18 de abril de 2021
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Ecología de la vida cotidiana (X-4)

20 de junio de 2015
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
20 de junio de 2015

CORTO CIRCUITO

hernando salazar

Aunque el miedo tale los árboles que dan sombra
es tan bello vivir
Respiramos y eso bastque es tan bello vivir
Porque nos rebelamos al odio es tan bello vivir.
“Es tan bello vivir”: Flobert Zapata:

Aquí la esperanza vestida de hojas.
Hombre de la espesura soy.
“Poemas varios”:  Elmer Calderón Jaramillo

Árbol frondoso de belleza rara.
“A la acacia del Parque de Caldas”:  Ricardo Jaramillo Arango


Es ese extraño psiquismo del manizaleño que se queja de los árboles y delata como un peligro, como un hecho antisocial su existencia, su crecimiento, su lozanía, su belleza, el que me resisto a aceptar como una realidad con la que se tiene que convivir. El que en pleno siglo XXI, haya una comunidad que tenga a los árboles como enemigos peligrosos y que los árboles sientan cada día a aquella como su amenaza activa y constante, debería inducir a preguntarnos qué tipo de comunidad humana es ésta en la que a diario confirmamos esta triste verdad, sin darle un diagnóstico y sin apreciar un esfuerzo institucional y colectivo en remediarla o cambiarla, con terapias convincentes y eficaces, conscientes de que de no proceder así, seguiremos de espaldas al mundo, al actual y al del futuro, condenando a las próximas generaciones a vivir en una cuadriculada selva de cemento, con la cínica tranquilidad de que ya no oiremos sus ahogados estertores de agónico reclamo. El Papa lo plantea en “Laudato si”, como una razón de justicia: “No se puede hablar de desarrollo sostenible sin una solidaridad entre las generaciones”.

Que sean los árboles un problema, y que sea ese el problema del que más se quejan los ciudadanos manizaleños, no por su ausencia o por su tala, sino por su presencia, que entre más imponente y vistosa, la ven más molesta, y pidiendo su derribo o su desmochado, que es la peor de las podas, y que ello sea un “servicio social”, una “denuncia pública”, un titular de periódico, una exigencia a las autoridades, significa que estamos enfermos como sociedad, y que cuando se habla del dióxido de carbono, del hábitat, del calentamiento global, de la afectación del ecosistema, del futuro del planeta, se crea que se trata de teorías de ciencia ficción, que no nos incumben a cada uno como individuo residente en la tierra, que vive en un espacio compartido por otros seres vivos, es porque se tiene una idea distorsionada de lo que es calidad de la vida.

Son solo unos cuantos árboles, argumentan, sin querer darse cuenta que en la ciudad están quedando apenas unos pocos árboles, ante lo que la reciente declaración de Taleb Rifail, secretario de la Organización Mundial del Turismo, en la conmemoración del Día Internacional del Medio Ambiente, es un claro mentís a tales noticias gráficas y una advertencia: “Aunque las pequeñas acciones pueden parecer intrascendentes, imagínense las enormes repercusiones de una acción irresponsable multiplicada miles de veces.” Y en positivo, para insistir en el contraste, esas grandes acciones, ejemplares y trascendentales, asumidas y estimuladas por las autoridades responsables, y por los medios, han tenido una inmensa influencia en las gentes de la capital vecina, multiplicada en su juventud, que pretende convertir su región en un “bosque modelo”. Vienen cumpliendo por anticipado el llamado del sumo pontífice a esa ecología de la vida cotidiana, que insta a todos a hacer pequeños cambios en sus hábitos diarios incluyendo el “plantar árboles”.

No me es dable racionalizar ese extraño periodismo, a mi juicio insólito, que sirve de vehículo, de vocería comunitaria a supuestos ruegos de correcciones sociales – en contravía de los reclamos de una humanidad aterrada con el deterioro del medio ambiente -, que acepta y proclama como preocupante el crecimiento de los árboles, cuando lo que angustiaría a cualquier grupo humano sería el que no crecieran o ni siquiera nacieran e indagaría su causa, si es para que crezcan que son sembrados, o es que hay quién pueda determinar hasta dónde pueden crecer los árboles o hasta cuándo les es permitido seguir viviendo, dando vida, purificando el aire, embelleciendo los sitios, porque es que la belleza, sobre todo la belleza, también cuenta. Y esos árboles llenos de hojas, frondosos, dan paz al espíritu. Tienen que saberlo. Tienen que notarlo y experimentarlo.

