26 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

María Eugenia Dávila, niña prodigio

16 de mayo de 2015
Por Óscar Jiménez Leal
Por Óscar Jiménez Leal
16 de mayo de 2015

Por Oscar Jiménez Leal

oscar jimenezDesde antes de nacer ya había sido apropiada por el sufrimiento y la desgracia. Su hogar – si así puede llamarse la locación que la vio alumbrar -, estuvo conformado por un  padre alcohólico  que maltrataba a su pareja y una madre desvalida y ausente. Abordó su adolescencia con el trauma de una violación infantil. Su vocación histriónica la traía grabada en su ADN por vía de la herencia materna, pero también venía con él  su sino trágico que sobrellevaría para siempre. Semejaba más a un sobreviviente de un desastroso naufragio existencial. Y como si todo fuera poco, en su refugio bogotano la señora de la casa le inyectaba alcohol en el agua por las mañanas, con indescriptibles propósitos malignos, según lo relata en la última entrevista concedida a la prensa.

Su belleza se adornaba con una mirada encantadora, triste, enigmática, profunda y melancólica;  el color de sus ojos tenía el mismo resplandor  del arco iris en un día luminoso después de la lluvia. Su cara y sus narices, por la gracia y perfección   estéticas allí contenidas, parecían salidas  de la Madonna  del Libro, la famosa pintura de Botticelli.

En un entorno diferente, más sensible al arte,  hubiese sido consagrada en la primera línea, pues era en verdad una auténtica estrella rutilante. Si el destino en  lugar de haberla extraviado en el México del libertinaje y las laxas costumbres,  la hubiese conducido  a Hollywood, la hermosura y sobre todo su prodigioso talento la habrían convertido sin duda alguna en la Elizabeth  Taylor colombiana; y además de las premios muy merecidos, el India Catalina, el  Simón Bolívar,  los Nenquetebas de Oro, o el galardón por María Consuelo en Señora Isabel, ganados por su poder interpretativa innato, probablemente habría obtenido varios  Oscar de la Academia de Artes Cinematográficas.

Su paralelo, fue o pudo ser  Edith Piaf, también signada por la tragedia y la miseria  desde la temprana infancia;  huérfana de hogar se ganaba unas monedas cantando en las calles de París, hasta cuando el propietario de un cabaret, después de escuchar en forma casual su dulce y fina voz la contrató para su establecimiento. Empero, a poco andar, su vida se precipitó al abismo del abandono, acusada del asesinato de su protector, quien fue encontrado muerto en el Cabaret; y otra vez, la calle, la vida desordenada y la soledad, invadieron su existencia. Fue gracias a intelectuales, poetas y artistas del París de los años cuarenta, como Raymond Asso, Marlene Dietrich, Georges Moustaki, Ives Montand o Jean Cocteau, como logró sobreponerse para rescatar los escenarios luminosos de Europa y América.

Como Edifh Piaf, nuestra artista colombiana igualmente fue rescatada del olvido primero por Fernando Gómez Agudelo, Presidente de RTI televisión para que protagonizara la telenovela “La María”, y después, por el ejecutivo calarqueño Jorge Ospina Cantor, su amante, dueño de la programadora de televisión Coestrellas, quien la vinculó a la élites intelectuales de Bogotá, Montevideo y Buenos Aires.

Perteneció, sin saberlo, a la Galería de los famosos que como Natalie Wood, Linda Blair (la niña del “Exorcista”), Whitney Houston o Elvis Presley, bajaron del Paraíso de la fama y el prestigio profesional  al oscuro túnel  de la sinrazón artística.
La gloria fue suya y solo suya, alcanzada por su prodigoso talento natural pero su soledad y desgracia corrió por cuenta del abandono social,  que en su caso adquirió contornos inmisericordes. En ella todo fue sensacional o descomunal, tanto lo bueno como lo peor, la gloria o la desgracia. Su vida deja un aleccionador ejemplo de reproche contra una sociedad que promueve el alcohol y el azar para financiar  la salud y la educación de su pueblo, al tiempo que intenta lavar su sucia conciencia con la modesta etiqueta, según la cual: “El alcohol es Nocivo para la salud”. Aun esta fresco el recuerdo cuando los sueldos atrasados del magisterio oficial eran pagados con botellas de licor ante la falta de recursos numerarios en sus arcas.

Para ser justos su epitafio debería decir: “AQUÍ YACE MARIA EUGENIA DÁVILA CARDEÑO, CUYO DECESO SE ATRIBUYE AL ALEVE ATENTADO PADECIDO POR LA FAMA  EN EL ESCENARIO DE LA INDOLENCIA NACIONAL”.