18 de abril de 2021
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«Ottología» en anécdotas

26 de agosto de 2015
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
26 de agosto de 2015

Corto Circuito 

hernando salazar

El último envío del escritor Gustavo Páez Escobar, para Eje21, motivó a su vez esta memoria personal. 

GUSTAVO

No puedo considerarme uno de los amigos de Otto Morales, por varios motivos, pero sí algo «ottólogo», que es muy diferente a ser «ottista» y más todavía, a ser «ottólatra», el primero de los cuales fue él mismo.

Me asombró siempre esa enfermiza vanidad, muy «política» por cierto, que lo envolvía en exceso, combinada con esa maravilla querenciosa de su sencillez, abierta y pródiga como pocas. Porque sencillez, no es lo mismo que modestia.

Entre las anécdotas -¿quién que se haya acercado a él, o viceversa, no tiene mínimo una, incluida la vez que lo conoció?- que puedo contar que tengan que ver con la personalidad de Otto, va ésta:

En un Carnaval de Riosucio al que fue, comenzó la clásica «alborada» en la que se recorren todas las calles con músicas, de orquestas y chirimías, cohetes de luces de Bengala y multitud de nativos y visitantes, y a las cuatro de la mañana desfilaba Otto participando como uno más y como el que más, pero a medida que avanzaba lo seguía, lo rodeaba, lo cercaba, le saltaba alrededor, un personaje riosuceño típico, joven y fornido entonces, bastante alto, muy conocido con un sobrenombre que no atino en el momento («Borolas» o algo así), y el escritor trataba de eludirlo con delicadeza, sin hacerle notar la incomodidad de su asedio y sin lograrlo. Como yo iba a su lado, le dije para consolarlo: «Tranquilo Maestro, definitivamente a usted lo persigue la «grandeza».

Y hace unos dos o tres años que un grupo de investigadores de las ideas en Caldas, organizó una jornada académica muy interesante por el asunto mismo de su enfoque, en la que me pidieron que interviniera. Me comunicaron después que habían invitado también al Dr. Otto, lo que me pareció muy bien, pero, conociéndolo, «padeciéndolo» como él mismo decía a veces, como todos sus admiradores y oyentes, les solicité que no lo pusieran de primer conferenciante al inicio del acto, porque éramos varios y era mejor prevenir que el tiempo alcanzara, dada su costumbre de alargarse interminablemente, eso sí, advirtiendo en ocasiones, «no se preocupen, pueden dormir».

Después de mi intervención, seguía la del Dr. Otto y yo me senté en la mesa principal para escucharlo, saqué mi frasco de píldoras como buen cardíaco y me tomé una que pasé con el agua servida de los ponentes, por lo que el leve gesto se hizo ostensible, al él comenzar. Al terminar (porque terminó), al salir a tomarnos un café aprovechando un pequeño receso, se me acercó con toda su inmensidad corporal, su hijo Olimpo que lo acompañaba y me preguntó: «Perdóneme doctor, dígame por qué usted tomó una pasta cuando mi papá iba a hablar.» Le contesté: «No, para prepararme, fue solo un antídOTTO». Éste, como la vez anterior, como siempre, fue el primero en celebrar el apunte, con cálida carcajada.

Por ahí, por los años noventa del siglo pasado, comencé a tomar notas para ese Tratado de Ottología, que no continué, al menos en la escritura, porque todo el mundo, o casi, ha escrito, escribe y como que escribirá todavía sobre Otto Morales Benítez. Poco más a lo dicho podría añadir, quizá a lo no dicho aún, pero eso ya lo hará con más frescura, una próxima generación.

Lo que sí te cuento Gustavo, es que una sola frase de Otto, dicha sotto voce y tête a tête, en circunstancia especial, me hizo comenzar a escribir un libro de inmediato, que me tuvo por varias semanas frente a los antiguos computadores, los que tampoco aprendí a manejar. Por ahí deben estar traspapelados los capítulos iniciales de «Juegos de la Memoria» (título sugerido por Jaime Echeverri, a esa «Lección de Literatura»), pero la verdad es que Paul Louis Courier, hace de voz expresa a la tácita de nuestro amigo y a la mía. Una especie de cantata. Si los encuentro, te enviaré ese primer capítulo pertinente. Noción adelantada del mismo puedes obtenerla en el último capítulo llamado «Panfleto de los Panfletos» (1824), pgs. 188-206, del libro de Courier, «Panfletos Políticos», que la Revista de Occidente publicó en 1936.

Te encimo que Ortega y Gasset  dijo que «el estilo del siglo XIX francés, compuesto de estos tres ingredientes: erudición, ironía y cierta voluptuosidad arcaizante en la melodía de la frase», comenzó con Paul-Louis Courier: «Su estilo parte del supuesto de que quien habla es un señor que sabe lo que hay en los libros, un señor sumergido en ellos, que se refocila en ellos…»

Los papeles envolatados consisten en una larga carta, por lo que me temo que esta pueda convertirse en su continuación y sobre anécdotas del riosuceño hay para dar y convidar. Comenzó hace unos años Vicente Pérez Silva, otro querido y generoso competidor de Otto en número de libros.

Pero cualquier oportunidad es buena para seguir en contacto.

Con la amistad de

Hernando Salazar Patiño