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Frontera caliente ¡Manejo político!

8 de septiembre de 2015
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
8 de septiembre de 2015

el papa francisco

La frontera entre Colombia y Venezuela comprende 2219 kilómetros y es tan porosa que las mafias y los contrabandistas mantienen 192 trochas para mover sus productos. Estos problemas son de vieja data, y conocidos por todo el mundo; por aquí se mueven los grupos guerrilleros y las bacrim, pero uno de los negocios redondos es el contrabando de gasolina. Según la DIAN cada día entran a Colombia 4.500 galones porque en Venezuela es casi regalada.

El pasado 19 de agosto fueron heridos tres funcionarios de la Fuerza Armada Nacional en la zona fronteriza de Táchira y, como respuesta, Nicolás Maduro cerró la frontera, alegando que los responsables habían sido dos jefes paramilitares. Precisó que los problemas de la frontera (contrabando, prostitución, inseguridad y acaparamiento de alimentos) son culpa del paramilitarismo colombiano, “grupos atraídos por la derecha venezolana”. Inmediatamente se disparó el conflicto. Desde el 22 de agosto han sido deportados 1.100 colombianos; muchos reportaron maltratos y robos de sus pertenencias por parte de la Guardia venezolana. A lo anterior se le suma que más de 10.000 colombianos han regresado al país impulsados por el miedo y la mala situación económica ¿Cuál es el meollo de todo esto?

Parece que todo se desató desde el 17 de agosto cuando tres militares detuvieron un vehículo en el que viajaban dos integrantes de la Guardia Nacional de Venezuela en posesión de droga, 42 millones de bolívares y tres millones de dólares. Dos días más tarde se realizó la emboscada contra los militares que hicieron el decomiso; se cree que existe una guerra entre bandas rivales, cada una ayudada por militares o por la Guardia Nacional: un sector de las Fuerzas Armadas Venezolanas está relacionado con el llamado cartel de los Soles, vinculado con narcotráfico y su contraparte es conocida como el cartel de La Guajira, de la cual hacen parte miembros de la Guardia Nacional. Aquí está el Florero de Llorente (Revista Semana, sept. 6 de 2015)

Frontera caliente

Los problemas entre Colombia y Venezuela se iniciaron desde 1824, transcurridas las guerras de independencia, cuando se fortaleció el grupo anti bolivariano dirigido por el general Santander. Luego, en las guerras civiles del siglo XIX, ambos países sirvieron de refugio para los perseguidos políticos. Durante la Violencia de 1950-1980 huyeron miles de familias a la zona fronteriza con Venezuela, buscando seguridad. Y cuando la bonanza petrolera transformó al país vecino en paraíso, en el “sueño” para muchos latinoamericanos, nuestros compatriotas se fueron situando en los estados de Táchira, Zulia y Mérida, donde encontraron trabajo.

Pero hubo varios hechos perturbadores. El 17 de agosto de 1987 se presentó un incidente en el Golfo de Venezuela, un territorio en disputa; participaron embarcaciones militares (buques y corbetas) que hicieron demostración de fuerza. Sin embargo los presidentes Virgilio Barco y Jaime Lusinchi, evitaron el conflicto armado. En el año 1995 se produjo una crisis bilateral entre los dos países por la llamada “Masacre de Cararabo”, realizada por el ELN contra un puesto militar venezolano. El 15 de marzo el gobierno de Rafael Caldera deportó a 400 colombianos acusados de cultivar amapola en el Estado de Zulia; por esos días varios aviones de guerra, del vecino país, sobrevolaron el espacio aéreo colombiano. En el mes de julio el presidente Ernesto Samper señaló que militares venezolanos podían estar implicados en la venta de armas al narcotráfico y a la guerrilla. Luego llegó un período de calma en la extensa frontera, a pesar de las actividades de la guerrilla, del narcotráfico, del contrabando y de la delincuencia común. En 2004 el presidente Chávez inició un proceso para que los extranjeros indocumentados en Venezuela legalizaran sus documentos; más de 500 mil colombianos se beneficiaron con la medida y un buen porcentaje votó en las elecciones del mes de octubre. Pero en este ambiente entró en juego el choque cotidiano entre Chávez y el presidente Álvaro Uribe, que mantuvo en alto las tensiones. El 8 de mayo de 2004 fueron detenidos en Caracas 133 jóvenes acusados de ser paramilitares colombianos, interesados en promover un levantamiento militar; en este nuevo clima el comandante del Ejército denunció los supuestos nexos entre las FARC y el gobierno colombiano. En diciembre de este año fue capturado ilegalmente en Caracas Ricardo González (Rodrigo Granda), el llamado Canciller de las FARC, en una acción encubierta entre agentes de la seguridad colombiana y la policía política de Venezuela. El hecho levantó una polvareda diplomática por la supuesta violación de la soberanía.

