7 de marzo de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Manizales odia los árboles (VI)

12 de diciembre de 2014
12 de diciembre de 2014

Te cerca un bosque denso, de misteriosos árboles,            
con pájaros errantes y canciones sin término.                
Te guarda entre sus ramas de música, te encierra,            
lejos de la ceniza destructora del tiempo.

“Raíz eterna”: Maruja Vieira

La ironía, la burla, la vergüenza, la insensibilidad, el absurdo, la indiferencia, la avaricia, la ignorancia, la contradicción, hasta completar una docena o más de sinsentidos y de antivalores, son los que afloran para calificar las actitudes y las manifestaciones de los manizaleños ante la naturaleza, ante el entorno que rodea sus casas o el edificio de apartamentos que corren a ocupar, atraídos por la plancha de cemento para parquear los carros o entrarlos al garaje, no por la magra zona verde que tiene, si es que la tiene, ni por el parque que queda al frente, detrás o al lado de su lugar de habitación, porque los barrios de Manizales siguen y seguirán sin parques, ni menos por el aire que van a respirar sus hijos o sus nietos.

Sí, hablamos de la belleza del paisaje de la ciudad, lo ponderamos, lo publicitamos, sin darnos cuenta que lo alabamos cuanto más distante esté de donde nos encontremos. Sí, está en el horizonte de nuestra mirada, pero al mirar un poco al más inmediato, hacia abajo si estamos en el corredor polaco, o en la terraza de cualquiera de la infinidad de cajones rectangulares que se erigen y se nos imponen de manera constante sin el más mínimo buen gusto ni sentido de la estética, no apreciamos sino cemento y cemento, dureza y dureza, inimaginación y antihumanismo.

Las escribí hace veinticinco años y esas palabras han cobrado cada día y ahora, más desesperanzadora vigencia, como si fueran cuestión de nuestro “destino” y de nuestro “carácter”: El acelerado y confuso proceso de urbanización, sin pautas de bienestar ambiental y futuro, ni planeación racional, ha vuelto sus alrededores inexpresivos, terrosos y sin verdes. Una dramática invasión de grises petrifica el paisaje. Lo había advertido hace 70  años el arquitecto español que vino a asesorar los planos de la Plaza de Toros. “Una vez dentro de la calle –decía entonces- encuentro demasiado lujo de cemento que les dan una tristeza y una oscuridad completamente en desacuerdo con este clima y con la ciudad misma. Hay muy pocos espacios verdes y los pocos que tiene están llenos de arquitectura, de escaleras y de templetes que son más bien exhibición de hormigón que parques” Estamos en 1946. Y añadía el doctor Santiago de la Mora: “A mi juicio, deberían ustedes (dirigiéndose  a los mandamases de ese tiempo) proteger todo lo que actualmente existiese, por ejemplo, el pequeño bosque situado al otro lado, frente a la avenida del Centenario. Ya que este bosque existe y se requieren tantos años para que los árboles tengan ese aspecto, debe respetarse por todos los conceptos”. En ese sitio está hoy el barrio El Bosque, pero paradójicamente, de este quedó solo el nombre. Ni un árbol. El consejo del doctor de la Mora fue desoído. (Manizales bajo el volcán 1990, pgs. 69, 71).

Y esto sucedió cuando se preparaba el primer centenario de esta capital, que fue el último canto de cisne del esplendor de Manizales, cuando ésta era todavía la quinta ciudad del país y vivían aun dirigentes  con visión y verdadero espíritu cívico, sin arribismos sociales, cuando la naturaleza comenzaba en el solar de nuestra propia casa y se continuaba un poco más allá y en las primeras miradas de nuestros ojos infantiles, estaban siempre los árboles ante nuestra gozosa retina, cuando se tenía un aeropuerto que se llamaba Santágueda, una Normal que parecía un templo romano, un “Castillo” cuya fotografía nos llena de nostalgia a muchos, de curiosidad a los de fuera para conocerlo, y de risa a los que lo convirtieron por años en una manga desolada, cuando teníamos un teatro,  el Olympia, tumbado después con la complaciente indolencia del concejo municipal de la época, cuando permanecía intacto, elegante, señorial y maravilloso el barrio Versalles, el más bello de Colombia que había servido de modelo para otros en el país, cuando  unos palacios, el Municipal y el Nacional, cuya reparación y conservación hubieran costado menos que el tener que hacer  feas construcciones dos veces, le daban ese toque visual único al centro administrativo, en fin, cuando no existían las facultades de ingeniería y de arquitectura, ni los funcionarios de planeación municipal, ni la miopía cortoplacista de esta oficina, y cuando no se habían inventado institutos oficiales de justificación legal depredadora,  como el llamado hoy  Corpocaldas.

En consecuencia ¿será apenas paradoja el que no hayamos podido admirar los cedros del barrio Los Cedros, ni la arboleda que se supone está en el barrio La Arboleda, ni los pinos de la Enea, ni el encenillo en los altos de Capri,  ni los árboles de laurel en Los Laureles, ni los rosales en el barrio Los Rosales, ni la alameda de San Cancio, ni los eucaliptos del barrio Persia, ni los nogales en el portal que proclama su nombre, ni el palmar de La Uribe, ni los arrayanes donde dicen estar, ni los sauces en Palermo, ni Los Guayacanes en ese sector, en el que no multiplican esos árboles sino en el nombre de los edificios, y que no sepamos qué tan al norte quedan los Bosques del Norte,  ni en cuál norte se encuentran? Se me responderá  que es solo un asunto nominativo y con un chiste mediocre se comentará que tampoco encontraremos nieve en el barrio El Nevado, ni en el alto ni en el bajo. Más bien, una incitante investigación para los medioambientalistas, es la de despejar de dónde provienen los nombres de esos barrios y de los otros sitios y si se corresponden o no con la naturaleza originaria de los terrenos escogidos,  proporcionándoselos,  o sirviendo de inspiración para los mismos, a costa del sacrificio de su verdor.

Columnias del autor

√Manizales odia los árboles (I)
√Manizales odia los árboles (II)

√Manizales odia los árboles (III)

√Manizales odia los árboles (IV)

√Manizales odia los árboles (V)