18 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Por caminos de pájaros (X-8)

19 de julio de 2015
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
19 de julio de 2015

CORTO CIRCUITO

hernando salazar

El árbol es el nido de los nidos.
Tríptico verde: Antonio Mejía Gutiérrez

No hay título más alto
que el día con su aplauso
de pájaros al alba
Galardón: Edgardo Salazar

Cuando se creó el mundo
el aire
se hizo trinos
y el cielo fue un oleaje de espumas
En estos tiempos
el aire
es solo un vidrio ahumado
en el que chocan pájaros.
De ayer a hoy: Orlando Sierra

Los ficus del frente de donde vivo, no hace mucho, amanecieron un día reducidos a su mínima expresión. En el momento en que lucían más soberbios. Intensos su follajes, brillante su verdor y recia la energía de sus troncos.  Me sentí muy mal. ¿Será que nunca lograré entender por qué lo hacen.? Las explicaciones que recibo, las que ofrecen, parecen una burla. Son de este cariz: que por una rama que llegaba cerca a la ventana de un apartamento, se había entrado una arañita,  si las arañas entran por casi todas las ventanas del mundo lo que hace que existen unas y otras; que a uno de los ficus se subió una chucha o zarigüeya, aunque lo más creíble es que fuera una rata, si es que el suceso ocurrió, porque nadie lo confirmó. Pobrecilla, haya sido una u otra, tenidos como animales despreciables, la primera ya casi extinguida en los centros de la ciudades, se ve todavía en las afueras o en los caminos, siempre amenazada, ya sea que la mate el cultivador de frutas, o que la atropellen; ya no come ni gallina, como lo hacía en los viejos solares de las casas de teja que nos vieron crecer, es un marsupial y hay quien pida que “sea tratada como un ícono de nuestra biodiversidad continental”(cfr. Aburrá Natural org.). Si se dio el caso, insólito aún con la rata, fue porque por instinto de conservación, ésta o aquella, digo yo, salió del área vegetal que quedó del lote en construcción, en el que se da la ilusión óptica de un falso guayacán.(cfr. IX). También que se ve más limpia la calle, sin las hojas que caen el suelo, o que el cemento del andén…, en fin, las anodinas, pero no por ello menos reiteradas disculpas del odio a los árboles.

No soy quién para saber si lo que se dice de los ficus es verdad. Me parece que son de los árboles más calumniados. ¿No serán más las ventajas que ofrece que los supuestos daños que causa? Éstos, probablemente se dan   por la intervención del hombre, no por el árbol mismo. Como que hay varias especies. Aunque sé que existe un libro escrito por un geobotánico barranquillero, Armando Dugand Gnecco, “Nuevas nociones sobre el género Ficus en Colombia”, que data de 1955. Lo que me consta en estos años que los he tenido cerca, que me reciben y me despiden a la llegada o salida de mi hogar, es el fervor en su acogida, su solidaridad manifiesta, el darme a entender que no estoy solo, su convivencia con el tulipán africano, con el flor de mayo, con el caucho, con el resto de los que lo acompañan, sin opacar  la luz –los pájaros anidan en la luz- y el ímpetu autónomo de cada uno, maduro de pájaros, según los percibía Orlando Sierra, el poeta, pero lo que me llama la atención en su serena gravedad, más que el tupido y discreto abrazo al aletear abundante que en ellos busca seguridad y nido y que diariamente certifica la ávida mirada de mi gato, es la humilde gravedad con la que asumieron la responsabilidad de fungir de guayacanes, en la zona residencial que tiene este nombre, frente a edificios que también lo llevan,  y de los que, como dijimos en un comienzo, no hay ninguno.

Hay árboles con historia. Hay historias de árboles y hay historias con árboles. La anécdota del cerezo que cortó con un hacha George Washington cuando era niño, en la que triunfa la verdad sobre la supervivencia del árbol, se la han aprendido todos los escolares de Estados Unidos. Ya mayores algunos de ellos, vueltos historiadores, la han ridiculizado diciendo que es inventada. A mí me llamó la atención la que el químico investigador argentino Tomás Santa Coloma relata sobre el “enorme árbol, de raíces colgantes” en el Parque Mitre de Corrientes, “que era el orgullo y la admiración de toda la ciudad (no era para menos)”, agrega, al que con su madre y sus hermanos, siendo niños, los condujo su padre para mostrárselos y rectificar “la historia del origen de ese fantástico árbol, que había sido tergiversada totalmente”.