En marzo de 2008 Chávez cerró la Embajada de Venezuela en Colombia y ordenó el envío de 10 batallones hacia la frontera, alegando que no iba a negociar con un “Estado terrorista”, haciendo mención al operativo militar realizado en territorio ecuatoriano en el que murieron Raúl Reyes y otros 16 guerrilleros. Las tensiones se agudizaron en julio de 2009 cuando el Gobierno colombiano autorizó la instalación de bases militares de Estados Unidos en su territorio, entendido por Chávez como una amenaza. En este clima Uribe acusó a Venezuela de suministrar cohetes antitanques  a las FARC. Las tensiones llegaron al punto más alto en julio de 2010, cuando Chávez rompió relaciones diplomáticas con Colombia, por las denuncias sobre la supuesta existencia de campamentos de las FARC y del ELN en territorio venezolano.

El viacrucis de Maduro

El presidente Chávez falleció el 5 de marzo de 2013 y dejó un país dividido. Pero, además, había señalado como su reemplazo a Nicolás Maduro, quien fue conductor en el Metro de Caracas, dirigente sindical y había hecho una vertiginosa carrera política. El pobre Maduro heredó no solo la época de las vacas flacas, con los precios del petróleo en caída libre, sino los problemas inherentes; porque sin bonanza se golpeó el aparato productivo, creció la deuda externa, se desbocó la inflación y disminuyó la producción de petróleo por los malos manejos de PDVSA; y, como era de esperarse, creció la oposición y empezó el viacrucis.

Empezó a gobernar con la oposición crecida y con el precio del barril por el piso; sus enemigos lo acusaban de incompetencia política, de pésima administración de la economía y de alto grado de corrupción. Desde hace dos años enfrenta el problema de desabastecimiento, pues muchos productos de la canasta familiar no se consiguen en el mercado. A esto se le añade la fuga de artículos de contrabando; todos saben que la Guardia Nacional tiene que ver con la salida de productos subsidiados hacia Colombia, porque es un negocio muy rentable. La gasolina cuesta en Venezuela 15 centavos de dólar por galón; se dice que este comercio deja más utilidades que el narcotráfico.

Frente a la crisis a Maduro no le queda otra salida que buscar enemigos externos para sobreaguar, y los principales objetivos han sido Estados Unidos, Guyana y Colombia. Como no pudieron manejar la bonanza del petróleo no es posible sostener los programas sociales y esta es una de las razones para deportar colombianos. La situación económica, política y social se sigue agudizando; en los primeros meses del año la inflación llegó al 87%, el 80% de los supermercados tienen escasez de productos como leche, arroz, azúcar, aceite, café, papel higiénico y jabón. El gobierno dice que la “oposición golpista” maneja la operación de acaparamiento de productos y que los “bachaqueros” (contrabandistas) los llevan a Colombia. Ante la dura realidad las encuestas señalan que Maduro perderá las elecciones del 6 de diciembre y por lo tanto el control de la Asamblea Nacional. La salida se la ofrece el cierre de la frontera con Colombia, porque se pone al pueblo a mirar para otro lado. El discurso anti colombiano y el nacionalismo permiten realizar una campaña electoral bajo un estado de excepción, sin embargo, el patrioterismo es un arma de doble filo y se puede devolver.

Ante el fracaso de la reunión de la OEA, donde el gobierno colombiano no pudo amarrar los votos, a Santos no le queda otra salida que reunirse con Maduro. Si la crisis se prolonga hasta diciembre las elecciones se verán afectadas, porque la frontera porosa se convierte en un detonante. Una guerra no le conviene a ninguna de las dos naciones y el mejor camino es desinflar los problemas.