19 de abril de 2021
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Manizales bajo el volcán

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
15 de junio de 2015
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
15 de junio de 2015

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

 El escritor Gustavo Páez Escobar escribió el 21 de marzo de 1991 en El Espectador una nota sobre Hernando Salazar Patiño a propósito de su libro «Manizales bajo el volcán». Hoy la reproducimos para que hagamos un repaso y dictaminemos si hemos cambiado en algo.

gustavo paezEl escritor caldense Hernando Salazar Patiño no pone a Manizales como dominadora del volcán, sino que la define, en su reciente libro, como la diosa arrodi­llada que ha dejado perder su pasado de glorias para descender la cuesta de su presente de cenizas. Sostiene que, tras una larga etapa de liderazgo nacional –acaudi­llado por una constelación de prohombres que dirigían unos la economía cafetera y sobresalían otros como brillantes políticos o luminosos humanistas–, el decai­miento de la ciudad se hizo notorio a partir de 1973.

Hay una frase punzante con que Salazar Patiño descri­be el deterioro actual de la urbe: «El acelerado y con­fuso proceso de urbanización, sin pautas de bienestar ambiental y futuro, ni planeación racional, ha vuelto sus alrededores inexpresivos, terrosos y sin verdes. Una dramática invasión de grises petrifica el paisaje».

El volcán, entonces, ha impuesto su garra cenicienta sobre la noble villa, otrora soberana y cubierta de cum­bres iluminadas. El paisaje se ha oscurecido, no tanto por la irrupción del cráter furioso –que a Manizales no le causó ningún daño material–, sino por el declive de su ciase dirigente y la ausencia de sus mejores hijos. «Tiene una élite cerrada –dice Salazar Patiño–, nada au­tocrítica y un poco alejada de la realidad, de la que se dice no le duele la ciudad». Y agrega que el proble­ma fundamental es «la falta de compromiso profundo, real y eficaz con la ciudad, de propósitos firmes y co­munes (…) Se ha perdido la gana. El lenguaje se ha res­tringido. Se volvió más provinciana».

Este duro diagnóstico, de eminente intención constructiva, levantará ampollas. Pero no puede despojár­sele de la verdad que contiene. Es pertinente anotar que el ensayista, hombre de vasta erudición y destaca­da actuación en la cultura de Caldas, exdirector del suplemento literario de La Patria, fundador de la re­vista universitaria Siglo 2.0, creador del Instituto Caldense de Cultura y de la Fundación Caldas Ayer y Hoy, es un inquieto y reconocido escritor que susci­ta con sus ideas interés y polémica.

Sus dardos intelectuales cayeron en buen terreno. Otro hombre culto de la región, Fernando Londoño Ho­yos, quien en excelente disertación presentó el libro en el Club Caldas de Bogotá, comparte la tesis de que a Manizales la abandonaron sus mejores hijos, unos au­sentes de la ciudad y otros resignados entre las ceni­zas del Ruiz. Londoño Hoyos hace un repaso de la época cenital de su departamento, cuando sus grandes hombres dominaban la economía y la política de la nación, y sus ilustres letrados hacían pasar por Manizales la brúju­la de la cultura nacional, para admitir que la verdad enorme que hoy esgrime su coterráneo «está escrita en­tre la melancolía de la decadencia».

La tierra de Silvio Villegas, y de Gilberto Alzate Avendaño, y de Aquilino Villegas, y de Manuel Mejía, y de José Restrepo Restrepo, y de Fernando Londoño Lon­doño, y de Antonio Álvarez Restrepo, y de tantas otras figuras estelares, queda sometida al juicio histórico en la pluma incisiva y galante (ambas cosas unidas) de un gran escritor de la región.

*

Este libro de Hernando Salazar Patiño es un hermoso canto al pasado caldense y una voz de confianza en el futuro que es preciso vitalizar. Lo más bello de Manizales –la tierra, los paisajes, la raza, las tradicio­nes, sus lindas y virtuosas mujeres, sus virtudes an­cestrales– desfila, en afortunadas síntesis, por estas páginas inspiradas, a la sombra del volcán. “Manizales –concluye el escritor– es un sitio donde todavía se puede soñar. Un territorio de esperanza”.

 

El Espectador, Bogotá, 21-III-1991.