18 de abril de 2021
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La mutilación genital entre los Embera.

6 de agosto de 2014

victor zuluaga

Con un grupo numeroso de estudiantes y algunos profesores, recorrimos durante doce horas un camino que lleva hasta Purembará, donde se encuentra una iglesia, un internado indígena y había un grupo de monjas de la Madre Laura. Pensé y juré que nunca más volvería por esos lugares, por todas las dificultades que pasamos y además por un tifo que sufrí como consecuencia de picaduras de animales y el ingerir agua no potable.

Pero luego llegaría a mi casa una comisión de indígenas solicitándome que investigara sobre la razón por la cual ellos habían perdido sus tierras, entre otras, más de quinientas hectáreas escrituradas a la Curia. De inmediato recordé el contacto que tuve con un indígena el cual me dijo: “Mire, usted que es racional, por qué no averigua qué tiene esta hoja que con la cual teñimos los bejucos para los canastos”. La comunidad había interiorizado que eran irracionales, animales. Luego me dirían que algunos  curas  les decían que ellos comían “comida de animales”.

LAS PRIMERA PISTAS.

Transcurrieron más de diez años, al cabo de los cuales un grupo de indígenas realizaban un proceso de profesionalización con la Secretaría de Educación, para que ejercieran como maestros dentro de la comunidad. Y fue una noche cuando conversaba con uno de los alumnos sobre los rituales que se realizan para el paso de niña a mujer, cuando por primera vez tuve noticia sobre la mutilación femenina o ablación del clítoris que se practica a las mujeres Embera-Chamí. “Mire profe, lo que pasa es que mucho antes de que le venga a las mujeres la primera menstruación, ya las han operado, les han quitado la “cosita”, porque eso se hace como a los dos o tres meses de nacida la niña”. Yo consideré que me estaba hablando de una costumbre, como suelen decir ellos “de antigua” y que ya no se practicaba.

No me pareció relevante el asunto y por eso no profundicé sobre el asunto. Pero algunos años después me llamaron de un juzgado de Santa Rosa de Cabal para que opinara sobre la muerte de una niña indígena, debido a una infección causada por la mutilación del clítoris. Al padre de la niña lo tenían en la cárcel y cuando hablé con él, me dijo: “cómo van a creer que yo quería matar a mi niña, lo que pasa es que yo no quería que sufriera “rechaza” cuando ya se fuera a casar…”. Esta familia indígena se había radicado en Santa Rosa, pero habían llevado al Chamí a la niña para que una partera le practicara la mutilación genital.

EL CAMINO EQUIVOCADO.

Se prendieron las alarmas  entre las autoridades municipales y departamentales, así como entre los religiosos que tenían presencia en la zona indígena. La notificación que se le hacía a las autoridades indígenas representadas en sus cabildos era clara: cárcel para los padres que permitan la mutilación genital de sus hijas.

Como era de esperarse, no se volvió a tener noticia alguna por parte de las instituciones de salud, sobre mutilaciones genitales. La razón: el miedo a los castigos  llevó a los indígenas a ocultar a las niñas que mutilaban y se infectaban y a enterrar cerca de sus casas a las que fallecían como consecuencia de infecciones severas. Es por ello que Julia Ropero, profesora de Derecho Penal de la Universidad Rey Juan Carlos, en España, dice: “La vía judicial no es la solución. Ni tan siquiera la primera opción, sino el último recurso”. Lo anterior, refiriéndose a la condena recibida en España a una inmigrante de Senegal que había permitido la mutilación genital de su hija, de acuerdo con la tradición generalizada que se presenta en ese país africano.

PRESENCIA AFRICANA EN EL CHAMÍ.

Primero se habló de la mutilación practicada por los Chamí como una costumbre ancestral. Hay quienes sostienen que fue una práctica introducida por las monjas de la Madre Laura. Sin embargo, todo indica que fue apropiada por los Chamí de los esclavos africanos que procedían de Malí y que al hablar lengua “manden”, fueron conocidos como Mandingas. La particularidad de estos esclavos era la de ser islámicos y practicar la mutilación femenina de manera generalizada. Los árabes en su proceso de expansión por África, introdujeron también en muchas étnicas africanas la práctica de la mutilación femenina y es por ello que en la actualidad se reconocen 28 países africanos en los cuales se produce dicha mutilación.

Hay documentos que muestran cómo en la población chocoana de Tadó, cerca de la región del Chamí, tradicional territorio de los Embera-Chamí, hubo desde el siglo XVII esclavos mandingas trabajando el labores de minería y también, documentos que señalan cómo los indígenas del Chamí eran llevados a las cercanías de Tadó a trabajar en agricultura. Y digamos que los indígenas, además de apropiarse de costumbre de mutilar a las niñas, también copiaron los bastones utilizados por los esclavos para realizar sus rituales de curación. En la actualidad, los jaibanás usan sus bastones para controlar con ellos a los espíritus, a quienes llaman “jais”.

EL MITO.

Si para muchos grupos islámicos al mutilación femenina es considerada como un ritual de purificación par la mujer, entre los Embera-Chamí se construyó un mito que soporta la práctica así: El Universo está compuesto por nueve mundos, que son platos redondos. Nosotros vivimos en el de la mitad, es decir, sobre nosotros existen cuatro mundos más que se van haciendo más pequeños a medida que se alejan del mundo del centro y hacia abajo otros cuatro mundos. Ese total de nueve mundos es soportado por el dios creador, Karagabí, quien de vez en cuando lo pasa de una mano a otra cuando se cansa. Ahora bien, si las mujeres en el momento de realizar el acto sexual, se mueven, se contorsionan, el Universo puede perder su estabilidad y se puede caer de las manos de Karagabí, produciéndose el fin del Universo. Como quiera que el clítoris es un órgano que permite sentir placer y ello generar movimientos indeseables, es por ello que es necesario extirparlo.

QUÉ HACER.

Una costumbre tan  arraigada y en una comunidad que se caracteriza por su dispersión territorial, no es fácil eliminarla. Sus autoridades están de acuerdo en que es necesario desestimular y acabar con esa práctica que en nada favorece el crecimiento, el desarrollo del a comunidad, pero las medidas de policía no parecen ser el camino indicado para la erradicación de la práctica. Se hace necesario trabajar en dos frentes: con las mujeres para que ellas sirvan de vehículo para desestimular dichas prácticas, pero también con los ancianos porque éstos son los encargados de transmitir las tradiciones por medio de los mitos y las leyendas. Es claro que para cambiar la realidad no es suficiente  la expedición de normas.

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