25 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Pedro Nel Duque, maestro sin par del humorismo

31 de diciembre de 2014

Era bajo de estatura, cara vinagre, un poco excedido en kilos, ligeramente moreno, gracioso en el diálogo y le daba a la vida un valor intrascendente. Nació en Aranzazu e hizo estudios de bachillerato  en Salamina. Jesús Duque, su progenitor, tenía una pequeña finca de café y Lola su madre, comulgaba todos los días, encomendándole  a Dios su numerosa prole. Nunca se desprendió de su pueblo natal. Por aquel entonces, Eduardo Aristizábal, el rector del Colegio Pio Xl había predeterminado que Pedro Nel fuera diputado, dejándome una segunda oportunidad para llegar a la Asamblea de Caldas. El destino no lo quiso así.

Se hizo abogado en Popayán. Como por mis venas corría sangre de la misma estirpe de Pedro Nel, mi padre tomó la decisión que, después de mi largos periplos de rezos piadosos por distintos  monasterios, continuara mi  secundaria en la Capital del Cauca. Ël era mi acudiente.

Ëramos ambos estudiantes. Dada la parvedad de nuestro circulante, sosteníamos las francachelas de fines de semanas, con los vestidos y gabardinas que llevábamos a las prenderías.  No eran muchos los ajuares, de manera que pronto se agotaron los medios económicos que provenían de nuestras traviesas pilatunas. Colocados contra la pared y con todos los trajes empeñados,  acordamos, Pedro Nel y yo, simular una grave enfermedad que sirviera de excusa para implorarle a mi familia  un inmediato envío de dinero para cancelar las supuestas deudas en clínica,  remedios  y facultativos. Los servicios telefónicos por aquella época eran vergonzosos. A las 8 de la mañana estábamos en las cabinas de Popayán y apenas a las 4 de la tarde compareció mi padre. Pedro Nel, con voz dolida,  le dijo que su hijo había sido víctima de una enfermedad súbita y que, en ese momento, estaba siendo atendido por las Hermanas de la Caridad. Expresóle que era necesario pagar mi estadía hospitalaria, también drogas y servicios médicos. Mi progenitor quedó estupefacto  con la imprevista noticia. Manifestó que de inmediato se trasladaría a Popayán para estar a mi lado. El mundo se nos desplomó. Mi acudiente le dijo a Juan Gregorio, mi padre,   que no era necesario  hacer ese desplazamiento de emergencia, que esperara un nuevo  informe sobre la gravedad de mis dolencias. La respuesta angustiosamente presentada por  Pedro Nel, lo hizo desistir del viaje. Fuimos por lana y regresamos trasquilados.

Pedro Nel debió abandonar a Popayán súbitamente. En su estadía universitaria  en esta ciudad,  conoció unas mujeres bellas, de notorio relieve social. Dadas sus inquietudes de intelectual zumbón, escribió un poema humorístico titulado “Las Tres Alicias”. Las travesuras inventadas en sus versos montó en ira a la sociedad. Las reacciones fueron coléricas. Para conservar su existencia en una noche lió sus bártulos y escapó. No era esa la hora de su muerte.

Pasaron los años. Pedro Nel fue nombrado burgomaestre de Aranzazu.Ëste, mi primo lejano, hacía vida marital con Mery Leal, una llanera de ojos negros rasgados, con cuerpo de muñeca. Yo estaba cursando carrera de derecho en la ciudad de Bogotá. Entre lágrimas y bohemias,  Pedro Nel me expresa que me dejaba su mujer a cargo mío. Ella tenía unos 20 años y yo estaría por la misma edad. Para cumplirle a mi pariente, la visitaba todos los días  para darle reportes telefónicos a quien  ya era alcalde en ejercicio. La presencia, hoy,   en el apartamento de la dama, al día siguiente también y así en rutina sucesiva, finalizó en el enamoramiento de los dos. Nos ocurrió lo que en urticantes capítulos relata Cervantes en su novela  Don Quijote de la Mancha  sobre  el “Curioso Impertinente”. Anselmo y Lotario eran inseparables. Anselmo,  rico tontarrón, matrimoniado con Camila, se la puso de carnada a Lotario, en una arriesgada empresa provocadora. Ella, por expresa  voluntad de su marido, debía atenderlo a toda hora, ausentándose por semanas y  dejándola en obligada dependencia  hogareña   de su amigo.  Por  LOS INDESTRUCTIBLES LAZOS QUE LOS UNÍA, LOTARIO  se resistía en estimular las debilidades de la mujer. El cabrón Anselmo, caras debió pagar las atrevidas y rogadas  propuestas. Lotario terminó en relaciones fornicadoras con Camila. Algo similar me tocó vivir  en este periplo pasional.