Por eso no me cansaré de invitarlos –ojalá en “debates honestos y sinceros”, que los quiere Francisco I, favorecidos por instituciones y medios-, a seguirnos preguntando por esa particularidad de nuestro carácter, tan disimulada para las gentes del exterior y que aquí tomamos como la más natural, que inclusive se la divulga, se la estimula haciéndole publicidad, sin una advertencia, ni una orientación, ni una pregunta, ni una enseñanza. Que además haya jactancia al hacer noticia de la pretensión arboricida y del aplauso a su cumplimiento.

En vez de leer las pruebas que transcribiré y describiré con pesadumbre, en los párrafos que siguen de esta consternación, por estas calendas medio ambientales debería encontrarse en el diario, una crónica sobre alguno bien especial, de los jardineros, o los cuidadores o los protectores de árboles, contratado por un particular o por el municipio, en la que el periodista, admirado y orgulloso como el narrador de la novela citada de Navokov, nos contara:

Estaba de pie en lo alto de una escalera verde, ocupándose de la rama enferma de un árbol agradecido (en uno de los sitios más hermosos de Manizales). Su camisa de franela roja estaba tirada en la hierba. Conversamos con un poco de timidez, él arriba, yo abajo. Me sorprendió agradablemente que fuera capaz de relacionar a cada uno de sus pacientes con su propio hábitat… Sólo puedo enumerar aquí algunas especies de esos árboles…” Y como le fuere premiada, se la leyera al colega extranjero en un invierno, recordando el nunca llegado verano de William Ospina y uno de sus versos, precisándole para provocarlo, que le surgió y fue escrita en “esos paseos susurrantes de grupos de amigos entre nubes de árboles”, “pero por calles soleadas, por calles de urapanes y mayos,/ en mi país, donde la aérea nieve es fábula de viajeros”.

Entre nosotros hay quienes cultivan el bonsai, lo exhiben, lo comercializan, lo promueven, como un arte de valor ornamental y representativo, que propicia conocimiento y cercanía con esos hermosos árboles miniaturizados. Pero en relación con la naturaleza, la que se debe o debería tener y apreciar en jardines, en parques, en lotes, solares o entornos urbanos y con los árboles de avenidas y calles, está más extendida la mentalidad bonsai, pero pobre, sin gusto y sin verde, empequeñecedora, reduccionista y por sobre todo, dañina, que no admite justificación pero sí necesita ser explicada, porque a los repetidos interrogantes sobre el por qué de esa singularidad, no se les ha dado una respuesta adecuada, o si acaso apenas elusivas, o indiferentes o no los han entendido siquiera.

Se reclama a la secretaría de medio ambiente, o a la corporación autónoma, nunca porque no protegen los árboles o defienden la purificación del aire, o previenen y castigan su contaminación, si no porque no permiten u ordenan el derribo de más árboles, proyectando en éstos la peligrosidad misma de los ciudadanos que así los consideran, sin darles una voz de aliento a sus vecinos y juntarse para salvarlos, para hermosearlos, para lucirlos, para atenderlos. No, piden “lincharlos”. Y en vez de hacer coro a una voz pública que concite a oponerse, se celebra gráficamente el “linchamiento”. Van enseguida unos ejemplos o las pruebas que anuncié:

Una magnífica fotografía de Darío Cardona, digna de mejor causa, muestra el aspecto parcial de un árbol florecido, bellísimo, del barrio Laureles, en el que “el cableado de servicios públicos” parece atravesarlo, por lo que denuncian que parece estar “enredándose en los árboles”. La respuesta del funcionario encargado, la de siempre, la que podría dar cualquier otro ciudadano ajeno al asunto, vaga, sin contundencia, desconociendo qué hacer y remitiéndose a otras entidades. Ninguna solución, ni reacción inmediata, ni instintiva de conservación y protección, ni respuesta sensible, inteligente o ejemplarizante.

