19 de septiembre de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Sánchez Juliao en anécdotas

2 de junio de 2015
2 de junio de 2015

el campanario

Después de paladear con fruición “De viaje por el mundo”, el libro póstumo del escritor David Sánchez Juliao, que recoge crónicas y notas sobre sus vivencias  en 70 países, el lector concluirá que el papá de “El Flecha”, “El Pachanga” y ”Abraham Al Humor” no pasó a mejor vida, cuando expiró en la clínica Shaio, de Bogotá, el 9 de febrero de 2011.

Al cumplirse cuatro años largos de la muerte repentina del notable narrador costeño nos permitimos reproducir, con la venia de sus herederos, tres sabrosas anécdotas que marcaron impronta en su papel de trotamundos infatigable.

Un pollo vivo. Tony Bean, un amigo de Nueva York, me contó en esa ciudad que jamás, y eso lo creo, había visto un pollo vivo. No es raro que un neoyorquino, y más si es de Manhattan, nunca haya deleitado su vista en el plumaje de una gallina, y que la idea que tenga del pollo sea la de un ave de corral nudista, sin cabeza como un fantasma, y con las patas estiradas hacia arriba al igual que un boxeador cayendo al ring; que se comprará en un hipermercado, se echará en agua condimentada y se comerá con patatas fritas y ensalada pre-congelada. Para un extraterrestre de estos, una gallina casera levantada a mano con maíz en el patio de casa, es una referencia que recuerda la edad media. Un neoyorquino jamás ha visitado una granja ni sabe qué cosa es un guacal.

El inquilino.  La visita a la casa de Beethoven encabezaba la lista de mis prioridades en Viena.  De manera que, una vez  me instalé en la habitación  del hotel, tomé el teléfono y marqué un número. Lo había planeado todo en el tren que me traía de Budapest.

Pertenezco a una asociación mundial de viajeros que permite a los socios contactar gente en cualquier país y solicitar ayuda, no solamente en caso de emergencia.

–Aló—respondió una voz femenina.

Saludé afablemente, me presenté como mimbro de la cofradía de viajeros, confesé con orgullo mi profunda admiración por el genial sordo de Bohn, y entré en materia:

–Quisiera visitar la Casa de Beethoven, ¿podría usted indicarme la manera más fácil de llegar allí?

–Hay muchísimas casas de Beethoven en Viena—respondió la señora con acento áspero, cargado a la vez de ironía y de desprecio–.  Ese señor cambiaba de casa con demasiada frecuencia, pues nunca pagaba el arriendo.

El “barrio” de Lorica.   El periodista y creativo Juan Carlos Rueda me dio la noticia un día en el aeropuerto de Medellín:  “En los comentarios de contra-carátula de su último disco—me dijo—Rubén Blades habla de ti y de tu personaje El Flecha.  Sostiene que le ha cautivado el antihéroe que El Flecha es, pero cometió un error: habla de que el personaje vive en el “barrio” colombiano de Lorica.

No existía el Internet ni el correo electrónico.  Entonces, encontré a través de un escritor amigo en los Estados Unidos —Rafael Vega Jácome—la dirección de Discos “Fania” y le envíe una nota escrita: “Gracias, querido Rubén, por el homenaje que me rindes en la leyenda de tu disco ‘Buscando a América´, pero no te perdono que hayas remitido a la metrópoli de Lorica a la calidad de barrio”.

A los cinco días me llamó por teléfono.  Conversamos una hora.  A los diez días había cumplido la promesa hecha durante la llamada: me contactaron de la agencia de viajes para decirme que me había situado un boleto aéreo para viajar a Nueva York.  Y que Rubén me esperaba en su casa.

Tolón Tilin

Sánchez Juliao tenía una manera bien particular de conciliar el sueño, como lo reseña en la parte final de una crónica escrita en un hotel de Atenas: “Cuando cerramos la puerta de la habitación, dispuestos a ir a la cama, supe que iba a dormir tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Tenía razones de peso: era la primera vez que en Europa había  pagado 10 dólares por un viaje de doce horas en barco y también la primera que iba a pagar 20 dólares por una habitación triple en la más hermosa isla del mundo”.