12 de abril de 2021
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Ladran los perros…

28 de enero de 2016
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
28 de enero de 2016

cesar montoya

Es porque cabalgamos, Sancho. Así le respondió Don Quijote a su escudero en una de las tantas travesías por las tierras calcinadas de La Mancha. Frase ésta, como tantas pronunciadas por el genial orate, cargada de recóndita sabiduría.

Todos guardamos historias sobre canes. Unos son prevenidos y zalameros, con enarbolada cola alegre, rabiosamente defensores del amo. Lukas, mi perro, muerto en fatídica noche inolvidable, mostraba agresivo sus blancos dientes afilados cuando alguien se acercaba o intentaba darme la mano. Yo le pertenecía con exclusividad.

Los chandosos callejeros no tienen dueño. Andan por los extramuros, expertos en cabriolas de maromeros, miran de soslayo, se inventan prodigiosas gambetas para sortear el peligro y son de mala leche. La madre, de ubre agotada, a pocos días de nacidos los abandona. Los deja expósitos en la guarida y se escapa con otro machucante adicto a los jineteos lujuriosos. Estos mastines que subsisten a la intemperie, no conocen los mimos, ni tampoco tienen nombre. Entre azarosas embestidas, en una cadena infinita de milagros, conservan su integridad física.Son técnicos en asaltos sorpresivos, taimados y sinuosos en las retaguardias, y muerden cuando tienen hambre. También saben de “tusas” cuando una garosa no les cumple una cita de amor.

Los que hemos actuado en la vida pública, somos víctimas de celadas, a mansalva y sobreseguro, de los cachorros furiosos. Cuando escribo una nota que no les gusta, y si por casualidad hago mención de Omar Yepes, los pajecillos de Savonarola descargan todo el veneno que tienen en su contra y lo asesinan, utilizando improperios de sentina, con vinagrosa sevicia de burdel. Se sublevan, con cretino juzgamiento, contra las decisiones unánimes del Consejo de Estado y la Corte Suprema de Justicia que en sentencias inapelables lo han declarado libre de toda transgresión penal.

Mi madre, según ellos, es una vagabunda. Trabaja en un lenocinio, viste pequeñas faldas de escándalo con los cucos a la vista para suscitar apetitos fornicadores. Por fortuna desde hace más de 50 años tañe violín en los conciertos celestiales. Afirman los alebrestados caníbales, que fui un abogado mediocre, desvalijé viudas, pisé la cárcel y los jueces me sancionaron por carecer de ética.

Somos una pobre piltrafa humana, un insoportable moscardón, al lado de Jesucristo y don Simón Bolívar. Al Dios-Hombre, los judíos con alaridos rabiosos le vociferaban a Pilatos, “crucifícale”.

Bolívar, nuestro Libertador, enfundado en capa luctuosa, tuberculoso y canijo, debió abandonar a Santafé en una madrugada empedrada de granizo. Sus enemigos se asomaban a los postigos para despedirlo con voz envenenada “ Adiós Longaniza”.

Esa es la suerte del hombre público. Los enemigos asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán,Luis Carlos Galán, Alvaro Gómez Hurtado. Luis Granada Mejía se salvó de una emboscada en Circasia. En Calarcá mataron a Oscar Tobón Botero, joven abogado, con la estrella de David para ser un personaje de Colombia. A Silvio Villegas le hicieron caricias en Supía con una puñalada matrera. Luis Emilio Sierra escribió un libro para contar, con relieve enfático, cómo logró salvarse de una encerrona organizada por malandros. El nombre de Juan Manuel Santos ya figura en la enciclopedia de los martirologios. Al señor Uribe Vélez le gritan sus enemigos “mafioso”. Cuántos denuestos recibe a diario el Procurador Alejandro Ordóñez por sus convicciones religiosas. Cuántos insultos le generaron al Fiscal Eduardo Montealegre los solapados contratos con algunos consentidos suyos.

La conclusión se encuentra en el Kempis : “No eres más porque te alaben, ni menos porque te vituperen. Lo que eres, eso eres , y nada más”.

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