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De un almacén en Pensilvania a la gran industria exportadora

16 de mayo de 2015
16 de mayo de 2015

Historia de “Acesco”, la empresa familiar que Óscar Iván Zuluaga gerenció antes de dedicarse a la política. Ramiro Escobar, tío del ex-candidato presidencial, le cuenta a Jorge Emilio Sierra Montoya, para su libro “Líderes empresariales del Caribe”, cómo pasaron de un almacén en Pensilvania a la gran industria exportadora en Barranquilla.

Por Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Ramiro Escobar y Mauricio Suarez
Ramiro Escobar, primero a la izquierda, galardonado con el Premio al Mérito Empresarial en la Universidad Simón Bolívar.

Su padre era comerciante. Tenía un almacén en Pensilvania (Caldas), como tantos otros que son comunes en los pueblos de Colombia. Y allí don Juan B. Escobar, como todos lo llamaban, vendía desde café y grano hasta muestras de ferretería o papelería, a la manera de una miscelánea. Le iba muy bien en el comercio, por lo visto.

Tan bien le iba que hacia 1950 decidió trasladarse a Manizales, la capital del departamento, con el fin de educar a sus hijos, entre quienes él, Ramiro, y su hermano mayor, Alberto, no tardaron en vincularse al próspero negocio paterno que conservó sin embargo, al menos durante los primeros años, el viejo almacén de Pensilvania.

En verdad, las cosas marchaban a las mil maravillas. Y ante esos positivos resultados, la nueva firma: Juan B. y Alberto Escobar se lanzó en 1960 a la aventura de importar, aprovechando las facilidades del momento para traer del exterior productos como acero, especias, papel, vidrio, etc., gracias a sus correspondientes licencias de importación.

Cuando menos pensó, el joven Ramiro, que estaba dedicado a las ventas mientras su hermano Alberto ocupaba la gerencia y fungía como socio de su padre, colocaba su variada oferta de artículos en Caldas y otros departamentos como Valle y Tolima. Descubrió, en fin, que su talento era vender, actuar a sus anchas en materia comercial e incursionar en distintos mercados, por exigentes que fueran.

Fue entonces, en 1966, cuando prefirió independizarse y montar su propia empresa en Bogotá, también importadora. “Es que uno debe trabajar en lo que debe hacer”, dice ahora al recordar aquella lejana experiencia, hace casi medio siglo.

Del comercio a la industria

oscar ivan zuluaga
Óscar Iván Zuluaga, ex presidente de Acesco

Ramiro y Mario Escobar se bautizó la empresa, formada en sociedad con Mario, otro hermano. Así las cosas, la familia ampliaba a dos sus negocios de importación, uno en Manizales y otro en Bogotá, el primero más grande que el segundo, bajo la dirección de su padre y el hermano mayor, quienes dudaban al principio que la expansión hacia la capital de la república lograra el éxito rotundo que Ramiro auguraba.

Los hechos, por fortuna, la dieron la razón, tanto que a los siete años la empresa manizaleña emigró de las cumbres nevadas a la fría y extensa sabana santafereña, donde ambas firmas, cada cual por su lado, consolidaban sus operaciones de comercio exterior en alianza incluso con proveedores extranjeros como los japoneses, con quienes mantenían excelentes relaciones.

En efecto, al poco tiempo estaban proponiendo a los nipones que les vendieran no solo el acero, como materia prima, sino los equipos, dándoles la debida asistencia técnica para montar una planta galvanizadora, de la que ellos serían socios. “Después, cuando sepamos manejar la empresa, compramos su parte”, les dijeron. Así quedó suscrito el pacto, vigente durante un largo cuatrienio.

Los Escobar, todavía con sus dos firmas a cuestas, se convirtieron en industriales, trascendiendo el nivel de comerciantes que traían desde varias décadas atrás. De nuevo, como cuando pasaron a ser importadores, aprovecharon a cabalidad circunstancias propicias, encabezadas por la política oficial en boga sobre sustitución de importaciones, promovida por el presidente Carlos Lleras Restrepo, uno de los máximos exponentes de la escuela cepalina en América Latina.

