5 de marzo de 2021
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Cuando la adversidad fortalece

27 de mayo de 2015
27 de mayo de 2015

Víctor Zuluaga Gómez

victor zuluaga“Yo trabajé como dos años llenando bolsas de plástico con tierra para la siembra de semillas de café. La cosa era dura, porque en esa época le pagaban a uno cien pesos por cada bolsa. Entonces me “hacía” entre ocho mil y diez mil pesos. Pero yo veía que todos los días pasaba un niño, así como yo, de diez años, y me saludaba; hasta que un día le dije, oiga usted para dónde va todos los días y entonces me dijo que recogía bolas de las canchas de tenis de la Villa Olímpica en Pereira. Y me comenzó a dar envidia porque él pasaba a medio día de regreso y luego volvía a la Villa a las dos de la tarde. Porque es que yo tenía que llevar el almuerzo y trabajaba de siete de la mañana hasta las doce, sacaba media hora para almorzar y descansar un poco y luego hasta la cinco de la tarde. Eso era seguido”.

Era una tarde lluviosa, de manera que quienes estábamos esperando que la lluvia cediera y las canchas de tenis se secaran, nos sentábamos a conversar y hablar de política y de cuanto tema a alguien se le ocurriera. Se me sentó al lado uno de los instructores de tenis, un joven al cual podemos llamar Alberto, pero que por su historia de vida puede representar a Jairo, a Darío y a muchísimos jóvenes que han tenido una niñez y una juventud a la cual podríamos calificar de “dura”, pero que finalmente lograron superar muchas dificultades y poder gozar de una vida más llevadera.

El relato que hizo al comienzo Alberto, ya un joven de 26 años, fue motivado por un comentario que hice en relación con algunos de los niños que recogían bolas en las canchas de tenis, y anotaba que esos días de lluvia eran bien complicados para ellos porque al no haber servicio en las canchas, no tenían ningún ingreso. Cuando le pregunté si había hecho otro trabajo diferente al de llevar bolsas para los almácigos, entonces me relató una historia que me produjo cierto estremecimiento.

“Yo      tenía diez años, como le dije, pero antes, yo creo que tenía ocho cuando a mi mamá le dio por hacer gelatina y eso sí era un “gallo” porque tenía que salir con una bandeja a venderlas al centro y claro, nosotros vivíamos cerca de la Universidad Libre, por la Avenida Sur y yo me tenía que ir a “pata”, pasando por Cuba, en donde vendía alguna cosa y luego subir hasta cerca del aeropuerto para venirme por toda la 30 de Agosto, ofreciendo las gelatinas. Una vez llegué al centro y me acuerdo que me quedaba como la mitad de gelatinas, entonces pasó un grupo de muchachos de un colegio y uno de ellos le tiró una patada a la bandeja que yo llevaba en la mano y eso volaron por todas partes y se dañaron…. Lo único que me ocurrió fue recoger la bandeja del suelo y sentarme a llorar, y ellos salieron muertos de la risa…” Se le hizo una especie de nudo en la garganta y entonces le pregunté qué había pasado y respondió: “no pues imagínese, cuando yo vendía toda la “bandejada” de gelatinas, entonces sacaba del realizo para el bus y regresaba a la casa. Pero con esas que me botaron, me dio miedo que me fueran a regañar en la casa y me fui a “pata” para la casa. Esa noche la pasamos de “agache”, mejor dicho, tomamos agua y a la cama”.

Le pregunto si tiene algunos recuerdos gratos de su niñez y de inmediato responde: “Pues sí, mi mamá, que era una verraca o mejor dicho es, nunca la veía uno renegando a algo parecido, y recuerdo mucho cuando en las noches le decíamos que teníamos hambre, se iba para la cama en donde dormíamos atravesados y comenzaba a arrullarnos y a cantarnos esa canción, que nunca se me olvida: “duérmete niño, duérmete ya, antes que venga el currucucú…”. Se puede observar que esos recuerdos le traen cierto estremecimiento y cuando le pregunto si es de alegría o de tristeza, me dice que piensa mucho en su mamá, en las necesidades que tiene y por eso busca cada vez que puede, hacerle llegar algún dinero.

“Y un día le dije a mi mamá que quería ir a probar recoger bolas en la Villa Olímpica, donde había unas canchas de tenis. Me dijo que sí, que fuera y el primer día fue tenaz porque sólo me hice tres mil quinientos pesos. Mejor dicho, volvía a la casa, como se dice “con el rabo entre las piernas” y no tuve ni para el bus de regreso”. Pero recuerdo que mi papá me dijo que siguiera ensayando, y así, poco a poco le fui cogiendo el “tirito” y llegué a ganarme hasta diez mil pesos en un día. Y yo, feliz porque me alcanzaba el tiempo para almorzar en la casa. Pero un día que recogí bolas a unos señores, un de ellos me preguntó si sabía jugar y yo le dije que no, que no tenía raqueta. Y ¿sabe qué?, me dijo que me iba a regalar una. Y yo no le creí. Pero sí, el hombre cumplió y me dio una raqueta de grafito usada, pero con eso me puse a darle al “muro”. Le pregunté si había recibido instrucciones para jugar el tenis de campo y entonces me respondió: “No, como yo a veces recogía bolas de las clases que dictaba el “profe” de tenis, entones yo le ponía cuidado y luego, en una hora libre me iba al “muro” y repetía el ejercicio, usted sabe, el “golpe”. Y así poco a poco fui aprendiendo hasta cuando llegó el momento que algunos socios querían jugar conmigo y poco a poco jugaba más y recogía menos”. ¿Cuál fue la razón por la cual se fue de la Villa Olímpica?. Le hago esa pregunta porque cada vez que habla de esa época, sus ojos se le iluminan, porque como él lo dice, de esa época tiene muy buenos recuerdos, pues al fin y al cabo su estadía en ese lugar representó el final de una verdadera pesadilla.

“No pues, cuando yo estaba en La Villa, por las noches iba a un colegio para validar el bachillerato y logré terminarlo. Pero un día un señor me dijo que si me gustaría irme para un Club como “voleador”, con un sueldo mínimo, más lo que ganara por cada jugada. ¡Imagínese!, yo inmediatamente le dije que sí, porque mejor dicho, eso fue como aumentar mis entradas como cuatro veces, y tener seguro médico. Mejor dicho, eso fue como haberme ganado la lotería. Y le doy gracias a Dios, porque ahora tengo una entrada segura y además puedo ayudar a mi familia.”.

Le pregunto por la familia y hace un ademán como si le hubiese hecho una pregunta bien difícil de responder. “Es que al que yo llamo papá en realidad no es, porque resulta que yo quedé huérfano como a los tres años y yo no me acuerdo de él. Mi mamá dice que murió cuando viajaba por una vereda de Pueblo Rico y al chofer del jeep lo mataron y entonces a mi papá le dio un infarto. Eso es lo que dice mi mamá. Entonces mi mamá se puso a vivir con otro señor, que yo le digo papá, porque él siempre ha estado ahí con la familia. Y tuvieron ocho hijos más o sea que todos los hermanos somos nueve. Y es que cuando estábamos en una vereda llamada Villa Claret, debido a problemas con la guerrilla, tuvimos que desocupar y nos vinimos a vivir aquí a Pereira en ese barrio de invasión que le dije antes, que estaba cerquita de la Universidad Libre por la Avenida Sur. Pero la situación llegó un momento en que se puso muy dura y tuvieron que regresar a la misma vereda. Yo le mando alguna platica para que mis hermanos puedan ir a la escuela y ya hay una hermana que va al colegio y le insisto mucho para que termine el bachillerato por lo menos.”