22 de abril de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

UN SALARIO MÍNIMO APRETADO

31 de diciembre de 2015

La realidad es que 2016 encuentra una Colombia con desigualdad de ingresos, precios al alza, un desempleo en un engañoso 7,3%, una reforma tributaria agresiva e inminente, y muchos costos por solventar. Apretarse el cinturón no bastará.

El año 2016 será difícil. Desde un punto de vista económico, los retos para los colombianos no han hecho más que apilarse y el Gobierno parece abrumado por la cantidad de huecos que necesitan atención con urgencia. Y eso sin siquiera empezar a hablar de los costos que vienen con el posible aterrizaje del acuerdo de paz con las Farc y, después, con el Eln. Víctima de toda la situación fue el aumento del salario mínimo, que se anunció por decreto ayer en 7%, apenas 0,3 puntos porcentuales arriba del monto de la inflación. Si bien está claro que toda Colombia debe apretarse el pantalón, queda la sensación de que las partes más débiles de la cadena productiva tienen que llevar las mayores cargas del modelo económico elegido, y aún quedan dudas sobre si el aumento será suficiente para enfrentar los ajustes financieros que se vienen en el próximo año.

Desde que la Comisión de Concertación del aumento del salario mínimo se creó en 1997, solamente en cinco ocasiones (1997, 2003, 2005, 2011 y 2013) se ha llegado a un acuerdo. El resto, como sucedió este año, termina siendo una imposición del Gobierno, que, si bien busca dejar contentas a las partes, siempre se acerca más a las peticiones del gremio de empresarios. Este año no fue diferente.

Según el Banco de la República, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) cerrará 2015 en 6,7%. Los empresarios pedían un aumento de 6,8%, mientras los distintos gremios de trabajadores empezaron pidiendo un aumento de entre 10% y 12%, pero terminaron en 8,5%. Como dijimos, el Gobierno decretó el 7% como la cifra de aumento, lo que significa que el salario mínimo de 2016 será de $689.454. El subsidio de transporte se incrementará en 5% y quedará en $77.700.

Más allá de definir qué parte tenía la razón, nos preocupa una serie de circunstancias que ponen en perspectiva la importancia del salario mínimo. El nuevo año arranca con los precios del petróleo en baja (que, dicen los expertos, continuará), lo que a la vez significa que Ecopetrol, fuente esencial de ingresos para el Estado, seguirá debilitándose. La devaluación del peso, que tampoco parece detenerse, pese a los esfuerzo del banco central, aumentó la deuda externa del país y encareció las importaciones. El proceso que se inició para fomentar las exportaciones va lento y no ha surtido sus efectos. En síntesis, la economía del país está en problemas y las arcas del Estado, que necesitan gastar para la construcción de infraestructura y mantener un eventual posconflicto, han sufrido en consecuencia. La insensata venta de Isagén no promete ser un paliativo suficiente para el desangre.

Además, se proyecta que las tarifas energéticas subirán, lo que a su vez influenciará el costo de los alimentos. Una cifra es diciente: el valor de los alimentos es lo que más ha crecido en 2015, con un incremento de precios de 9,66%, según el DANE. Y existen casos como el de las hortalizas, que se han encarecido 42% en lo corrido del año. Todas son situaciones que afectan al ciudadano del común, aquel que recibe el salario mínimo o una cifra cercana a él. Se estima que la canasta básica en Colombia cuesta $1’300.000, por lo que un incremento del IVA —necesario para mejorar las cuentas del Estado—, aunque sea dos puntos, es difícil de costear con un sueldo tal y como se definió.

Sin embargo, no hay solución fácil: es cierto que los empresarios también han sufrido la crisis económica. La realidad es que 2016 encuentra una Colombia con desigualdad de ingresos, precios al alza, un desempleo en un engañoso 7,3%, una reforma tributaria agresiva e inminente, y muchos costos por solventar. Apretarse el cinturón no bastará.

Ojalá este año que empieza, como en 2015, el salario mínimo no se quede demasiado corto y genere pérdida de poder adquisitivo para los trabajadores. Pero hay pocos motivos para tener esperanza.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL