19 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La movida política de La Habana

17 de mayo de 2014

Además, junto al Eln, cesará unilateralmente cualquier acción ofensiva entre el 20 y el 28 de mayo próximos.

Se trata de dos compromisos que muy deliberadamente asume la subversión en medio de una campaña política reñida y convulsa, en la que hay un candidato (Juan Manuel Santos ) con el que discute su desmovilización e intereses, pero los cuales, de cumplirse, no dejan de tener un contenido de consecuencias relevantes: que las Farc, en el plazo inmediato, dejen votar sin agredir a los sufragantes ni afectar la jornada electoral y que, en el mediano y largo plazos, abandonen toda participación en la cadena del narcotráfico.

El plenipotenciario gubernamental Humberto de la Calle destacó ayer que el acuerdo en torno al cuarto punto de la agenda (en la práctica, el tercero en discusión) constituye un hito dentro de la mesa de negociación y que es de trascendental contenido e implicación frente a los colombianos y la comunidad internacional, dados los efectos tan dañinos y repudiables de la producción, tráfico y consumo de drogas ilícitas en la población, los Estados y los gobiernos del mundo.

Si nos remitimos a que la DEA y los departamentos de Estado y Justicia de Estados Unidos consideran a las Farc «el cartel más grande de las drogas» en el planeta, entonces estamos, ni más ni menos, ante el anuncio formal, frente a los gobiernos garantes de Noruega y Cuba, de que ese actor ilegal renunciará al poder delictivo (militar, terrorista, financiero, político y corruptor) que le otorga controlar gran parte del negocio del narcotráfico.

Hay que recordar que «nada está acordado hasta que todo esté acordado» en la mesa de La Habana, pero el nivel de detalle y los alcances revelados ayer del acuerdo sobre un problema que ha marcado la historia del país (adentro y afuera), durante los últimos 30 años, debe quedar servido para la crítica argumentada y el análisis de las distintas campañas y sus electores.

Seríamos ingenuos si no advertimos las repetidas faltas a los compromisos adquiridos por las Farc en diferentes momentos del conflicto armado y procesos de búsqueda de la paz. Pero quizá sea esta, también, la única oportunidad en que, de cara a la comunidad internacional, desglosan el problema y su solución no solo desde la perspectiva de atención social del campesinado productor de hoja de coca, y del enfoque de salud pública que debe darse a los daños del consumo, sino que también aceptan atacar los fenómenos delincuenciales engendrados por esta red del crimen organizado trasnacional.

Volvemos a las observaciones hechas por De la Calle Lombana, respecto de la responsabilidad asumida por las Farc, en un escenario del fin del conflicto: «se comprometen a contribuir de manera efectiva mediante acciones prácticas con la solución» del problema y a poner «fin a cualquier relación que en función de la rebelión se hubiese presentado con este fenómeno».

Frente a la tregua anunciada por las guerrillas no hay mucho que decir. El gobierno de Juan Manuel Santos está obligado a contener cualquier sabotaje a los comicios y a hacer respetar la elección popular, sea la que sea. Una tregua unilateral tan breve no puede llenarse de contenidos políticos estructurales que no tiene: que la guerrilla frene el terrorismo contra la población civil inocente e inerme y los ataques contra la fuerza pública de manera irreversible.

Por eso estos anuncios emanados desde La Habana, por dos partes claramente interesadas en los resultados electorales del 25 de mayo, deben ponderarse en el contexto de una campaña presidencial enrarecida, polarizada y convertida en motivo de hastío de la opinión pública.

Ojalá lo pactado y lo prometido no tenga el exclusivo cálculo político de un rosario que nos devuelve ahora algo de fe, pero que en un par de semanas podría ser solo eso: una ceremonia que tuvo santos, pero no milagros.

El Colombiano/EDITORIAL