18 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Cuarenta años del Hospital San Isidro

5 de julio de 2014

Ese olvido y ese abandono,  es tan triste decirlo, saberlo, poderlo demostrar,  las más de las veces proviene del propio entorno familiar, de los que más les deben, por los que más se sacrificaron, si es que no les dieron la vida o lo mucho o poco que consiguieron, y de los que también recibieron un capital intransferible y único: historias,  tradiciones y muchos ejemplos.

La calidad de los servicios que se prestan en San Isidro, nombre con el que lo identificamos todos, sin distinguir si son de una u otra clase, ha sido ponderada por quienes han tenido la oportunidad de apreciarla o de utilizarla agradecidos. La profesionalización, la experiencia, la probada entrega del personal que allí trabaja, desde los médicos hasta los celadores, incluidos los estudiantes que hacen sus pasantías, ha corrido siempre de boca en boca entre los que han podido constatarlas.

Pues bien, parece, y comenzamos la escalada de rumores, que el alcalde de la ciudad, para agradecer esas cuatro décadas de asistencia continua a los ancianos, quiere celebrar el aniversario de la institución, acabándola, cerrándola, dividiéndola, empequeñeciéndola, despojándola de su espacio, dispersando a los pobres viejos y a los enfermos, o separándolos, o nadie sabe cómo lo celebrará, en fin, son rumores que se desprendieron de la declaraciones, muy vagas por cierto, dadas por la primera autoridad del municipio para el diario La Patria,  basadas también, lo que es increíble, dañino y poco serio, tratándose de su cargo, en solo rumores.

El diálogo con los abuelos, que es tan necesario para evocar y reconstruir costumbres y sucesos del pasado, es en San Isidro posible y ojalá fuera más deseable. Los niños que viven con ellos o que los tienen cerca, cada vez les preguntan menos, por lo que los viejos cada día tiene menos qué contar o más que olvidar. No sabemos qué tanto conversó o conversa con su abuela Jorge Eduardo Rojas, hoy burgomaestre de Manizales.  Y si ella le contó alguna vez, que la inclinación de su sensibilidad la llevó a apersonarse del hospital como si le competiera, fomentando actividades para paliar  la ociosidad y desarrollar destrezas, llevándoles a los viejos instrumentos, acompañándose de sus hijas, tías del mandatario actual, para pintar murales, darle belleza y colorido a ese lugar de por sí bello y fascinada con los jardines, como mujer, como madre del entonces alcalde, como manizaleña, y con mucho sentido artístico, procuró que lucieran  esplendorosos. Si la primera dama decide imitarla en una campaña semejante, no será tardío ni mal visto su empeño.

Rojas, el nieto ¿Le habrá contado a la abuela cómo piensa asegurar el presente y el futuro del hospital? ¿Le habrá confiado a ella sus intenciones, las que para nadie, hasta ahora, son claras? ¿Le pedirá consejo?  ¿Hará que San Isidro sea la joya para mostrar al finalizar su administración y de la que se enorgullecerá cuando  la memore en el futuro? Con bochorno, reconocemos que en Manizales lleva ya tiempo la malsana costumbre de cerrar, o de tumbar o de terminar o de cambiar el destino, de instituciones o servicios que por años cumplieron a cabalidad con los fines para los que fueron instituidos, con el pretexto de reformar o con el prurito de cambiar por cambiar, porque se ostenta en un momento  un poder transeúnte, que hoy es y mañana no parece, así después se cargue con la penosa vergüenza de no responder a los reclamos futuros y dejar que se llore sobre la leche derramada.

Quiera Dios no vaya a ser el de San Isidro, otro caso. Por el contrario. Una sugerencia puede convertirse en certidumbre. Porque el señor Alcalde aprovechará el 40º. Aniversario para llevar, no a los contratistas de siempre para pagar favores políticos y que dejan  todo a medio hacer, sino, planos en mano, a los mejores ingenieros, sanitarios también,  y arquitectos, a ambientalistas y especialistas en entorno, a jardineros y sembradores, a escultores y artistas, a maestros de obra, albañiles, muralistas e inclusive grafiteros, para reparar sus instalaciones, porque muchas están deterioradas, para renovar y fortificar sus estructuras, para diseñar nuevas áreas y rediseñar otras, para hacer de la entrada, a partir de la urbanización que recortó verde y paisaje, una hermosa alameda, sombrando, adaptando o trasplantando los árboles requeridos, para limpiar, abonar, reverdecer y reflorecer sus jardines, repoblarlos de pájaros y animales pequeños, creando un pequeño ecosistema equilibrado y sostenible,  multiplicarles especies y variedades, sistematizar el horario de su riego, utilizar y potenciar los materiales reciclados, sector por sector, y para construir, restaurar o adecuar focos de atención y lugares de descanso y relajamiento como fuentes, estatuas, bancas, y hasta muros y paredes, en los que los pacientes, dirigidos en principio por manos expertas, puedan en ocasiones especiales, expresar con colores y  figuras su mundo interior y volcar en arte sus percepciones y sus soledades.

