21 de abril de 2021
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Volverte a ver

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
22 de enero de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
22 de enero de 2016

Desde Cali

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoLa inteligencia emocional es construcción personal que nace en potencia con el ser humano, pero que se acrecienta según las relaciones sociales que cada quien logre establecer, así como la intensidad de los afectos o desafectos que se vayan adquiriendo. Lo normal es que todos se queden con los afectos y traten en lo posible de dejar a un lado los desafectos, pues cuando ellos son traídos al presente sólo generan desazón.

Los afectos, además, construyen memoria. Es la memoria afectiva o emocional que todos poseen y que corresponde a la medida personal de cada uno, que puede ser compartida cuando se comparten las mismas emociones o que puede corresponder solamente a aquellos espacios, tiempos, situaciones y personas que de alguna manera marcaron la vida. Esa memoria afectiva lleva a conservar los afectos con sus imágenes iniciales, las que en algo ayudaron a que se generara ese afecto. Son recuerdos gratos, de muchos de los que necesariamente nos alejamos porque no tuvieron continuidad o sencillamente el camino andado por cada quien, fue tan diferente que nunca se volvieron a encontrar.

Lo que nos gusta, lo que amamos, lo que vemos, lo que vivimos, lo que sentimos constituye esa memoria afectiva que en no pocas ocasiones nos genera el deseo de volver a verlos. Volver a ver a la persona que se amó, volver a estar en el mismo espacio que tanto nos gustó, volver a estar en las mismas circunstancias que tan positivamente nos dejaron huella. Es el deseo de ver de nuevo lo que nos sembró de afectos positivos la existencia. Son muchas las veces que ese deseo se presenta. En casi todas ellas no es posible que suceda, por la sencilla razón de que la distancia es enorme, o lo que hacemos ahora no deja tiempo, o que esa persona a quien quieres volver a ver no tiene el mismo deseo que tu y la prudencia manda guardar esas ganas y dedicarse a otra cosa.

Pocas, muy pocas veces es posible lograr la concreción de ese deseo de volver a ver lo que tanto recordamos. Llevamos puestas las imágenes, la memoria cierta de lo que estableció la relación capaz de generar memoria afectiva y con esa ilusión nos aprestamos a vivir de nuevo lo que fue hace mucho tiempo. Todo lo estamos pensando con la memoria de lo que sucedió. Con la persona como era cuando generó ese sentimiento. Con el espacio que era donde ocurrieron los hechos. Con un paisaje que quedó grabado y que seguimos teniendo en nuestra mente.

Ocurre con cierta frecuencia cuando los compañeros de clase de determinada promoción, determinado plantel educativo se ponen de acuerdo para organizar los comunes encuentros de egresados. Hay quienes se echan al hombro la responsabilidad de generar toda la logística de contactos, localizaciones, invitaciones, adecuaciones de sitios, elaboración de programas y ni más faltaba la asignación del orador central, quien normalmente es aquel de quien recordamos era quien mejor hablaba, sin saber si aún habla y si aún le quedan ganas de hablar. Han pasado muchos años. Cada quien hizo su vida. No siempre se reúnen todos los que fueron, pero si se logra con éxito que asista una buena mayoría.

Se llega con ganas de ver a aquellos de quienes conservamos el recuerdo afectivo. Normalmente el organizador, va identificando a cada quien, porque lo cierto es que no son reconocibles. Ya son muy otros. No corresponden en nada al recuerdo que se tiene. Son los mismos, pero muy otros a la vez. Se cuentan historias y se habla de muchos seres desconocidos que hicieron una vida que en nada coincide con la de cada quien. Hablan, conversan, se ríen, y encuentran tan pocas cosas en común en los seres actuales, que necesariamente terminan hablando de los recuerdos de cuando se conocieron, de cuando crecieron, de cuando se fueron. Son los mismos recuerdos para quien tenga la paciencia de insistir en esos encuentros. Es que lo que se encuentran son las memorias, pero no son los mismos seres humanos. Si tienen el beneficio de poderse ver en el mismo espacio donde construyeron su relación inicial, también van a detectar que ese espacio ya no existe, que lo transformaron al menos por la vetustez de los materiales de que estaba hecho. Nada es lo mismo, ni siquiera el tiempo, porque este es el encargado de haberlo cambiado todo. Tiene tanto de encuentro de extraños, de recién conocidos, de afectos que apenas nacen. Es que esos recuerdos que se quieren recuperar ya se fueron, con el tiempo, con los años, con la vida.

De esos encuentros quedan más desilusiones que ilusiones. Ahora son tan distintos, ya no se parecen en nada, ya no tienen cosas en común, se han vuelto a ver, pero lo cierto es que no se han vuelto a ver, se ha acudido a ver a quienes son ahora lo que son. Es decir: otros seres. Fuimos a ver el parque donde tantas veces hablamos en sus bancas y ya ni el parque, ni las bancas, ni nosotros mismos existimos. Todo es diferente. Ni malo, ni bueno, sencillo: diferente.

Una desilusión colectiva de alguna manera no es tan contundente en las emociones, porque de todos modos termina siendo repartida entre quienes se despiden de nuevo en algunas ocasiones son la convicción de nunca más volverlos a ver, como si lo puede ser cuando de encuentros individuales con personas y/o espacios se trata.

Tantas veces hemos pensando en volver a ver aquella persona a quien se amó profundamente cuando se tenían tan pocos años encima de la vida. Se le recuerda como era. Es a ese recuerdo al que se quiere volver. Se localiza a la persona y se concerta el encuentro. Cada uno va con la emoción de tener frente a sí ese recuerdo. Han pasado muchos años, para ambos. No son los mismos. Se ven, se reconocen en el recuerdo, no en la presencia y se enteran que ya no tienen nada en común, pero que si acaban de hacer un grave daño afectivo: mataron los recuerdos. Ya nunca más se volverán a recordar con la belleza y las circunstancias que fueron capaces de cancelar una memoria afectiva. Ya se deberán recordar con las imágenes que acaban de ver. Vinieron a ver la imagen de un recuerdo y se encuentran con la imagen cierta de lo que es la persona en el momento presente. Volverte a ver no es lo mismo que volver a ver tu recuerdo. Los recuerdos corresponden a la memoria, nunca a la realidad que se vive y se transforma porque el tiempo no elimina el paso de los días.

Volverte a ver es tan difícil como el hipotético ejercicio de que usted deje de verse al espejo por veinte años. Al cabo de ellos se asome al espejo y se lleve la desilusión de saber que no es el mismo. Que ese que vive en usted se trasforma todos los días.

Volverte a ver es correr el riesgo de una gran desilusión y la certeza de matar un recuerdo para tener el deber de quedarse con el presente.

La memoria es la memoria, es mejor no convertirla en hoy.