18 de abril de 2021
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Devastaciones (X-7)

Por Hernando Salazar Patiño
12 de julio de 2015
Por Hernando Salazar Patiño
12 de julio de 2015

 

CORTO CIRCUITO

hernando salazar

Así desnudo, triste y desolado
sin verdes hojas…
Árbol santo: P.Antonio José López

Y el árbol fue
talado arrancado raíz
expuesta tronco perdido
secas ramas sin luz o pájaros a canto
Entonces
Ahora
hubo
hay
un temblor
de ausencia irreparable
en el mundo
Hubo un temblor: Antonio Crespo Massieu

Dramático, desolador, engañoso, desorbitado, lo ocurrido con los ficus en el barrio La Sultana en el mes de octubre de 2013.  Pero es la radiografía exacta del temor, del odio enfermizo que se le tiene a los árboles en Manizales y de la conspiración consensuada de algunos habitantes insensibles, con ese muy especial tipo de funcionarios de corazón encementado y desierto en el cerebro, que se escogen con deliberación como a  los ratones para cuidar el queso, y con la prensa local. Ninguna de las noticias publicadas en su momento coincidieron en su secuencia, porque tampoco los hechos eran consecuentes y quedó el rescoldo de que para justificar la destrucción atroz de la arborización que adornaba y enaltecía ese sector, alguien mintió, o todos. Pero nadie investigó ni esclareció nada,   porque no hay aquí periodismo al que le interese este aspecto de la vida humana y porque en él se participa casi siempre como juez y parte, vele decir, como verdugos.

Atengámonos a lo publicado, escueto y bárbaro. Uno. La fotografía de un conjunto de árboles que se ven inclinados, porque  también lo es el terreno en que están sembrados, son “motivo de queja de algunos vecinos” que temen se desgajen algunas ramas. Y piden su poda, que ya le han solicitado a los bomberos.  Aunque el enfoque de la cámara es de por sí malévolo, pues pretende sustentar con la  imagen la supuesta amenaza y lo cierto de la petición, no logra  eludir  la generosa frondosidad e inocente belleza de los cuatro o cinco árboles, de poca altura,  que muestra. El funcionario, como es rutinario,  promete enviar para el mismo día “un ingeniero para que dé un concepto técnico y determinar si podrían caer o necesitar descope”. No le sirve un biólogo, ni un naturalista, y menos un ecologista, o un silvicultor, pero tampoco se dice que el “técnico”, no científico, sea un ingeniero forestal. (Cfr. La Patria 2013, 13. IX. 16,17, X. Árboles.La Sultana)

No se vuelve a saber nada. No hubo concepto, o si lo hubo, no se lo comunicaron a los vecinos delatores,  ni a la comunidad, ni a los comunicadores. Es para pensar que tampoco a Corpocaldas, o sí, para buscar la complicidad de siempre. Porque la visita no se hizo, y el “informe” no existió o no era serio. Sólo la costumbre, la orden ciega:  “¡Córtenlos!”  Y así lo hicieron. Los mismos vecinos que temían que una que otra rama se desprendiera, se horrorizaron al ver que los talaron todos de acuerdo al deseo del  protector oficial del medio ambiente. No era esa hecatombe lo que pretendían. Al reclamo ofendido de muchos ciudadanos, el secretario dio  explicaciones, cada día distintas, claro, ex post facto, sin haber antes advertido o prevenido a la gente, porque la gente no le interesa, sino satisfacer su inconsciente y ya probada dendrofobia. Primero, que “el tamaño de las ramas generaban riesgo”. Después, que  “los ficus no eran los adecuados para esa zona.”. Por último, lo que es imposible identificar con una simple inspección visual y aun es difícil con un equipo especializado, que el tronco central de los árboles estaba podrido por causa de un hongo,  por lo que tarde o temprano se iban a desplomar. Al fin ¿cuál de todas las tres fue la cierta?  Como las dio para disculpar su barbarie, sonaron a falso. Y de ser ciertas, alguna o todas, ¿nada tiene que ver su oficina? ¿Corpocaldas tampoco? ¿Está lista a  autorizar, o no le importa o  no es competente o se la pasan por la faja?

A riesgo de parecer reduccionismo provinciano y de caer en el casuismo, por no saber de grupos ecológicos de la ciudad que se hayan pronunciado, ni si los periodistas que dieron la información indagaron más a fondo o verificaron los tres motivos, distintos cada vez, del secretario de ambiente, ni qué tan científica fue la evaluación y si se hizo antes o se acomodó después de la tala, y si ésta fue a satisfacción de la comunidad peticionaria de la poda,  por ser una prueba más de la carencia de sensibilidad, de interés, de responsabilidad, de conocimiento, de investigación y de sentido estético,   en fin, por ser un caso más, que se suma a los ya expuestos y a muchos más, iguales o peores, del comportamiento, siempre el mismo en Manizales, de autoridades, de habitantes comunes, de ingenieros, de informadores,  con el verde de la ciudad y con sus árboles, nos detenemos en este suceso, que sería algo anacrónico por la fecha en que ocurrió si fuera garantía de que no va a volver a suceder, pero que sigue y seguirá pasando, no importa lo que diga el Papa o cualquier sensiblero ecologista amante del aire y de los pájaros, que junto con otros digan “Somos la conciencia lívida del árbol / el aliento extraño de sus quejidos en lo elevado de la noche”.