Y es que el gobierno nacional, consciente de la necesidad de industrializar al país para alcanzar su desarrollo, estimulaba la creación de industrias para que la producción nacional, generando empleo y riqueza, reemplazara la proveniente de países foráneos, cuyas importaciones se restringían. Era una auténtica política proteccionista, sin duda.

En tales circunstancias, la planta de acero galvanizado salió a flote. Ramiro Escobar viajó a Japón, donde estuvo algún tiempo para ultimar detalles sobre el montaje; empezó la producción, cada vez más amplia, de las tejas de zinc y láminas para la industria de refrigeración, entre otros múltiples derivados del acero (el segundo de los commodities en el mundo, apenas superado por el petróleo), y al final compraron su parte al socio comercial, según lo acordado.

Rumbo a La Arenosa

Planta acerias de colombia
Imágenes de la planta de Acerías de Colombia -Acesco- en Barranquilla

Pasado algún tiempo, en 1977, era urgente la expansión del negocio, pues su pequeño tamaño, en comparación con los gigantes del sector a escala internacional, le impedía a todas luces ser competitivo. “O crecemos o nos hundimos”, concluían los socios, reunidos en familia. No hallaban otra salida.

“Tenemos que seguir creciendo”, dijo Ramiro, quien llevaba la voz cantante. “Y si queremos crecer -agregó-, debemos irnos a la Costa Caribe, concretamente a Barranquilla”. La sorpresa fue mayúscula. No obstante, las razones expuestas a continuación fueron suficientes para vencer las reservas y temores, aprobándose en cambio, por unanimidad, la propuesta planteada.

Pero, ¿por qué se le ocurrió llevar la empresa a Barranquilla, un salto mayor al que diera de Manizales a Bogotá? ¿No era algo descabellado en aquella época, cuando ni siquiera había apertura económica, ni estaba de moda la globalización? Al respecto, aclara que la idea inicial fue de los aliados japoneses, quienes consideraban que una industria de ese tipo debe estar situada junto al mar, por motivos de transporte.

Claro, el acero es un producto muy pesado, que resulta preferible transportar por mar, no por tierra, sobre todo por cuestión de costos, porque aún ahora -explica- el costo de los fletes es superior por carretera. Baste anotar que traer una tonelada de acero desde Japón cuesta 45 dólares, ¡pero llevarla de Barranquilla a Bogotá vale más de 90 dólares, o sea, más del doble!

A su modo de ver, de otra parte, estaba el río, nada menos que el río Magdalena, con su desembocadura al mar, al Mar Caribe, y como su deseo era exportar, lanzarse a la conquista de los mercados externos, esa era una ventaja comparativa, según dicen los técnicos. Además -concluía, exaltado-, aquí podían hacer un puerto, ojalá con barcos de su propiedad, aunque esto también fuera utópico o cosa de locos.

Por último, Ramiro insistió ante sus hermanos socios que estaba dispuesto a venirse, a tomar las riendas del negocio, a vivir en Barranquilla durante varios años si era preciso, pero que por nada del mundo debían perder esa oportunidad única, excepcional, de situarse en el centro industrial de la Costa, llamada a convertirse –anunciaba con voz profética- en el eje del comercio exterior colombiano, desde el norte de Suramérica.

Aprobada su idea, puso en marcha el proyecto. No le importó el calor (aunque él fuera de clima frío), ni los mosquitos, ni nada por el estilo, sino salir adelante acá, en el extenso terreno que adquirió por Malambo, cerca al aeropuerto, siempre con la mirada puesta en las facilidades del transporte, “que es igualmente clave –dice- en los negocios”.

“Con pie derecho”

Como en el lote de Malambo se carecía de la infraestructura básica que requieren las empresas (acueducto, alcantarillado, energía…), tuvo que desarrollarlo, pero como esto le servía a otras industrias decidió hacer allí un parque industrial, el Parque Industrial Malambo que hoy alberga a 35 empresas.

Y hecho el puerto sobre el Magdalena, se creó Navesco –Naviera Escobar-, la única empresa naviera en Colombia, que opera con barcos propios y alquilados.

En síntesis, la firma nació con pie derecho en Barranquilla, se consolidó con el paso del tiempo, llegó a exportar la mitad de su producción a diez países en el continente americano, desde Estados Unidos hasta Chile, y alcanzó así proyección internacional, la cual no habría sido posible –asegura Ramiro Escobar- sin haberse situado en la Costa Caribe, en la capital del Atlántico.

panoramica de barranquilla
Panorámica de Barranquilla, capital del Atlántico.

