18 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Ausencia-presencia

Por Víctor Hugo Vallejo
27 de diciembre de 2015
Por Víctor Hugo Vallejo
27 de diciembre de 2015

Desde Cali 6

Víctor Hugo Vallejo 

Victor Hugo VallejoUna de las grandes ausencias físicas del año que termina  es la del Maestro Carlos Gaviria Díaz, quien a los 77 años se fue en silencio, sin aspavientos, sin largas estancias en centros de sanidad, de manera lúcida, percibiendo los síntomas de lo que sería su última dolencia hablando con un grupo de jóvenes del Gimnasio Moderno, quienes lo habían invitado a que hablara del deber y la libertad. No estaba bien de salud. Vivía en Medellín, pero a pesar de su afección bronquial corrió el riesgo de la altura de Bogotá y fue a cumplir con ese compromiso de hacerse oír de quienes deben tener las ideas más claras hacia el futuro de Colombia. Como buen maestro, le encantaba hablar con los jóvenes, con los estudiantes, con quienes querían saber mucho en pocas palabras. La altitud le pasó la cuenta una vez terminada la conferencia, que, por primera vez en su vida, había dictado sentado y con un tono bajo, pues no se sentía muy bien. Siempre habló de pie, por entre la gente, como gran socrático que era. Hablaba entre la gente, para que esta tuviera un contacto más directo con lo que pensaba y decía.

A su muerte no hubo grandes ceremonias. No hubo rezos. No hubo liturgias. No hubo llantos colectivos. Todo se redujo a la intimidad de su familia, discretamente pues nunca se pensó personaje, lo que le importaba era que la gente entendiera sus ideas, aún si no estaba dispuesta a aceptarlas. Lo que necesitaba era hacerse oír. En la hora de la partida sabía que lo menos importante era el cuerpo que lo había contenido desde 1937, cuando un 8 de mayo nació en Sopetrán, un caluroso municipio al lado del río Cauca, donde las horas son lentas y los días un tanto más largos porque la rutina se asoma por todas las ventanas. No era su funeral la centralidad del hecho, sino su pensamiento, que quedó plasmado en sus libros y especialmente en sus sentencias cuando fue Magistrado de la Corte Constitucional.

Esa primera Corte Constitucional de la que hicieron parte luminarias del pensamiento jurídico de los últimos tiempos como Carlos Gaviria Díaz, Ciro Angarita Barón –también fallecido un tanto prematuramente-, Jorge Arango Mejía, Eduardo Cifuentes y otros. Fue fundamental que la primera interpretación que se hacía por un tribunal que por primera vez operaba en nuestro medio, se hiciera desde la comprensión esencial de lo que quedó plasmado en la Carta del 91, cuyos ejes centrales de construcción ideológica se basan en lo que es un Estado Social de Derecho y el respeto a la dignidad humana. Entender esos criterios cuando se venía de una Constitución confesional, católica, conservadora, centralista, autoritaria requería de pensamientos renovados, cultos, formados en el entendimiento del ser humano como protagonista de todo lo que ocurre en el mundo.

Sin duda los grandes aportes de esa primera Corte estuvieron a cargo de Carlos Gaviria Díaz y Ciro Angarita Barón, sin dejar de lado el desarrollo que se logró en el pensamiento jurídico colombiano con decisiones trascendentales de los otros siete Magistrados, todos ellos de primera línea, aunque algunos con ciertas transversalidades  de su formación al amparo de la Carta del 86.

Gaviria no tuvo reserva en ir mucho más allá de la mera letra legislada. Entendía que la teoría de Hermann Heller, elaborada en Alemania en 1929, obligaba a entender los derechos y las garantías como realidades, no como meras elaboraciones normativas que en su enunciado lucían muy bien, pero como alguna vez lo dijo Estanislao Zuleta: de nada sirve que declaren mis derechos, si no hay quien me garantice su efectividad. Gaviria fue hacia ese más allá. Hacia la construcción de la sociedad que pretendió la Constitución de 1991 que poco a poco se ha ido desvirtuando a través de 37 reformas interesadas en la defensa de aspiraciones personales o acomodaciones para retornar a lo que se quiso cambiar con la Asamblea Nacional Constituyente, es decir permanecer en el estado de politiquería.

Ese abogado que fue Juez Promiscuo de Rionegro, en Antioquia, que luego se dedicó a la docencia  en su Alma Mater, la de Antioquia, de la que fue Decano y Vice-Rector, durante 30 años enseñó lo aprendido  allí mismo y en Harvard. Su idea era la de la libertad y la defensa de la dignidad humana como constantes de un nuevo colombiano que existía, pero que no tenía reconocimiento porque desde los tabúes y los dogmas se le había ligado más a las creencias que a la razón. En sus sentencias sustanciales como Magistrado de la Corte Constitucional tuvieron cabida la dosis de consumo personal de alucinógenos, como parte del desarrollo individual de cada quien, la eutanasia como un derecho esencial a la vida misma de cada quien y los primeros reconocimientos de derechos a los homosexuales que antes que esto son seres humanos con derechos y deberes constitucionales y legales. Sócrates, Aristóteles, Kant, Hume, Hobbes, Locke y otros grandes maestros del pensamiento fueron su guía en el entendimiento de los problemas humanos con el apoyo de la norma superior. Sus providencias fueron luces en el camino de la elaboración de un nuevo Derecho en Colombia.

Por primera vez un Magistrado  cumple su período  y sale a hacer política con éxito. Bastó que dijera que quería ir al Senado para que sin ningún andamiaje electoral, sin tener un solo voto amarrado, sin recursos económicos, sin repartir, prometer o entregar algo salieron 114.886 colombianos a decirle: usted es nuestro Senador y lo hizo con tal brillo que debió ser candidato presidencial con la más alta votación que la izquierda colombiana haya tenido jamás.  Era un hombre confiable, creíble, certero, respetuoso, sabio y humilde.

El 31 de marzo de 2015 se fue físicamente. Es una ausencia de este año. Una ausencia que no es tal porque su presencia se percibe en su pensamiento jurídico, materia obligada para cualquier abogado que pretenda tener un mínimo criterio de lo que es la libertad y la responsabilidad, cuando se quiere vivir en democracia. Conocer el pensamiento jurídico del Maestro Carlos Gaviria Díaz es saber de la dignidad del ser humano. Su ausencia es apenas una enorme presencia. No se ha ido. Se ha acentuado su obra. La inmortalidad consiste en eso: dejar una obra que perdure, un pensamiento a seguir, un saber a aprender. Sólo son mortales quienes pasan por la vida sin aportarle nada al hombre.