Las ramas de los árboles del bosque de hayas negras conocido como Dark Hedges, en el condado de Antrim, en  Irlanda del Norte, con más de trescientos años, forman un gran arco sobre la carretera, y advierten a visitantes y viajeros, que su excesiva inclinación puede eventualmente provocar un susto, nunca una tragedia;  la Botany Bay, en Chasleston, Carolina del Sur, una plantación de “robles cubiertos de musgo que vigilan  a ambos lados el camino de tierra”; el Paseo de las Jacarandas, especies coloridas que forman arcos con sus ramas en Johannesburgo, la capital con más de diez millones de árboles de un país lleno de árboles como Sudáfrica; los robles centenarios de Oak Alley de Louisiana, que forman “un pasillo nupcial”;  el  túnel de los cipreses en Point Reyes,  California, el túnel Ginkgo en Tokio, los bosques de Drenthe en Holanda, el de  Gotmanston College en Meath, Irlanda;  y qué tal los 500 metros de la Rua Gonçalo de Carvalho “la historia de amor de los árboles más hermosa” del Brasil, en Porto Alegre, de continuo tránsito de vehículos, que solo permite  ver hacia el cielo y hacia adelante, la que sí tuve el gusto de recorrer, al igual que las calles de la verdeante Curitiva, a la que fui casi que exclusivamente por su famosa arborización y por la transformación social y estética que el alcalde Jaime Lerner, un arquitecto, le dio a la ciudad en los años setenta, hasta hacer de los barrios pobres, “los más bellos del mundo”.

En internet pueden contemplarse, entre muchas más, las imágenes de estos  hermosos sitios que traigo a colación, por razones que no es menester explicar, si hay curiosos que las busquen o viajeros que las conozcan, mas con el objeto de subrayar el rasgo común de las ramas inclinadas que tienen todos aquellos árboles, varios con más de cien años,  sin que ninguna autoridad despistada se antoje de talarlos, ni ningún ciudadano medianamente culto pida su poda, primero, porque los cuidan y   revisan todo el tiempo, y curan los brazos enfermos, segundo, porque ese temor que también comenta Farber como fobia disfrazada, es un albur, puede o no suceder que caigan ramas a veces grandes de los árboles, y de hecho sucede de vez en cuando y se han dado accidentes, so casos fortuitos, pero así como no se cierran las calles por las que más de una vez se ha rodado un carro y provocado muertes o daños, e incluso fue, creo, Ortega y Gasset quien citaba cómo el azar de la teja que cayó sobre la cabeza de un grande hombre, trajo consecuencias distintas a si hubiese caído sobre un hombre común, no por eso debe hacerse más o menos culpable al tejado, o destecharse la casa.

Con previsión, con cuidado, revisando, instruyendo, esos temores con los árboles pueden ser disipados,  las peticiones de los ciudadanos pueden ser satisfechas, el respeto a la naturaleza estimulado y la belleza de la ciudad y de sus barrios conservarse y aumentar. Pero también, las mentiras oficiales serían innecesarias, menos dañinas, no tan desvergonzadas y rectificables. Del temor a desprenderse, se pasa al tamaño de las ramas, de aquí a la inadecuación de los árboles, de ésta al hongo de su tronco central, y de la poda a la devastación total. ¿Cuál corresponde al “informe técnico”? ¿El que se dio a posteriori?  La inconsecuencia salta a la vista. Como para inscribirla en un texto sobre el efecto invernadero.

Ante el atroz panorama que registraron las fotografías en el diario, y el previsible desconcierto de los vecinos, aun del de los que pedían  el “descope“, el talador funcionario (alguien le sopló con rapidez) adujo  para consolar a los que les dolió la catástrofe, que los árboles arrasados se repondrían con veinte calistemos, que son unos arbustos que no crecen mucho,  nada comparables a los ficus. E hizo retratar un palito acabado de sembrar. La farsa quedó así, para la prensa (ni un editorial, ni una columna, ni una nota) y quizá para los quejosos. La calculada muestra del muñón de un tronco, al parecer dañado por un hongo, no indicaba que los demás estuviesen enfermos, como lo demostraban los muñones de la fotografía que ilustraba el cumplimiento exagerado y maléfico de la solicitud, con su mútila capa limpia y el pavor aun sudoroso de su abierta y desamparada herida. ¿Cuántos años tenían los ficus? ¿Cuánto tardaron y cuánto necesitaron para llegar a tener ese vigor y ese follaje? ¿Cuánto oxígeno aportaron?  ¿Después de cuánto tiempo, y por cuál examen, concluyeron que eran inadecuados y por qué? Secretarios, técnicos, evaluadores, obreros de motosierras, acuciosos discípulos de San Francisco, ¿no hubo quién recordara el himno de Gabriela Mistral: Árbol que no eres otra cosa/ que dulce entraña de mujer, / pues cada rama mece airosa / en cada leve nido un ser? ¿vieron – tuvieron que ver- , o alguno dijo que  hay nidos,/ hay canciones en los nidos, hay miedo en las canciones? ¿Qué hicieron con ellos?  ¿Qué hicieron con los pájaros y con los pichones? ¿Qué les dijeron a los poetas? ¿Qué les respondieron a los niños? ¿Qué a la vida?