28 de febrero de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Catedral de Sal de Zipaquirá, primera maravilla colombiana

24 de marzo de 2015
24 de marzo de 2015

Atraídos por la fama de la primera maravilla de Colombia, unos 20 mil visitantes recorren cada mes los pasadizos de la mina de sal de Zipaquirá, cuyo corazón palpita 180 metros bajo tierra, dentro de una montaña.

Distante 48 kilómetros de esta capital, ese escenario fue una zona marina en el período cretácico (Era Mesozoica), hecho que explica la existencia del macizo salino, con sólo un 15 por ciento de impurezas.

Un largo pasadizo conduce hasta el interior del yacimiento, descubierto en tiempos precolombinos y explotado hasta la actualidad.

Cuentan que fue un niño de la comunidad muisca, uno de los pueblos originarios de Colombia, quien descubrió accidentalmente el gran depósito de sal dentro de la localidad conocida actualmente como Zipaquirá.

Desde entonces comenzaron a extraerla de manera rústica para su uso en la preparación de alimentos y su intercambio por otros productos como las esmeraldas.

A principios del siglo XIX comenzó la explotación a gran escala de la mina, con técnicas como el empleo de explosivos para desprender las rocas, dando lugar a grandes socavones en de las profundidades.

La religiosidad de los mineros, que hacían votos por su salud y supervivencia en medio de las rudas faenas, motivó la creación de una capilla dentro de la elevación que tras su deterioro fue sustituida por una hermosa catedral, ambas confeccionadas complemente con piedras de sal.

Según apuntes históricos, los trabajadores adornaban las oquedades con imágenes de sus santos, a los que pedían bendición y protección.

En la capilla actual ofician misas todos los domingos para los turistas nacionales y foráneos, quienes recorren con asombro los oscuros laberintos.

El túnel, apuntalado al inicio con troncos de eucaliptos, conduce por una suerte de vía crucis, hasta distintas estaciones adornadas con motivos religiosos como arcángeles y un pesebre.

Tras casi una hora de trayecto, el punto final del itinerario es el gran altar, presidido por una cruz de 15 metros de altura, la mayor del mundo bajo tierra, y donde agrupaciones de música clásica o culta ofrecen conciertos de manera ocasional.

La Virgen del Rosario, patrona de los mineros y bautizada luego por los lugareños como La Morenita de Guasá, es venerada al interior de la cavidad, desde hace varios siglos.

Deslumbra igualmente la majestuosa cascada de sal petrificada, formada en una pared por los procesos de escurrimiento o filtración a través de la montaña.

Al otro lado de los senderos transitados por los recién llegados, grupos de mineros continúan las labores extractivas, ahora con otros métodos menos invasivos los cuales posibilitan diluir en agua los bloques para su posterior procesamiento industrial.

Pese a las aseveraciones de conocedores, en todo el paseo subterráneo los caminantes intentan comprobar que tanto las paredes, el techo y el suelo están compuestos por sal compacta, así que muchos saborean los pequeños y brillantes granitos blancos encontrados en volquetas o en los laterales del profundo paraje.

Unos 127 obreros moldearon durante tres años la mayoría de las cruces, columnas, escalinatas y otras obras halladas dentro del lugar, fue una tarea titánica, comentó a Prensa Latina Miguel Vallejo, guía del peculiar museo vivo, una de las curiosidades de Colombia, abierta al público desde 1995.