En otro pie de fotografía con el acápite de “antes”, se lee “que los habitantes del barrio San Jorge señalaban el peligro con los árboles ubicados con la calle 48 con carrera 20, debido a que cables de energía y de teléfono se atravesaban entre sus ramas”. Se aprecia el árbol con sus ramas pobladas de hojas y unos templados cables cruzándolo cerca. El peligro, si es que lo hay, lo causan los cables mal puestos, porque ese sistema de colocarlos se ha superado en casi todas las ciudades del mundo, y los manizaleños no pueden seguir con la monstruosa sospecha de que los peligrosos son los árboles, en esa desigual relación biológica y estética, entre la naturaleza que embellece y purifica el aire de un lugar y la desordenada imprevisión de operarios técnicos sin planeación ninguna. Pero sí, con el acápite de “después” y en acatamiento a la “petición” ciudadana, los” podaron” y se ven templadas y arrogantes las cuerdas de la energía, y mutilados y feos los troncos antes espléndidos. El funcionario de marras volvió a lavarse las manos, con aquello de que no era responsable de la savia de esas ramas porque las “podó” Obras Públicas. Parece que era el mínimo verde con que contaba ese barrio. ¿Cesó el peligro? ¿No volverán a crecer los árboles o los dejaron de tal modo que les será imposible recuperar la forma que alcanzaron? ¿El planeado proceso de arborización que se lleva en Pereira la está convirtiendo en una ciudad llena de “peligros”? ¿Se quedará sin energía o aumentará el número de electrocutados? A veces uno no cree que en Manizales se haya llegado a tal grado de estolidez y autoflagelación cívicas.

En Villa Carmenza (21.V.15), unos pequeños árboles que están muy cerca unos de otros, como se ve en la foto exacta de Martha Monroy, forman un conjunto con sus copas, llamativo y hermoso, en las que sus hojas parecen pregonar el oxígeno que emanan. Que para algunos esa reducida y preciosa arboleda está “promoviendo inseguridad en el barrio”, no es fácil asimilar, y que otros intonsos ciudadanos, funcionarios o no, así lo crean, pasma, pero el eco mediático a semejante absurdo no es posible normativizarlo.

Para reclamar un CAI, muestran un rincón de árboles talados, una docena al menos, dejando un feo rastrojo, y se queda uno sin saber si los cortaron para preparar el terreno, o indicar el sitio en el que se quiere la construcción del cuadrante, como otra expresión más, consciente o no, de esa incongruente ecuación de cero árboles, más seguridad. Es porfiar en darle una delirante interpretación, a lo que nos hemos propuesto significar y a lo que dijo el Papa, sobre que “la degradación ambiental y la degradación social se alimentan mutuamente”.

En Lusitania, uno de los remates urbanizados más encantadores de la ciudad, donde se puede conversar, leer, estudiar, dormir, con delicioso rumor de agua, por su cercanía con la quebrada Chupaderos, es no solo un lugar obligado, sino ideal para la conservación y la multiplicación de los árboles, que acompañan y vitalizan la porción de terreno en el que hay unas cuantas instalaciones de juegos para los niños. Hace un buen tiempo no voy, pero envidiaba por ello a quienes viven en esas casas, próximas al riachuelo que corre casi sin orillas, prestas a las inundaciones más por el abandono y la falta de obras de contención, en las que una sistemática y dirigida siembra de árboles como barreras de protección, sería para sus habitantes su escudo de defensa y el mayor atractivo de su barrio.

Desconcertante y doloroso lo que hicieron también en el Bajo Prado, “para tranquilidad de la comunidad” (4.VI.15), donde destrozaron varios de los árboles que hacían parte de un estimulante y amable paraje, con los mismos obtusos pretextos, cuya reiteración agravia el sentido común, pero hay mayor ignominia en el contraste de las imágenes, porque aun con la deliberada intención de mostrar la imagen “criminal” , perjudicial y amenazante de las especies vegetales incriminadas, a los fotógrafos les es imposible eludir su generosa inermidad y su fascinante aspecto, como dudoso presentar las partes desoladas, los deformes muñones, las lesiones a la naturaleza y a la vida, con una mínima estética, en las fotografías posteriores a la insania, así la quieran estética de la antiecología, con la eufemística inversión valorativa de tareas cívicas cumplidas.

El gran texto papal indica que “todo cambio necesita motivaciones y un camino educativo”, en todos los ambientes formadores, en los que supone una mayor continuidad y coherencia: la familia, la escuela, los medios de comunicación.