16 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El mejor o el peor Congreso

20 de julio de 2014

Pero es que, si bien corresponde a una costumbre republicana afortunadamente consolidada, se trata de la instalación de un Congreso que puede marcar la diferencia dentro de la línea histórica observada en las últimas décadas.

El Gobierno recientemente reelegido contará con cómodas mayorías parlamentarias, provenientes de grupos políticos de diferente naturaleza que se unen en torno a algunos propósitos básicos, ya sea el de la paz o el de la participación burocrática en la administración pública. Esta última ha sido el factor cohesionador de nuestro sistema político basado en el clientelismo y la apropiación partidista de los recursos públicos.

Lo novedoso ahora no es que eso vaya a cambiar, sino que entrarán unas bancadas de oposición que si bien no tendrán capacidad de impedir que el clientelismo, la burocratización y la apropiación de los recursos públicos sigan produciéndose, sí podrán hacer realidad un control político y una sensibilización ciudadana frente a esos vicios.

Al margen de que muchos de quienes ahora llegan a hacer oposición, en el pasado hayan convivido, incluso patrocinado, las formas de hacer política que ahora combatirán, es esperanzador para nuestra democracia que por fin se ejerza el control político que brinda a los ciudadanos mayor transparencia en el manejo de lo público-estatal, en un marco de asfixiante corrupción que para los gobernantes solo es mala cuando quien incurre en ella es un adversario.

Si los retos del Gobierno y de su coalición partidista son enormes, los de la oposición no son menores.

Se viene, ni más ni menos, la discusión y aprobación de los mecanismos que permitirán incorporar a la legalidad vigente los eventuales acuerdos de terminación del conflicto armado que se negocian con las Farc en La Habana.

De ahí, y de la posibilidad que efectivamente sea el pueblo el que refrende en las urnas los acuerdos, dependerá la noción que este país adopte de su entendimiento del Estado de Derecho, de la concepción de la justicia, de lo que considera infranqueable ante las violaciones a la ley, a los derechos humanos, al respeto a los instrumentos internacionales de protección a las víctimas, de si asume o no como relativo el concepto de dignidad humana.

Y tendrá el Congreso en sus manos la suerte de la administración de Justicia, de si decide cortar las anomalías y desajustes que han hecho de la Rama una de las instituciones con mayor desprestigio entre la población.

De la labor parlamentaria, tanto de los miembros de la coalición oficialista como de las fuerzas de la oposición, dependerá que la cultura política de la ciudadanía pueda verse enriquecida o persista su retroceso.

Un ejercicio de control político basado en la impugnación de políticas nocivas que no buscan el bien común ni protegen el interés general, activa a su vez el control ciudadano que impide que los intereses corporativistas y particulares de la politiquería se impongan siempre.

Habrá voces en este Congreso que no van a acomodarse con los tradicionales «acuerdos de gobernabilidad», que no son más que reparto de bienes y recursos públicos entre sectores políticos a cambio de votos a proyectos del Gobierno.

Si bien el Centro Democrático del expresidente y desde hoy senador Álvaro Uribe llega como minoría tanto al Senado como a la Cámara de Representantes, tendrá la capacidad suficiente -y esperamos que la voluntad- de ejercer una labor opositora encaminada a mejorar los proyectos de ley, impedir la aprobación de normas concebidas bajo intereses oscuros, efectuar un riguroso control político al Ejecutivo, que en los segundos períodos siempre tiende a descarrilarse y privilegia el pago de deudas electorales a cuenta del bolsillo del ciudadano.

El uribismo será objeto de toda clase de ataques, algunos ya anunciados. Vamos a ver la situación paradójica de una oposición objeto de oposición. Con razones válidas o con malas artes. Con gallardía o con modos de gallera. Ojalá pudiéramos confiar en la altura de miras y en la prevalencia de los argumentos. La política colombiana no deja mucho margen para el optimismo. Podríamos tener un buen Congreso, o el peor posible.

EL COLOMBIANO/EDITORIAL