4 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Ante el vacío

27 de marzo de 2015

Tras el análisis de la primera de las cajas negras rescatadas del Airbus 320, la fiscalía francesa dijo que el avión se estrelló por una decisión deliberada del copiloto, Andreas Lubitz, de 27 años. La investigación dio así un giro brusco y convirtió los interrogantes que se abrieron el martes tras la catástrofe de los Alpes —a falta de informaciones que serán decisivas— en una incógnita en la que se cruzan los oscuros laberintos de la condición humana.

El joven Lubitz bloqueó la cabina cuando el veterano piloto del vuelo 4U9525 se ausentó un momento; accionó entonces el mecanismo para que el avión empezara a descender y mantuvo el control del vuelo hasta que el brutal impacto contra la montaña pulverizó la vida de las 150 personas que viajaban dentro. El fiscal señaló, ante la posibilidad de un eventual desmayo de Lubitz, que su respiración “en apariencia al menos, era una respiración normal”.

No hubo error humano, por lo que puede colegirse hasta ahora, ni tampoco ningún fallo técnico del que de una u otra manera podría responsabilizarse a la compañía. Lo que el registro de las conversaciones conservadas en la caja negra muestra es que, tras un distendido diálogo entre los pilotos, una vez que el que estaba al mando explicó el plan de vuelo previsto hasta Düsseldorf, Andreas Lubitz empezó a contestarle de manera lacónica y breve. Los datos que hay son minúsculos, y es probable que tampoco vaya a encontrarse mucho más en esa caja negra, pero revelan la insistencia del piloto por volver a la cabina y el silencio de Lubitz ante sus peticiones, y su mutismo también ante las advertencias de los controladores sobre el inexplicable descenso del avión. Al final se escucha un griterío lejano, cuando ya nada podía hacerse.

No hay consuelo para la muerte de los más próximos. Las explicaciones que se buscan tras un accidente y las reparaciones que se exigen tienen que ver sobre todo con la imperiosa necesidad de que las cosas funcionen bien (y de que lo peor no vuelva a repetirse): más seguridad, mejores condiciones de vuelo, más garantías, más pruebas. Ante la tragedia de un accidente aéreo, por el volumen de las víctimas y lo aparatoso del siniestro, el abatimiento general es mayor. Y por eso hay que valorar la celeridad de las investigaciones.

El misterio, sin embargo, permanece. Las exigencias serán cada vez mayores (¿cómo es posible que no se prohíba drásticamente que una persona sola quede dentro de una cabina cerrada?) y es imprescindible que las investigaciones continúen hasta que haya un relato verosímil de ese gesto de un joven de 27 años que decide estrellarse al mando de un Airbus 320 y matar en el golpe a otras 149 personas. La respuesta que se puede dar, a falta de explicaciones, apunta más a los oscuros laberintos del interior del ser humano, donde actúan fuerzas muchas veces imperceptibles e incomprensibles.

EL PAÍS, MADRID/EDITORIAL