No fue la aclaración sobre que un poeta correntino decía que el árbol tenía 250 años y que su padre les dijo que en realidad, había sido sembrado en 1915 por su abuelo, que hizo parte de una delegación de la Sociedad Forestal Argentina, fundada en Buenos Aires a principios del siglo XX, para “fomentar la plantación de árboles en todo el país, dada la gran escasez de ellos, sobre todo en la pampa… e identificar  árboles que tuviesen un significado histórico, como el árbol de San Lorenzo y otros tantos que se relatan en el libro de Miguel Angel Tobal, donde está documentada la historia de nuestra querida higuera”.  Ni que el impulso forestal está en la tradición de sus grande hombres, como Domingo Faustino Sarmiento o el general Manuel Belgrano, quien en sus memorias de 1796, “hace una defensa asombrosa de la forestación” y recalca “el cuidado para que todo propietario que corte un árbol ponga en su lugar tres”. ¡Más de doscientos años antes que nosotros! Tampoco los mil kilómetros que recorrió en tren el bisabuelo del científico, portando el pequeño retoño de ficus que había obtenido del jardín Botánico de la capital, para sembrarlo en el Parque Mitre en la conmemoración del cincuentenario de la reconquista de Corrientes, caída antes en manos enemigas,  el 25 de mayo de 1865.

Pero sí dos detalles curiosos. El que se tratara de un ficus, lo que hizo que me sintiera más próximo a los de esta especie, que los valorara más, que mirara con más respeto y afecto a los que tengo al frente, de los que ignoro si son ficus “laurifolia”, como aquel simbólico, o “benghalensis” o cuál, y el que la historia de su padre la hubiera corroborado en el libro que éste heredara de la biblioteca del abuelo, que lo guardaban sus hermanas, a las que visitó en 1993, al regresar Santa Coloma de su especialización en el exterior. Pues esta joya bibliográfica, de Miguel A. Tobal, casi inconseguible también en su país, titulada “El Problema del Árbol: memoria de la obra realizada por la Sociedad Forestal Argentina”, edición de 1923, yo también la poseo, y ha sido uno de mis sustentos de la preocupación y de la necesidad de escribir esto que escribo. Entre otros sobre el tema, según mi averiguación, Tobal escribió uno sobre “La difusión del árbol en nuestro país” (1950), en el que relieva la Sociedad Forestal creada a comienzos del siglo siguiendo la experiencia de Francia y la obra del  ingeniero Orlando Williams, para formar la conciencia del árbol en Argentina. Es inevitable situarnos en el aquí y en el ahora y seguirnos preguntando si querremos aprender algún día.

La crónica que he resumido en lo pertinente, alude además a la discusión sobre árbol “criollo” o importado, sobre la suerte  de las placas conmemorativas que desaparecieron en 1990, como la del “Pacará de Segurola”, árbol histórico del parque Chacabuco en Buenos Aires, que lleva el nombre de un sacerdote, Saturnino Segurola, el primero en aplicar la vacuna contra la viruela y  dice la tradición oral que lo hacía bajo la sombra de este árbol, por lo que colocaron la placa en recuerdo del hecho en 1914. Cuenta Mauro A. Fernández que lo intentaron abatir en 1939 y lo defendió el senador socialista Alfredo L. Palacios; el historiador Ricardo Levene, con otros,  hizo una colecta popular para salvarlo y comprar el lote; fue  protegido por un decreto de 1946 y  según la fotografía de 2009 en Internet, aun existe, pero Santa Coloma dice que en 1990 desapareció la placa y el árbol fue “retirado”, aunque añade que “parece que está creciendo un retoño”,  sacado en efecto, según investigué, del árbol bicentenario ya enfermo y colocado en la plazoleta José Luis Romero, en homenaje al historiador. Debe ser el de la imagen, porque consideran que el Pacará sigue plantado. “Nos domina, concluye Santa Coloma,  la entropía –  el caos- y así queda reflejado en los hechos cotidianos.” (Cfr. Euskenews & Media “Una higuera, la entropía y la historia”)

