18 de abril de 2021
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Las voces del silencio (X-5)

Por Hernando Salazar Patiño
29 de junio de 2015
Por Hernando Salazar Patiño
29 de junio de 2015

CORTO CIRCUITO

hernando salazar

A la larga aprendimos
a apreciar la belleza
de ese bosque lóbrego e inhumano
a donde nadie entraba
a no ser con oscuros propósitos
el amor la marihuana
o ambas cosas a la vez
Huéspedes fuimos de otros bosques
más vivos más humanos
donde crece la hierba
que hiere las espaldas desnudas … …
Aquel amor ya nostalgia: Uriel Giraldo Alvarez

Sin comprender qué impulso lo desvela y lo lleva,
frota su piel desnuda contra la hierba inmensa.
“Adán” William Ospina

La desproporción entre las publicaciones y los estímulos a la agresividad contra los árboles y las para los que intentan débilmente defenderlos, hace de efecto propagador y multiplicador de la dendrofobia (arboricidio) como el talante normal del ejercicio ciudadano, y el abogar por su siembra, su defensa, o su preservación, actos excéntricos, aislados, románticos, poco realistas y por sobre todo, nada prácticos, ésta última la más amigable de las expresiones de nuestros amigos políticos, planeadores, ingenieros o urbanistas, cuando quieren ser suaves y modernos con los que toman por “críticos” del progreso.

La voz de éstos, los defensores de la existencia, de la altura, del espeso follaje, en fin, de la belleza de los árboles, y de su derecho a crecer en la ciudad, es casi inaudible, tímida, semisecreta, como si se tratara de un “amor que no se atreve a decir su nombre”, como reza el título wildeano de un libro de Francois Porché, y por pudor o temor, no se arriesgan a firmar con su nombre la solicitud de que les permitan siquiera un rinconcito en el periódico donde puedan manifestar su pena, y en efecto, logran en algunas ocasiones, me temo que no en todas, en nombre de la libertad de expresión, pero más en razón de su inofensividad, según creo, ese mínimo ángulo del periódico para su lamento, eso sí sin gráficas, no vayan a causar impresión. Van dos ejemplos leídos estos días :

El que se firma “Un lector”, expresa: No a la tala:

“Cuando se tala un árbol inmediatamente empiezan a presentarse problemas en la zona adyacente. En Chipre, cerca a un nuevo supermercado están derrumbando unos bellísimos árboles, no sabemos por orden de quién. Era una arboleda muy bonita y vemos una cantidad de obreros derribándolos. Debemos oponernos a esto todos los manizaleños. Los árboles para alcanzar estas alturas demoran 15 o 20 años. Que no haya más talas de árboles en Manizales salvo que sea por algo muy especial y no creo que en Chipre haya sido el caso.”

Mortificación parecida es la de “Mary”, quien le comunica al diario que “Mutilan árboles”:

“Estamos en la recta final de la alcaldía y estamos dejando que la ciudad se nos acabe … No sé a quién le corresponde la poda de los árboles, pero no hay derecho a que los yarumos que quedan por los lados de la clínica psiquiátrica, la araucaria junto al Inem, igual que los sauces por los lados del estadio, en vez de podarlos, los mutilaron. No hay derecho a que no respetemos el pulmón de la ciudad”

Son voces que quieren ser anónimas porque aspiran a interpretar un sentir ciudadano, porque les angustia el silencio de los otros, porque aunque desean que el clamor sea de todos los amantes de la ciudad y de la naturaleza, saben que las suyas son voces solitarias, casi excepcionales, pero confían, no obstante, que el pequeño espacio cedido a la sensibilidad y a la cordura, va a tener que ampliarse más temprano que tarde, así las acciones taladoras y mutiladoras que contemplan y las fotografías que despliega y celebra el diario, los desalienten. Es la conciencia la que los anima y comprenden que la conciencia ecológica es una de sus revelaciones.

Pero decae la persistencia de estas demandas aisladas, tan semejantes a la súplica, porque se dan cuenta de que las autoridades que deben velar por la conservación y el aumento de esos pulmones, no toman resoluciones ni realizan acciones contundentes que le pongan freno al deprimente espectáculo de troncos y ramas abatidas, de nidos con huevecillos de pájaros o con pichones enredados en la paja de sus nidos caídos en el suelo, quedándose impotentes, mirando y oyendo enternecidos que Hay nidos, hay canciones en los nidos, / hay miedo en las canciones, / hay belleza en el miedo…, como lo percibió el poeta William Ospina en los últimos versos del último poema, “La prisa de los árboles”, de su antología.

Los estímulos que observan, que leen abatidos aquellos dolidos ciudadanos, son los contrarios, por los extravagantes móviles que alega la dendrofobia, entre los que siguen primando, el que el principio de precaución con los árboles se aplica al revés y así lo reflejan las gráficas que los sublevan, la connivencia de los funcionarios cómplices, el denigrante arrebato contra ellos de ciertos residentes y la “clavija apretada” que le tienen a los árboles de la ciudad los orientadores de opinión, porque “No puede ser tampoco que no se talen árboles”, escribe uno de éstos, para responderle al acongojado “lector” de Chipre que implora “Que no haya más talas de árboles en Manizales”.

