22 de abril de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

SE LLAMA ACOSO SEXUAL

1 de febrero de 2016

Solo hasta hace dos años el Ministerio del Trabajo hizo un estudio serio, de una muestra de 1.804 trabajadores, en el que se reveló que cerca del 13 por ciento de los encuestados habían sido víctimas de acoso sexual –y que la mayoría eran mujeres–, pero muy pocos se atrevían a quejarse ante los gerentes de sus oficinas y menos aún se lanzaban a denunciar el deplorable delito en la Fiscalía.

Lo cierto es que se ha hablado del tema a media voz. Se ha comentado con sorna. Y se ha confundido muchas veces con un juego propio de los pasillos de las empresas y las instituciones entre los jefes que llevan siempre algún piropo a flor de labio y los subordinados que tienen que capotearlos como gajes del oficio.

El reciente escándalo del exdefensor del Pueblo, quien se vio obligado a renunciar a su importante cargo luego de que fueran descubiertos ciertos mensajes telefónicos que probaban su involucramiento impropio con una de sus subalternas, ha puesto en marcha el debate para bien, que ha traído, por supuesto, la única conclusión posible: que no solo es desacertado e incorrecto, sino que se incurre en un delito cuando alguien se vale de su poder para acceder sexualmente a un subordinado: ceder a esas pretensiones de un jefe o de una autoridad o de un profesor no es una decisión libre cuando está en juego el trabajo, a veces tan esquivo, o el futuro económico.

Si otra conclusión trae la importante controversia sobre el comportamiento del exdefensor –que tendrá que ser aclarado en los tribunales y en sus detalles privados ha pasado a ser un caso para la justicia– es que falta aún mucha pedagogía para desterrar el machismo de nuestra cultura: por estos días fue común escucharles, incluso a los sensatos y a los analistas profesionales, que la asistente en cuestión no era ningún ángel, que algo de cierto tendría la versión de un noviazgo entre el jefe y su mano derecha, que no hay que andar por el mundo provocando victimarios y que resulta sospechoso que las víctimas se demoren tanto en encontrar el coraje para denunciar.

Hay que aclarar que las víctimas suelen temerles al escarnio y a la estigmatización, pues después de una denuncia se enfrentan a las represalias de sus superiores acosadores, a ese rechazo social que acostumbra a resumirse con la menospreciable frase “se lo habrá buscado…” y a las miradas de desaprobación de sus mismos compañeros de trabajo –que muchas veces no pueden creer en la culpabilidad de sus jefes–, pero que es justamente a través de esta clase de debates que debe quedar claro que el primer paso para que el número de condenas deje de ser tan bajo en la Fiscalía y la Procuraduría es que las personas acosadas se atrevan a denunciar. Y lo natural es que haya solidaridad.

Por supuesto: seguirán dándose los coqueteos en las oficinas y las facultades, y habrá que tener cuidado a la hora de confundir las relaciones entre iguales con la repugnante persecución que busca someter a un dependiente como a una presa, pero ha llegado la hora de que el acoso sexual sea enfrentado como una patología, como un acto brutal de violencia y como un delito que cualquier ciudadano debe y puede denunciar cuando una sociedad ha logrado ponerse de acuerdo en que hay comportamientos que se deben erradicar.

EL TIEMPO/EDITORIAL