21 de abril de 2021
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El Externado 130 años

28 de febrero de 2016
Por Óscar Jiménez Leal
Por Óscar Jiménez Leal
28 de febrero de 2016

OSCAR JIMENEZ

Con motivo de la celebración de los 130 años de existencia del Externado de Colombia, vinieron a mi memoria vívidos recuerdos de lo que pudo haber sido  la más grande frustración de mi periplo educativo. Una vez terminado el bachillerato en el Instituto Universitario de Manizales, me proponía estudiar derecho en la mencionada universidad.

Me atraía como un imán la especial circunstancia de que el  Externado, era una tradicional escuela fundada por una pléyade de profesores liberales, derrotados en la guerra del 85 y perseguidos por la Regeneración, el régimen despótico que instauró el Presidente Rafael Núñez. Durante  su mandato se  restringieron las libertades públicas. Se firmó el Concordato  con la Santa Sede para  proclamar que la religión católica era la única oficial de la Nación; lo cual implicaba la consagración de la educación confesional, la vigilancia de los textos escolares y  la conducta política de los maestros,  y la eliminación de la libertad de cátedra. En una palabra, significaba deshacer todas las conquistas libertarias, alcanzadas durante la época gobernada por el Radicalismo.

En ese ambiente oscuro de la vida nacional, el Externado se convirtió en oasis de  libertad y de tolerancia y austeridad,  en donde  se formaban personas libres y se ejercía la ética como legado de los abuelos radicales. Por lo tanto, convivían en perfecta armonía  todas las tendencias políticas, sociales y raciales, espejos de la realidad colombiana. En ese contexto no era extraño entonces que mis convicciones políticas hallaran conformidad con tan nobilísimos  ideales.

Otra circunstancia significativa que influyó en mi determinación fue el hecho de que muchos conocidos personajes  de nuestro entorno habían  cursado  sus estudios en ese centro educativo, tales eran los brillantes magistrados Alfonso Peláez Ocampo,  Enrique  López de la Pava, Ricardo Gómez Ospina, Bernardo  Alzate de la Pava;  los Profesores calarqueños Carlos Restrepo Piedrahita, Enrique Isaza Norris y Mario  Montoya Gómez y juristas como Alfonso Restrepo Botero,  Luis Eduardo Leal Rojas, Euclides Jaramillo Arango, Norberto   Rojas Castaño, Jorge Arango Mejía, Mario Patiño Duque,  los hermanos Diego y Enrique Jaramillo Arango, entre otros, quienes honraban con su conducta el centro educativo y acrecentaban su prestigio en la región.

Aunado a lo anterior, de dicha universidad eran egresados también el senador por Caldas Iván López Botero y  Jaime Lopera Gutiérrez, amigos entrañables, por entonces mis compañeros  en el Movimiento Revolucionario Liberal, una disidencia  que, bajo la batuta de Alfonso López Michelsen,  se enfrentaba al Frente Nacional, un pacto político que si bien acabó con el sangriento enfrentamiento entre  liberales  y conservadores,  por su carácter excluyente,  dio lugar,  de alguna manera,  a la confrontación armada que aún vivimos los colombianos. Todos ellos sin proponérselo, contribuyeron en grado sumo  a mi aspiración de estudiar en esa universidad.

Una vez tramitados los exámenes de aptitud para el ingreso,  hubimos de presentarnos a entrevista con el Rector, el Maestro Ricardo Hinestrosa Daza, un humanista que había sido Coronel de los Ejércitos liberales en la guerras civiles, Ministro del Tesoro y Magistrado de la Corte Admirable, entre otras dignidades desempeñadas, quien a su muerte fue sucedido por su hijo Fernando Hinestrosa Forero, un eximio jurista que dirigió con sapiencia durante casi 50 años la Casa de Estudios.

Ingresé  a la Sala en compañía de otro aspirante, un mono alto, de ojos azules, costeño por más señas. El Rector le preguntó a éste: ¿“en caso hipotético de que por cualquier razón no pudiera estudiar a qué se dedicaría”? A lo cual contestó, sin mediar pausa: “eche, Profesor, me devolvería para la Guajira a contrabandear.” La reacción que,  tampoco se hizo esperar,  fue de un contundente reproche, acompañado de un manotazo sobre el escritorio: “cómo es quien aspira a estudiar  para defender  el orden social, está pensando en violar ese mismo orden desde el principio”,  exclamación que pronunció rojo de la indignación. Ante tan bochornoso incidente no tuve otra alternativa que salir huyendo del susto y resignarme a no ingresar a la universidad de mis sueños.

Sin embargo, estando obligado a pasar por la calle del Externado, dada la ubicación de mi hospedaje en Bogotá, miré sin esperanza la lista de los admitidos y con sorpresa encontré allí mi nombre con la identificación correspondiente. Por supuesto,  procedí a matricularme, sin encontrar explicación a lo acontecido.

El primer día de clase me encontré con mi compañero  de la entrevista – que según supe se llamaba Amadeo Carrascal Molina -, quien me sacó de la duda sobre el ingreso. Me explicó que también se dispuso salir derrotado,  después de mí,  pero el señor Rector lo detuvo con la pregunta: ¿“Señor Berrocal, usted de qué parte de la costa es”? Y le respondí: “de San Juan del Cesar, departamento de La Guajira, doctor”. Ya calmado, me contó que su señora madre era de San Juan de Cesar. Vayan matricúlense ordenó, a manera de despedida.