7 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La ciudad y los árboles (X-1)

10 de marzo de 2015

Si quieres acercarte más a mi corazón
rodea tu casa de árboles

… … …

Que sostengan los árboles la lluvia entre sus ramas
con la misma dulzura con que se toca un arpa

… … …

Despertarán entonces al vaivén de las rama
más pájaros que cantos caben en la montaña
«El salmo de los árboles Jorge Rojas

No sé si lo que pretendo con los artículos que he venido escribiendo, será como clamar en este desierto de argamasa y concreto en el que se quiere convertir a  Manizales, y los responsables del duro gris de una ciudad sin árboles, sin parques, sin verdes, mantendrán los ojos cerrados, los oídos sordos y anestesiado el olfato,  ante la polución y el diario deterioro de la capa de ozono. Y si la naturaleza al sentirse violentada, al tener que defenderse para no detener el ciclo que la hace emerger y volver a su equilibrio, le cobrará a la ciudad con más derrumbes y con nuevas inundaciones, las continuas heridas que nos damos el lujo de propinarle. Porque “La naturaleza siente horror a la muerte” En ella la vida es una  reproducción constante.

Una lectura dialéctica, al revés, si les parece, una lectura positiva de estos apuntes, sobre la negación de Manizales de su primigenia prodigalidad paisajística,  de los filos montañosos de ubérrima vegetación, de la desmesura tropical de sus laderas y de todos los colores del verde de sus faldas y de sus abismos, debe prometernos  la síntesis que procure llevarnos a meditar con otras miradas en esa extraña actitud autodestructiva de los manizaleños, de cada día tratar de desaparecer el entorno que abrumó a los fundadores, que los exaltó hasta decidirlos a escoger la curiosa selva que les parecía una traslación del paraíso, para asentarse con sus familias. Si descuajaron monte, no fue nunca con el  ánimo depredador de sus herederos del último medio siglo. Sólo aspiraron a vivir y vivieron en armonía con la naturaleza que los rodeaba, en un enamoramiento mutuo que hizo que aquella les ofreciera sin tasa todos sus frutos y éstos le correspondieran con el trabajo y el amor. Esa falsa interpretación que ha hecho creer en los supuestos genes taladores solo ha sido un pretexto para justificar su culto a Mammon y al becerro de oro.

En el convite mental del que he querido hacer partícipes a los lectores, es el propósito común de volver necesaria la meditación, en los señalamientos de lo que no se debió ni se debe hacer y en las esperanzas de sueños y de determinaciones que cumplir, el que deseo surja de estas reflexiones, reclamos, incitaciones y proposiciones que concluyen en esta décima entrega, la que por fuerza de los hechos, de las resistencias, de las desazones y la pertinacia, ha de ser más lenta, por partes, capitulada, para que los dolores y las quejas no se atropellen y por las fisuras se cuelen gozos y certidumbres que vuelvan más verde su semblante, más lustral su agua, más franco su sol y más confiable el porvenir inmediato de la ciudad.

Se desprende de estos textos que como lo develó Marx, la historia tiene naturaleza,  y que  a su vez, Darwin sin proponerse mortificarnos, nos hizo saber también que la naturaleza tiene historia, rompiendo de la mejor manera la dualidad o antinomia filosófica que  muchos se resisten a superar pensando todavía que son reyes de la creación.

Parece que no somos capaces de asomarnos al espejo, y darnos cuenta de que por sobre la criticadera estéril, la zalema inflada y la complicidad vicaria en las discusiones sobre la ciudad, se debe entender que para poder hacer cirugía en los cuerpos humanos y en los cuerpos sociales, hay que desnudarlos.

Manizales es una ciudad poética, lo sabemos los que nacimos aquí, los que vivimos aquí, los que llegan a estudiar bajo su aire o los que pasan por sus colinas. En ella están los paisajes únicos, los atardeceres insólitos alfombrando el horizonte de sus montañas doradas, el quebrado lomo de su briosa geografía y hay  belleza  de rostros y de espíritus en muchos de sus seres. Están también los bosques borrados, las calles sin árboles, los jardines sin alma,  las flores degolladas, los caminantes sin destino sobre el pavimento seco y bajo un cielo sin promesa. Los poetas me entienden porque no es la poesía de los poetas la que está ausente, sino la de la ciudad misma.

“En torno a un samán se puede tejer la identidad de un pueblo” escribió quien lo vio y en torno a un árbol  puede llegar a ser plena una vida.  ¿Tiene Manizales un árbol centro de las historias de los viejos que giren alrededor de su historiado tronco, centro de identidad en la memoria de sus generaciones, centro de las miradas de los visitantes, de  los cuidados de sus moradores, en alguno de sus parcos parques o en algún otro sitio clave?  ¿Uno del que podamos decir con Rojas Herazo: ”Por encima de la sombra el árbol, por encima del árbol solo las nubes”?

