10 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Cine caminante

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de enero de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de enero de 2016

Desde Cali                   

Víctor Hugo Vallejo 

Victor Hugo Vallejo

Por primera vez en los más de cien años que ostenta la historia del cine, una película colombiana es nominada a los Premios Oscar como mejor filme en lengua diferente al inglés. La Academia de Hollywood nominó “El abrazo de la serpiente” del cesarense Ciro Guerra para competir con otras grandes obras como de lo mejor que se hizo en este arte fuera de EU. en el 2015.

Ser nominada ya es un gran logro. Todos sabemos que se trata de un evento eminentemente comercial, en el que los jurados, de todos modos, tienen en cuenta los aportes artísticos, de creación, de actuación, de innovaciones al séptimo arte para definir su resultado. Independiente de esa arista comercial, la importancia que reviste esta nominación es un punto muy alto para la historia del cine colombiano. La obra que fue estrenada en Colombia en el mes de septiembre pasado, no estuvo mucho tiempo en cartelera por políticas económicas de las distribuidoras colombianas que reducen su universo a no más de cinco empresas, para quienes sólo importa el resultado de lo que dejan las entradas y los enormes precios de una caja de crispetas, de una gaseosa con precio de whisky o de una botella de agua con el valor de un barril de dicho líquido. Para ellos solo son rentables las de karate, las mismas de Rocky versión 35, de los mismos tira patadas y del mismo Disney recargado. El cine colombiano lo exhiben por obligación legal y por eso cuando nos dan el gusto de nominarla al Oscar, son muy pocas las salas que la tienen en cartelera. Ahora será más rentable para las exhibidoras y por tanto serán muchos los colombianos que la podrán apreciar, pues vale la pena asomarse, así sea desde la ficción en blanco y negro, a ese mundo aborigen al que se llega siempre con las ambiciones de conseguir algo que esas comunidades tengan, lo que constituye la historia central de esta cinta filmada en el Vaupés y el Amazonas, con un actor de academia y unos actores naturales, con el extraordinario respeto que tuvo Guerra de hablarla en el idioma original de los indígenas. La primera película que llega a la Academia de Artes Cinematográficas es hablado en un dialecto propio de los territorios de lo que un errático Cristóbal Colón llamó la India, pues era para donde iba en busca de negocios de saqueo, atropello y robo a mano armada de pólvora, caballos y religión.

Desde cuando en 1999 se tuvo la oportunidad de ver los primeros trabajos de Ciro Guerra, nacido en Rio de Oro, César, en 1981, se pudo saber que en ese regresado de la Facultad de Cine de la Universidad Nacional se tenía en Colombia una figura propia de los espacios de la recreación de lo que antes se llamaba en celuloide y que ahora es en discos sistematizados.

En 1999 Guerra dejó conocer su primer Cortometraje llamado “Silencio”. En ese mismo año produjo “Documental siniestro, Jairo Pinilla cineasta colombiano”, con toda la fuerza de la realidad. Para el 2000 presentó “Alma” y en el 2001 lo intentó con un corto de dibujos animados llamado “Intento”.

Su primer largometraje fue en el 2004 cuando se conoció “La sombra del caminante”, un verdadero poema audiovisual, en el que el protagonista camina por unas calles oscuras y en el que las sombras dominan la escena mucho más que las imágenes reales. Una narración muy personal, pero creativa y contundente en los mensajes que quiso enviar al espectador. Tuvo más repercusión en el exterior que en Colombia, como que son más los que no la conocen que quienes la hemos apreciado.

En el 2009 dio a conocer otro bello poema del mundo del vallenato, el acordeón, los juglares de la Guajira, los trotamundos de mundos cortos que van por la vida en busca de cualquier cosa, hasta no encontrar nada más que la vida misma. «Los viajes del viento”, es, de pronto, en opinión de quien escribe, la película colombiana más bella que se puede ver. Es para verla varias veces. Hacerle muchas lecturas y entender, o tratar de entender, ese mundo de personas que son colombianas pero que a lo mejor se parecen poco a nosotros. También le fue mejor en otros países que aquí.

En mayo de 2015 hizo el pre-estreno de “El abrazo de la serpiente” y sólo hasta septiembre pudo ponerla a circular en salas de cadenas distribuidoras colombianas. La tuvieron una semana en cartelera. No vendía crispetas, gaseosas, chocolatinas, dulces, agua caros, pues el espectador de esta clase de cine no va a comer y hartarse mientras proyectan un filme, va es a verlo, analizarlo, pensarlo, sentirlo, saberlo, entenderlo y comprenderlo, para luego hacerse su propia explicación de lo que acaba de ver.

En todos los filmes de Guerra hay una característica común. Sus protagonistas son caminantes empedernidos, porque son seres que van en busca de algo, así sea de si mismos y lo hacen de la manera más natural en el ser humano: caminando.

Afortunadamente el Ministerio de Cultura creyó en la película y le ofreció todo su respaldo para conquistar metas comerciales. En lo cinematográfico no fue la excepción, le ha ido mejor fuera de Colombia que en Colombia. Como el mismo Ciro Guerra lo cuenta, le han ayudado a hacer ese costoso lobby para que lo tomasen en cuenta en las preselecciones de los Oscar y ha logrado llegar a competir, partiendo de la presentación de la candidatura de la obra a cargo de la Academia Colombiana de Cinematografía.

Una cinta en blanco y negro, con actores naturales, hablada en un dialecto que ni los mismos colombianos entendemos y que es necesario que nos la sub titulen, llega a competir por la distinción entre las mejores obras del 2015. En marzo se tendrá el resultado, pero desde ahora es posible decir que el cine colombiano comienza a ponerse en los niveles de competencia de realizaciones que son capaces de contar historias que van mucho más allá de las bobadas que se comenzaron a filmar para divertir en los 25 de diciembre en medio del guayabo de navidad, cuando cualquier espacio que sirva para quedarse dormido es bueno. Ya vamos mucho más allá. Vamos hacia un cine pensante, capaz de presentar y analizar relaciones sociales conflictivas y capaz de dar cuenta de realidades que aquí siempre han estado ahí y que muchos se han negado a contarlas.