21 de abril de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Historia y periodismo

19 de febrero de 2016
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
19 de febrero de 2016

Corto Circuito

hernando salazar

I

Los prejuicios de Orlando

La calidez de Orlando Cadavid Correa no es solo de carácter sino de estilo. Después del ya muy pasado y a Dios gracias, superado percance de salud que nos tuvo en vilo, regresó a la brega de toda su vida con la misma ponderación y más memorioso en sus recuerdos de trayectorias periodísticas,  en sus homenajes a colegas que dejaron huellas en los medios, en anécdotas de políticos y personajes que trató, o de los que husmeó algunas de sus quisicosas.

Me solazan su espontaneidad y su manera tan natural de darles actualidad e interés a hechos que podrían parecer anacrónicos, dadas la ignorancia y la indiferencia que padece la historia, la universal en general y la de Colombia en particular. Se volvió normal entre los columnistas que abordan o mencionan circunstancias o acontecimientos del pasado, en especial del pasado político, el hacerlo con los prejuicios partidistas supérstites a las revisiones y concepciones de la llamada Nueva Historia, que siguen corriendo como rumores o verdades indiscutibles, sin confrontarlos un mínimo o mirar un poquito qué hay por debajo.

No lo es en Orlando, en quien es frecuente más bien una distancia sonreída o un gesto nostálgico en su vuelta a traer acciones o personas olvidadas y de las que es bueno volver a hablar. Pero no es fácil mantenerse incontaminado de la tendencia general cuando se opina con regularidad en los medios. Nadie está exento. Y esto le acaba de suceder a Cadavid Correa en su último “Contraplano” que tituló “Para Suárez, ni ciudad ni mausoleo”. Cayó en los prejuicios negativos que han rodeado la imagen de Laureano Gómez, así como utilizó algunos de los prejuicios positivos que giraron alrededor de Víctor Renán Barco, en su reciente crónica sobre el político.

La versión del escrito en La Patria de Orlando, me la dio primero una adicta lectora suya, octogenaria y culta, mi hermana mayor, quien asombrada me preguntó que si era cierto que Laureano no había permitido que al pueblo de Bello, donde nació Marco Fidel Suárez, la rebautizaran con el nombre de su ilustre hijo y que se había opuesto a que le hicieran un monumento porque su origen era muy humilde. Totalmente falso, le dije aterrado, claro, y le reconté la historia de la relación de Laureano y el ex presidente. Pero que buscaría La Patria para cerciorarme. Dos días después la topé en Eje 21. Orlando no escribió lo que dijo mi hermana que escribió, es decir, no exactamente, pero sí menciona los elementos a que aludió la muy particular síntesis fraterna.

Dos premisas. El dicho es que no hay nada más viejo que el diario de ayer. Precoz lector de periódicos, me acostumbré  desde niño a interesarme más por los viejos, que por los del día mismo. De las noticias me han interesado, no las que se agotan y pierden importancia al instante, sino las que devienen historia. El  hojeado en la fecha, al que nada o muy poco se le haya, de inmediato inútil excepto como basura, me ocurre varias veces que cobra un nuevo y sorprendente interés, ya pasado. La otra lección es que un texto tiene tantas lecturas cuantos son sus lectores. Las noticias, ni se diga. He aquí un ejemplo más entre millones.

Ya me alargué demasiado, como en todos mis prólogos y no he llegado al punto. A lo que iba. La oposición al gobierno de Marco Fidel Suárez era mucha, la ejercían una parte del partido conservador y todo el partido liberal. De hecho, haciéndosela,  fue como surgió el grupo Los Leopardos. Laureano Gómez era el más grande orador parlamentario. El 26 de octubre de 1921, en un tremendo discurso,  denunció en la Cámara que el Primer Magistrado vendía a un banco extranjero sus sueldos. Mostró la copia fotográfica de la carta. Esto conmocionó a los congresistas e indignó a las barras. Cómo la obtuvo, no lo dijo Laureano, pero quien más sabía de esos préstamos a don Marco era el gerente del Banco Mercantil Americano: Alfonso López Pumarejo, entonces gran amigo del temido político.

El Tiempo, de Eduardo Santos, en el editorial del día siguiente, titulado “Por la honra de todos”, después de elogiar y aplaudir a Gómez, concluye que se ve obligado “a reconocer públicamente que los procedimientos del hombre que ocupa el solio de Santander y Bolívar son una afrenta para el honor de la república”. Lo que no le impidió al diario liberal, seguro del desconocimiento de la historia o de su olvido, el de enrostrarle a Laureano por el resto de su carrera pública y para una amañada exégesis de la historia, la renuncia de don Marco Fidel, como una acción solitaria de carácter “despiadada”, “apelando a la calumnia sin ningún tipo de contemplaciones ni consideraciones”, según cree todavía Orlando Cadavid Correa, por el entrecomillado que cito de su escrito.

Aclarar los contextos y los contrastes del gran humanista, del inmaculado y humilde pero mal político y gobernante, del noble y engrandecido presidente renunciante, del experto  internacionalista pro yanki, del castizo, sabio, irónico, y resentido escritor del monumento literario “Sueños de Luciano Pulgar”, del ilustre gramático que corrigió a Laureano sobre que el macho de la oveja no es “ovejo”, sino carnero, ni, como apuntó el casi nunca prejuiciado Orlando, “borrego”, y la forzosa actitud del tempestuoso caudillo,  amerita escribir otra página.