La historia casi finaliza en tragedia. Los contactos de cariño terminaron   y debí cuidarme de las reacciones violentas del enamorado. Cuando obtuve el título de abogado tomé la decisión osada de invitarlo a la fiesta de mi grado. El asistió y reiniciamos la amistad.
Pedro Nel fue víctima de su corazón precario. Había sido nombrado Notario en La Dorada (Caldas), sometido siempre  a las frecuencias de los infartos. Varias veces lo visité a La Shaio en donde lo encontraba alegre, tomándole el pelo a su enfermedad.  Sorprendido de su tranquilidad, le preguntaba por qué no tenía ningún síntoma de abatimiento. Él me contestaba  que los  achaques del corazón no duelen. Frase que en cuerpo propio pude comprobar años más tarde.Finalmente un infarto lo mató.

Pese a la rutina de su vida, es preciso señalar que el legado de Pedro Nel Duque tiene contornos imperecederos. Era bacán, mujeriego, y a su existencia le daba un  manejo deportivo.  Sabía reírse de sí mismo. Pése al cerco  de sus frecuentes padecimientos, Pedro Nel  hacía tertulias festivas, aunque era cauto para hablar de su futuro. Presentía  que en cualquier instante tomaría viaje a la eternidad.

Era festivo el destello de su imaginación.Utilizaba el gracejo como un escape a sus dolencias. Con una advertencia : el filo hiriente de sus cuentos jamás desencadenaban carcajadas. El humor suyo era de sonrisas, de calambures sutiles que sobrecogían como agua helada en un desierto. Producían placidez y alegría. Tenía una manera sutil de ver su entorno, de analizarlo por sus aristas jocosas, por las perlas de humor que se encuentran en la prosodia aburrida de los días. En todo buscaba dos facetas. La primera,  seria y hosca que él analizaba con desdén. La otra, la que no se ve, la que se desentierra, la que emerge del rebusque burlón, era deshumanizada, de acicalada impronta severa, enfocada con lente juguetón. Pedro Nel utilizó las frases cortas, la descarga de la chispa que produce circuitos eléctricos.  Manejó alternativamente las policromías del ingenio. En sus libros hay humor negro que produce risa llorona. Brinca la sátira que deja un regusto de acidez.  Hay ironía para burlarse de los pisaverdes.Hay parodias para achiquitar la estela de los que se creen famosos. Juega con lo ilógico en las paradojas. Es agudo en los epigramas.Mordaz en los sarcasmos. Maneja con destreza la hipérbole cuando descompone las muchas facetas que puede contener una verdad.

El Quijote es polivalente. Tiene de todo. Hay saturación de hechos históricos, análisis de la frívola literatura  de los creadores de fantasías imposibles. Con dolor risueño se contemplan las calenturas imaginativas  del Caballero de la Triste Figura. Es Sancho el que engarza a borbotones los refranes y la visión imaginativa del Quijote  le hace esguinces  a la realidad. Cada aventura suya produce sonrisas y deja un  sedimento de dolor.

Pedro Nel Duque escribió tres libros cuya lectura producen una festiva hilaridad por las cosas absurdas que él inventa. Carecen de prosas ampulosas y su deflagración carga  el ámbito de una sensación de sorpresa. Cada aforismo, cualquier afirmación, la viruta que le saca a los acontecimientos, son correspondidos por la complacencia admirativa del lector. Sus donosas partituras   son para leerlas en un programa de descanso, para las  vacaciones que deben tener ratos de solaz. En ellos parpadea la inteligencia, la crítica socarrona, el descubrimiento de un humorista excepcional.

“Grajeas para el Tedio”, “Entrevistas imaginarias con Nerón” y “Memorias de un Desmemoriado” son las obras en los cuales “Crispín” (el seudónimo de Duque) destila químicas mordaces, hace apuntes jocosos, y dejan al lector sonriendo ante los apuntes ocurrentes de este fabricador de exageraciones. Si “la pluma es lengua del alma”, como lo proclama Don Quijote,  hay que afirmar que este letrado aranzacita utilizó bien el estilete con una catarata  de inventos que hacen recorridos maratónicos  desde la ingenuidad absoluta, que es otra forma de darle vía libre a la sonrisa, hasta la más rebuscada cuentística,  propia de una mente selectiva.

Hizo bien la administración del municipio de Aranzazu, en cabeza  de Gabriel Zuluaga, en recoger la producción poética dispersa de Javier Arias Ramírez y queda en sus manos los cortos libros  de Crispín, que pueden ser publicados en un solo tomo.  Hay que recordar que solo el espíritu tiene lampos de eternidad.

[email protected]