“Barranquilla nos dio visión internacional”, asegura con gratitud hacia la ciudad donde formó su hogar, “con esposa barranquillera”, igual que su sobrino Óscar Iván Zuluaga, quien rigiera los destinos de Acesco antes de consagrarse a la vida política que lo llevó al Congreso, al Ministerio de Hacienda y a las puertas de la Presidencia de la República para el mandato 2014-1018.

En la actualidad, Acesco tiene presencia en nueve países, con firmas similares, transformadoras de acero, en Ecuador, Panamá, Costa Rica, República Dominicana y Puerto Rico, cuya materia prima les llega de Colombia. Como si fuera poco, cuenta a su haber con bodegas allende las fronteras, como la existente en Costa Rica, para exportar a Honduras, Nicaragua, Salvador y Guatemala.

Todo esto se requiere, insiste. Y explica, como si estuviera en junta directiva bajo su presidencia, que con mayores volúmenes de producción garantizan mejores precios de sus proveedores, con mejores fletes, y en esta forma desarrollan economías de escala que les permite ser competitivos tanto en nuestro país como en el exterior, aunque en el mercado mundial reinen a sus anchas las multinacionales que dominan la industria del acero.

“Sí, logramos internacionalizarnos y emprender la apertura y la globalización antes de que llegaran”, admite con la satisfacción del deber cumplido, de haber podido realizar sus sueños, de ver que el Grupo Acesco (Acerías de Colombia) es ahora una holding, con prestigio mundial. “En estos 37 años de historia logramos cuanto nos propusimos”, dice.

“Todavía nos falta mucho por hacer”, agrega mientras reclama, por enésima vez, una mentalidad industrial e internacional, no perder el dinamismo que se ha traído, tener responsabilidad social con proyectos específicos y contribuir al desarrollo nacional en beneficio de las futuras generaciones, de nuestros hijos y nietos.

“Lo peor que podría pasarnos es creernos ricos, gastar demasiado, no ahorrar ni invertir, dormidos en los laureles”, afirma al oído de los jóvenes ejecutivos que comienzan a tomar las riendas de las empresas.

Riesgos y oportunidades

Como en cualquier negocio, Ramiro Escobar ve riesgos y oportunidades tanto en la región Caribe como en nuestro país. Le preocupa, por ejemplo, que nos dediquemos a importar, inundando el mercado local con artículos foráneos por sus bajos precios y el fácil acceso permitido por los tratados de libre comercio, y que a fin de cuentas se acabe nuestra industria por la desindustrialización de los últimos años.

Más aún, pega el grito en el cielo cuando se comenta, a hurtadillas y con burlas, que el nuevo significado de la ANDI es Asociación Nacional de Importadores, no de industriales, porque muchos de sus colegas han tomado el camino tortuoso, presionados acaso por las circunstancias, de traer mercancías del exterior en lugar de producirlas, sintiéndose incapaces de competir.

En su concepto, sí hay que importar, como además su empresa familiar lo hizo desde un principio en Manizales, pero eso tiene sentido en la medida en que acá también hagamos industria, sustituyamos importaciones y hasta exportemos, compitiendo con las firmas extranjeras en sus lugares de origen y el resto del mundo, que ha sido sin duda la experiencia de Acesco.

Para ello, según él, existen condiciones favorables (oportunidades, mejor dicho) por el crecimiento de la economía, la capacidad de nuestra gente y los cada vez mayores niveles educativos, indispensables a todas luces para que nuestras industrias prosperen, sin claudicar ante el primer tropiezo ni desaparecer por las equivocadas políticas oficiales del gobierno de turno.

En realidad, se declara optimista, confiado en que la vocación industrial del país se termine imponiendo contra viento y marea. “Sí, soy optimista”, sentencia al despedirse en su oficina al norte de Bogotá, donde aún planea otras inversiones como si apenas estuviera empezando a la manera de su padre en el viejo almacén de Pensilvania…

 

(*) Director de la revista “Desarrollo Indoamericano” – [email protected]