijo a los pobladores- la evolutiva gesta colonizadora protagonizada por los antepasados.

Manizales, febrero 03 de 2016