4 de marzo de 2021
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Nostalgia sobre el cartero de mi pueblo

25 de abril de 2015

 

El correo electrónico dio al traste con un oficio que, sobre todo en los pueblos, tenía cierto encanto. Ver una persona que llevaba en sus manos una cantidad de sobres para entregar en las viviendas despertaba curiosidad. Sobre todo porque siempre se tenía la esperanza de que entre ese montón de cartas podía haber una con destinatario especial. Entonces se le preguntaba al cartero si había carta para uno.

En los pueblos el cartero era un personaje reconocido. Al verlo, las personas se le acercaban para preguntarle si les había llegado la carta que estaban esperando. Se veían caras de alegría cuando ese hombre buscaba entre el montón que llevaba en las manos la dirigida a la persona que le preguntaba. O de tristeza cuando la respuesta era negativa. Es difícil describir la ansiedad que producía en el ser humano la espera de una carta. Uno veía al cartero cruzar la cuadra en donde vivía y lo primero que pensaba era: “por fin me llegó la carta que estaba esperando”. Pero si pasaba de largo la desazón llenaba el alma. Entonces uno miraba desconsolado cómo ese señor tocaba en el portón de enseguida. Y la sonrisa de la muchacha que recibía el sobre le producía a uno envidia.
Yo recuerdo con nostalgia al cartero de mi pueblo. Sobre todo a ese que conocí cuando apenas estaba despertando a la realidad de descubrir el amor en la sonrisa de una mujer. Se llamaba Silvio Duque. Pero todos en el pueblo le decían trabuco. Era empleado de Adpostal, la empresa oficial que manejaba el correo. Bajito de estatura, menudo, con caminado de perro en apuros, vestía siempre de corbata. Tenía una calva incipiente. Desde las ocho de la mañana uno lo veía recorrer las calles del pueblo, siempre entregando cartas. La oficina a donde llegaba el correo quedaba en el segundo piso del edifico de la alcaldía. Pero eran pocas las personas que iban a reclamar el envío. Siempre esperaban que Silvio les entregara personalmente las cartas.

Mi amistad con Silvio el cartero se dio por las constantes cartas que yo enviaba desde distintas ciudades a las mujeres que entonces despertaban mi admiración. Cuando llegaba a Aranzazu para visitar a una novia el primero que me saludaba era él. Entrábamos al Bar Capri, que quedaba en los bajos de la alcaldía, para tomarnos un tinto. Y mientras hacía preguntas sobre la ciudad donde yo vivía, decía con una sonrisa dibujada en su rostro: “Ahí entregué la carta que envió esta semana”. La pregunta que inmediatamente yo le hacía era: “¿Le dio alegría al recibirla?”. Y él contestaba con una mirada cómplice: “¡Claro! La abrió y se quedó en el portón leyéndola”. Uno tenía en Silvio un confidente que le transmitía la reacción de la muchacha al estrechar en sus manos la esquela.

Al cartero de mi pueblo lo quería todo el mundo. Era un hombre de sonrisa espontánea, servicial, amable. Sabía guardar secretos. Si alguien escribía cartas a dos mujeres a la vez, nunca lo decía. Simplemente cumplía con su labor de entregarlas, sin hacer comentarios. Eso sí, le contaba al remitente si durante la ausencia la muchacha había salido a la calle con otro. Además, era bueno para llevar recados. Si uno quería mandarle saludes a una niña que de pronto había visto cruzar por el frente del Salón Gloria, Silvio cumplía la misión con decoro. Si la muchacha tenía novio, se lo advertía. En Aranzazu todos lo invitaban a la mesa porque era buen conversador. Jamás dio señas de querer acabar con su vida de la manera como lo hizo: lanzándose por la parte de atrás de la iglesia.

Recordar el oficio del cartero es despertar nostalgias dormidas en el alma. Hoy la juventud no siente la alegría de recibir, como dice Eduardo Carranza en un hermoso soneto, una esquela escrita con lágrimas de esperanza, sellada con una estampilla de luna, bordada con el hilo de los recuerdos. El tono romántico de una carta escrita desde la distancia no lo tiene una simple nota enviada al correo electrónico. Las cartas de amor dejan en el alma un sedimento de ternura. Escribirlas es dejar que el corazón exprese sin miedos lo que siente. Recibirlas es sentir que el alma vibra ante el asombro de esas palabras que expresan un sentimiento noble. El cartero de mi pueblo entendía los mensajes guardados en el interior de una carta. Por esta razón, cumplía su oficio con alegría.