El periodista, no dice, ni tiene necesidad de decir, “si es eso lo que publicamos que debe hacerse para complacer a los que se quejan de ellos y dicen sentirse perjudicados, por el ramaje, por la inclinación, por un brazo quebrado, porque hay postes, porque fuman, porque se ocultan rateros, porque se encaraman animales, etc.,” porque eso es tácito y es coherente con la difusión que le hacen en su medio a las trivialidades con las que pretenden justificar ese “no puede ser”, esa imposibilidad de que en Manizales se siembren, se protejan, se defiendan y se amen. O que por lo menos los dejen ser, crecer, embellecer.

Mientras éste en su rotunda afirmación de enunciados negativos y voluntaristas, no menciona situaciones excepcionales, ni reparaciones vegetales ni compensaciones ambientales, el corresponsal hace la salvedad in extremis, “salvo que sea por algo muy especial”, la que también, tácita, implica que a los árboles enfermos los curen, o a sus ramas, y si obstaculizan de veras los trasladen, o si se caen los resiembren o los remplacen por otros, de inmediato y con el piecito en la mano, no con promesas, y si los cortan por necedad o caprichoso arbitrio, que como sanción los restauren triplicados en el mismo sitio o en otro equivalente.

En cuanto este tópico, la posición de los autores de las cartas trascritas, y por ello, manizaleños excepcionales, y la posición del comunicador, evidencian en su discrepancia, el drama que con respecto a la naturaleza se vive en Manizales y en particular, en la relación de sus habitantes con los árboles. La primera, minoritaria, aislada, impotente, pero franca y lúcida. La segunda, pública, poderosa y por tal efectiva, incitadora con justificaciones impávidas, y vuelta costumbre mediática.

Ambas dejan lecciones porque impelen a profundizar, a mantener viva la discusión, a suscitar otras miradas, y sobre todo, a conocernos mejor. Empezaré por la lección que nos da la segunda, y podría reprochárseme que a ella llegué por una frase sacada fuera de contexto, dándole una interpretación muy subjetiva y alterando el sentido al que apuntaba. Más todavía, contrariándolo, ya que fue extraída de un artículo titulado “En la onda ambiental” (24.V.15), lo que es extraño, o paradojal o contradictorio. Inclusive el no dar el nombre del autor, pero es que me parece innecesario, por lo obvio. Y porque siendo, sí, el del columnista, un pensamiento individual, que no compromete a otros, lo aquí escrito en los pasados capítulos, las citas con fechas, las alusiones a fotografías, a las absurdas quejas de intereses particulares que hacen públicas por confundirlas o mezclarlas en “lo público”, y que en mi opinión no deberían tener eco y ser tramitadas privadamente, provenientes todas de una misma fuente, prueban que responden a una idea compartida con el colega que fue su jefe de redacción y que es generalizada en su medio y en el medio.

La expresión se hizo lo bastante común, como para que a cualquiera le signifique que estar “en la onda” es entrar a la moda. Con lo que tienen todas las modas de pasajeras. Se entra en ellas con entusiasmo pero por esnobismo, y a sabiendas de su transitoriedad, más o menos larga, y si alguna llega a quedarse deja de serlo, pero estar “en la onda” tiene mucho de oportunismo y muy poco de convicción. No es serio y se da por sabida su descontinuación. En cuanto a “las modas en el medio ambiente” dice Pablo Leyva, el experto ex director del Ideam en carta a El Espectador: “Se pretende tener aproximaciones a la moda para intervenir sin incomodar a nadie; esto no es posible, es ridículo. Por supuesto es necesario reconocer la realidad social, económica y los “derechos adquiridos” y encontrar soluciones que respeten el equilibrio ecosistémico, de eso se hizo mucho. Ahora es necesario actuar con prontitud y sabiduría para “atajar” el desastre a que hemos llegado.” Incluídos sus irónicos entrecomillados, es esta última frase la que coincide en todo su alarmante afán, con los llamamientos que hago en las para muchos ya largas cantilenas, pero el científico sabe lo que dice por su gran conocimiento, su tradición intelectual y sus libros, entre los que “El medio ambiente en Colombia” (1988), dirigido por él y premiado, es entre otras publicaciones suyas, la muestra de una profunda y angustiada reflexión. Yo apenas estoy trasmitiendo lo que he vivido y lo que observo, sin entenderlo, en mi ciudad.

Estar “en la onda ambiental” es entonces comentar sobre “el tema de moda”, no atrasarse en “lo actual”, y como se aborda por primera vez, hay honestidad periodística en reconocerlo: “¿Será tardía esa reacción?” Lo es, pero por tratarse de eso, de situarse “en la onda”, en su marcha contagiosa, de la que solo ahora se da cuenta, sorprendido de ver “la manera cómo las nuevas generaciones, los niños y jóvenes de hoy, están cada vez más comprometidos con el cuidado, protección y defensa del planeta y de los ecosistemas”, quizá sea también momentánea, probable fruto de una visita a lo que hacen los muchachos en las vecindades, 54 kilómetros más allá de la plaza de toros, o por rellenar espacio, o para desear colocarse “lejos de los extremistas”, de los que Julio Carrizosa Umaña llama “los ambientalistas complejos”, como si se pudiera ser extremista en semejante responsabilidad de salvar el planeta y sin sonrojarse ver que son los niños los que la han asumido, porque la calamidad ambiental no es una “onda” en el mundo, es una cosa más honda respecto al ser humano, a la sobrevivencia de la humanidad.