28 de febrero de 2021
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Otra vez Clinton

14 de abril de 2015

Es enormemente positivo que una mujer aspire —con posibilidades fundadas, aunque el éxito no está garantizado y queda mucho hasta noviembre de 2016— a ocupar un puesto que desborda las fronteras nacionales. La llegada de Clinton a la Casa Blanca supondría un hito no menor que el triunfo de Obama, un senador negro nacido antes de la abolición definitiva de la segregación racial en todo EE UU.

A su favor, Clinton tiene una característica casi magnética para el ciudadano: ha dado sobradas muestras durante toda su trayectoria personal y profesional de no dejarse amilanar por las circunstancias y de luchar por sus objetivos. Tras su complicada etapa como primera dama, demostró que tenía personalidad propia al ser elegida dos veces senadora por Nueva York. Luego se enfrentó, en las primarias demócratas, a la figura política más rutilante de EE UU en muchos años: Barack Obama.

En su contra, no es descartable que la pugna por la Casa Blanca se libre, de nuevo, entre un apellido Clinton demócrata y un apellido Bush (Jeb) republicano. Ello dañaría la imagen —representada precisamente por Obama— de que la presidencia no es un premio repartido entre dinastías de poderosos. Como no ha tardado en señalar Martin O’Malley, uno de los rivales demócratas de Clinton, “la presidencia de EE UU no es una corona que se pasa entre familias”. Aparte de esto, Clinton se ha visto afectada por un caso de mala praxis al utilizar una cuenta común de correo electrónico para despachar asuntos vinculados con las relaciones exteriores y la seguridad.

En 2008 Clinton vio frustrada su ambición cuando creía que tenía a su alcance la Casa Blanca. Lejos de tirar la toalla, aprovechó el mandato de Obama, que la había derrotado, para consolidar su carrera política y —todo un ejemplo de tenacidad y pragmatismo— volverlo a intentar.

EL PAÍS, MADRID/ESPAÑA