Por  motivos que poco importan aquí,  no se me dio el que en mis últimos años pudiera tener al frente o cerca un árbol propio, que pudiera llamar mío, no solitario, claro está, sino acompañado de otros más y de abundante flora. Uno en el que pudiera confiar como el poeta:                  “El mi huesa con su sombra/ cubrirá; y entonces yo, / dormiré mi último sueño/ de sus hojas al rumor (José Eusebio Caro). Aunque nací, crecí y he procurado vivir en proximidad con los árboles. Recuerdo la siembra de los urapanes en mi calle y en las calles aledañas, en el que cada hoyo era arsenal y trinchera para los duelos a terrón de la chiquillería, en ese “jugar  a la derrota”, como los llamábamos, asistiendo a su nacer y a su crecer protegidos por cercas de guadua y alambre. Con ellos nació y creció una generación de mis vecinos de la carrera 22 entre calles 44 y 46. Más de veinte años con nosotros, “con todas sus consecuencias, buenas y malas”, hasta que los desaparecieron.

En algunas universidades de USA, de Canadá y de Europa,  los profesores de tiempo completo, una vez retirados, aunque desde antes también, se van a vivir definitivamente a las residencias casi siempre campestres y próximas al centro de estudios donde enseñan o han enseñado.

En Colombia quedan muchos que fueron alumnos o que por inquietud intelectual saben del ensayista e investigador cubano Juan José Arrom. Sobre él conversé hace unos años con nuestro sabio lingüista José Joaquín Montes, que fue su compañero en el Instituto Caro y Cuervo, a propósito de la atención que siempre le he dado a la caracterización de las generaciones mentales. Colaboraciones del erudito hispanista que murió en el 2007,  aparecieron en Thesaurus, el Boletín del Instituto y éste le publicó la que es considerada una de sus obras maestras: “Esquema generacional de las letras hispanoamericanas: Ensayo de un método” en 1963, del que conservo un ejemplar leído a su hora con gran provecho. Su nombre surge esta vez por la entrevista que un profesor le hizo en 2001 para una revista académica de la colonia latinoamericana, ilustrativa de lo dicho en el párrafo precedente, a juzgar por su introducción:

“El profesor  Juan José Arrom y su esposa Silvia me reciben en su casa de North Haven, en Connecticut, una casa rodeada de árboles frondosos, azaleas y rododendros que revientan en la primavera de Nueva Inglaterra.  A un lado del jardín se encuentra el coconuco que ha trabajado pacientemente durante décadas. Este año habrá frambuesas, tomates y albahaca. A los noventa y un años aun sigue el ritmo de la tierra: sembrar a su momento, cuidar y recoger el mejor fruto. North Haven está a veinte minutos de la Yale University, donde J.J. Arrom pasó más de cuatro décadas como estudiante y profesor”

Imágenes semejantes se dan ante cierta situación vivida en su recorrido europeo por el compositor argentino Ariel Ramírez, el autor de la “Misa Criolla”, la música litúrgica que inauguró la misa en castellano, de “Alfonsina y el mar” y de las composiciones de la “cantata sudamericana” entonadas por Mercedes Sosa: “Frecuentemente, desde la ventana de la cocina, contemplaba el magnífico paisaje semiboscoso, gloriosamente verde, con una enorme casona que a lo lejos se dibujaba de blanco con las últimas nieves de la primavera. Tanta belleza me producía sentimientos exultantes, y desde mis jóvenes años me parecía estar un paso más arriba de la tierra”. Los que levitaban su espíritu eran terrenos que él ignoraba habían hecho parte de un campo de concentración. Todo lo que sea bosque, recuerda es la vida, todo lo que deje de serlo es el comienzo de la muerte, es el anuncio de la muerte.

En ciudades colombianas y en Manizales de forma dramática, con la excusa de escasez de terreno, así hayan  otras causas como las que he venido exponiendo, donde antes había bosques hay ahora (como dije del barrio El Bosque) “campos de concentración” urbanísticos, de apeñuscados barrios populares, de conjuntos residenciales de mejor estrato, de diminutas viviendas sociales en bloques, no antisociales, pero en los que no es fácil la convivencia con los otros y menos con la naturaleza.

Columnas del autor

√Manizales odia los árboles (I)
√Manizales odia los árboles (II)

√Manizales odia los árboles (III)

√Manizales odia los árboles (IV)

Manizales odia los árboles (V)
√Manizales odia los árboles (VI)

√Manizales odia los árboles (VII)

√Manizales odia los árboles (VIII)
Manizales odia los árboles (IX)


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