Desde su inauguración, hace cuarenta años, el hospital San Isidro se haya situado en un espacio maravilloso, que quizá envidien los urbanizadores verdicidas y otros pavimentadores del aire para llevar allí la contaminación que llaman progreso. También puede ser pasto de antojo de otras instituciones que desean sus instalaciones y más, el paraje en el que están, para ahorrarse el esfuerzo de construir las propias y así desalojar sin reparo a quienes lo ocupan desde siempre. La sensibilidad lítica de los entes gubernamentales, entre más distantes y más ajenos a una historia, hacen viable o inviable un establecimiento escolar u hospitalario de carácter público, según el interés del doliente con influencia que busca preservarlo, o del funcionario indiferente sin consideración sobre su suerte.  La óptica burocrática casi nunca coincide con la académica y menos, con la comunitaria. Lo que es un atributo o le da preeminencia a algo, según una mirada, es un perjuicio o una desventaja, para lo otra.

El hospital San Isidro se destaca en el país y se dice que también, en Sudamérica, por prestar el servicio clínico y el servicio geriátrico sin afectar  la unidad de las funciones. La especialización y las prácticas acumuladas por el ejercicio de esa doble asistencia, no solo ha cualificado más a su personal,  sino que ha hecho cada año más útil y  más  necesaria su continuidad y más satisfecha y agradecida a la comunidad.

La academia misma ha hecho ese reconocimiento con admiración. Colciencias –y no es el primero que reciben-, le ha concedido el premio a la excelencia, al proyecto de  investigación salido de la entraña misma del hospital, de su estudioso grupo de investigadores, por el alcance internacional de la singular experiencia. ¿Se darían cuenta de esta honrosa distinción, en las oficinas del Leonidas Londoño y en las secretarías de salud?

Médicos, enfermeras, auxiliares y demás profesionales de San Isidro, por años, han sabido separar la asistencia requerida por cada paciente, para mayor eficacia y más personal atención. Saben, como nadie más lo sabe o quiere saberlo, que la sola vejez es una enfermedad que sumada a la  soledad, es  más grave todavía, no apenas para el individuo que la sufre y al que se le ofrece la única salida, sino para la sociedad que refleja lo que es o a lo que ha llegado, en su trato a los ancianos.

Una cosa es esa separación del servicio que responde a la atención individualizada, otra es la separación de su destino, el del hospital y el destino de los ancianos.  El rumor de separarlos, de someter a la clínica al riesgo de la corrupción de la burocracia hospitalaria, porque lo tiene, y el de dispersar a los ancianos, aislando a  unos de otros, alejándolos de sus únicos y últimos amigos, para acomodarlos como bultos en los ancianatos, si es que los hay con todas las dotaciones,  sin importar si caben o no caben, es, se repite, solo un rumor, tan cruel como necio, que la psicología del rumor develó cuánto daño hace, y éste ya lo hizo, sin necesidad, sembrando el  desconcierto, el desánimo, la desesperanza, en servidores, pacientes y usuarios del hospital. 

Pero se aspira, se desea, se reclama, que se quede en eso y ojalá, desde ya, en pasado. Que simplemente fue. Y para acallarlo, nada mejor que las acciones positivas.  Ya las insinuamos. ¿Qué tal hacer de ese lugar que ocupa el Hospital San Isidro y de sus alrededores en La Linda, uno de los más hermosos de la ciudad?  Ese espléndido espacio,  que reconcilia a los enfermos y a los ancianos con la vida, que disuelve la artificial dualidad de campo-ciudad, ciudad-campo, que les mantiene presente su origen campesino, el mismo nuestro, constituye un  hábitat digno de su humana dignidad. ¿Y porque es  bello, amplio, verde y florecido, no lo merecen los viejos por el solo hecho de serlo?

Darle más solidez a las bases, pintar los muros y paredes, derruir lo que esté para caerse y reconstruirlo mejor  y con más duradera calidad, arreglar lo que haya que arreglar, y si a ese brío administrativo se le añade eficiencia, como la de dotar de equipos e implementos de alta tecnología al Hospital para que adquiera el nivel de más alta complejidad,  he aquí un programa para que el Alcalde y su gabinete tengan para lucirse de verdad, más allá  de los aspavientos que se pautan en los medios, pero que no convencen a nadie. Planear desde ya la celebración de este 40º. Aniversario, por concurso, oferta cívica, fiesta ciudadana u otro tipo de selección, para convertir ese ámbito tan propio en un sitio turístico, que Manizales los tiene pocos,  y más que eso, en  un área para mostrar, ya no solo a los científicos, sino a ingenieros sanitarios, a ecólogos, a paisajistas, a potenciales benefactores extranjeros y a manizaleños, o a quienes vengan de cualquier parte, que quieran desplegar su espíritu cristiano y a la vez respirar la apacible atmósfera,  en un panorama en el que Dios, la naturaleza y los seres humanos se funden para sanar cuerpos y almas.