Después de esa poda de los ficus, digamos tan enérgica, los troncos de estos árboles parecen tan inermes,  sus brazos amputados y sus muñones irregulares tan susceptibles a todo, a la basura que transeúntes colocan en sus ángulos axiales, a la amenaza de insectos y hongos que lo pudran o  maten, al mismo asombro de las avecillas desplazadas, en un desconcierto tal vez superior al mío, que la ausencia de sus hojas se resintió en los días de más calor y ceniza en lo que llevamos del año. La coincidencia de éstos con el corte de las ramas, evidenció más la aflicción que nos unía.

A los árboles hay que podarlos. Pero hacerlo como debe ser. Supongo que la que hicieron a los ficus fue correcta, no la presencié, no estoy seguro, tengo mis dudas. Es tan fuerte la sensación de estragos con los árboles que se aprecia en Manizales, que uno siente que las “podas”, si es que son podas, las hacen de cualquier manera. Primero, la mal intencionada  confusión en la que caen, cuando las personas solicitan a las autoridades correspondientes las podas de sus árboles vecinos, y se los talan de raíz. El pasado ejemplo en La Sultana no es único. Aquí es lo común. Por ahí lamentan que igual hicieron  con los que conocemos de toda nuestra vida en el extremo oriental de la Avenida Santander, por el colegio Santa Inés. No quiero creerlo, ni ver. Ya encontrarán el pretexto para alegar si hay reclamos.

Los que tampoco se presentan con la asiduidad, la indignación la cohesión y la potencia comunitaria que ameritan. Ya he hablado de nuestra desarbolada insensibilidad. Los medios locales no acompañan, no hacen coro, ni censuran. De ahí el tranquilo cinismo  de los funambulescos protectores oficiales del medio ambiente. Y es que cuando no los cortan por completo, los dejan como para que no se recuperen, que es la poda para afear, para precipitar su muerte, o para tardar lo máximo su revitalización, porque se hace sin conocimiento, y sin amor. Este estilo de podar, que entiendo se llama desmochado o terciado, en el que es la motosierra el instrumento preferido y que tendría que ser excepcional, aquí es el de rutina.

Porque la principal de las afectaciones que sufren los árboles son las podas inadecuadas. Y si a ella se suma  la mentalidad  anti árbol que nos caracteriza, imagínense los trastornos. El mal manejo es el único  riesgo de los árboles urbanos. Es la conclusión de un serio estudio que hicieron en  Medellín. Los factores físicos, biológicos o humanos son los que deben tenerse en cuenta para su manejo integral. La contaminación,  la falta de agua, el tiempo caluroso,  los hongos, los insectos, el vandalismo, la arbitrariedad en su atención o desatención – aunque entre nosotros es más la indiferencia –  la siembra inapropiada o desordenada,  son las plagas de los árboles.

Tratar de mitigar estos factores es la obligación de quienes deben cuidar de ellos. De lo contrario,  pierden el follaje, las nuevas hojas tardan, se precipita la muerte de las ramas y sobreviene  la muerte súbita de un árbol. Son ”anomalías que viene detectando el mundo en los últimos cincuenta años”, se afirma en el informe. En Colombia hace casi veinte años, en el valle de Aburrá, diez, en Manizales ¿cuánto hace? ¿ No se han dado cuenta todavía? Para ello son indispensables “expertos en cambio climático, en contaminación atmosférica, en  hongos e insectos, en manejo especializado del arbolado urbano, en trabajos de laboratorio”. ¿Los hay en esta ciudad? ¿Con quién o con quiénes se desempeñan? ¿Es un trabajo de consuno? ¿Hay coordinación institucional, de grupos o actúan por separado? ¿Cómo estamos en este aspecto frente a las otras ciudades de Colombia?

Ante los troncos cercenados de ficus, me perdí un poco, porque ya no están allí, porque frente a esos fragmentos esmirriados de árbol, no pregunté por ellos, como antes, porque veo lejos algunos sobrevivientes, porque olvidé que Sierra nos recordó que Octavio Paz decía: Por caminos de pájaros / avanza la escritura.