13 de abril de 2021
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Breve biografía de Jesús para Semana Santa (Fin)

20 de abril de 2014

“Jesucristo, Hijo de Dios”

Como hemos visto, la divinidad de Jesús, en su condición de Hijo de Dios, fue anunciada por los profetas y confirmada por sus discípulos, quienes en varias ocasiones no sólo lo declararon así, con base en su experiencia, sino que también registraron las confesiones de El Maestro y hasta las palabras de su Padre, el Ser Supremo y Creador del universo.

Además de los testimonios que acabamos de registrar, conviene repasar algunos de ellos, tomados de evangelios como el de Marcos, cuyas primeras palabras hablan por sí solas: “Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1, 1), afirmación en torno a la cual gira precisamente su evangelio, como tratando de demostrar esa divinidad en que venimos insistiendo.

Pero, Simón fue sin duda el pionero de dicho reconocimiento. El pasaje en referencia es bastante conocido: cuando Jesús les pregunta quién es debido a los rumores que entonces circulaban acerca de si era Juan Bautista, Elías, Jeremías u otro profeta, el fundador de la Iglesia -que allí precisamente es declarado como tal- le responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).

¿Y qué hace Jesús ante tan sorprendente respuesta, rechazada de antemano por los judíos que habrían de considerarla una blasfemia, causa suficiente para condenarlo a muerte? Nada menos que ratificar, en lugar de negar, la plena veracidad de lo dicho, lo cual en su opinión sólo pudo ser dictado por Dios, cuya paternidad proclama una vez más sin rodeos: “Feliz eres, Simón…, porque no te lo enseñó la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos” (Mt  16, 17).

“En seguida –agrega Mateo-, Jesús ordenó a los discípulos que no le dijeran a nadie que él era el Cristo” (Mt 16, 20), mandato que les repitió a Pedro, Santiago y Juan, cuando presenciaron la Transfiguración y escucharon la voz del Padre celestial: “Éste es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido; a él han de escuchar” (Mt 17, 5). “No hablen a nadie de lo que acaban de ver” (Mt 17, 9), dispuso Jesús en prudente actitud por la terrible persecución desatada contra ellos.

Además de los discípulos, las gentes que lo seguían dijeron, una y otra vez, que Jesús era el Hijo de Dios, el Mesías esperado por su pueblo. “Hijo de David, ten compasión de nosotros”, le pidieron dos ciegos a quienes devolvió la vista (Mt 9, 27), mientras otro enfermo, poseído por un demonio del que luego lo liberó, le dijo en términos similares: “Tú eres el Santo de Dios” (Mc 1, 24).

Y en la entrada triunfal a Jerusalén, en ese Domingo de Ramos que abre la Semana Santa en el mundo cristiano, el saludo de bienvenida no podía ser más expresivo sobre la fe popular en la divinidad de Jesús: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David!” (Mt 21, 9).

Resurrección, la mayor “prueba”

En todos estos casos, la divinidad se manifiesta a través de los milagros, hechos sobrenaturales que sólo pueden ser obra de Dios, de su omnipotencia, según lo admitió Jesús con insistencia al hablar de sus obras como prueba irrefutable de su carácter mesiánico. “Aquel que es Sabiduría de Dios ha sido reconocido por sus obras” (Mt 11, 19), sentenciaba en el evangelio escrito por quien fuera cobrador de impuestos.

Por ello, por ser Dios, tenía el poder tanto de sanar como de perdonar los pecados. “Sepan que el Hijo del Hombre tiene poder sobre la tierra para perdonar los pecados”, dijo Jesús tras curar a un paralítico (Mt 9, 6).

Y en el juicio al que fue sometido, Jesús le contestó de manera afirmativa al Sumo Sacerdote que lo interrogaba si él era, en verdad, el Cristo, el Hijo de Dios. “Así es”, fue su respuesta (Mt 26, 64), idéntica a la que dio a Pilato cuando lo interrogaba acerca de si él era el rey de los judíos: “Tú lo dices” (Mt 27, 11), declaró sin importarle que de este modo firmara su sentencia de muerte.

No obstante, la mayor prueba de la divinidad de Jesús es su resurrección o, lo que es igual, su triunfo definitivo sobre la muerte, que numerosas personas de su tiempo y aún después han logrado constatar, por imposible o utópico que parezca a los ojos de la fría razón, facultad intelectual que alcanza en nuestra época un dominio sin precedentes hasta negar incluso la existencia de Dios (el ateísmo contemporáneo, claro está).

Jesús demostró con su vida y su obra, desde su nacimiento hasta hoy, que es el hombre perfecto, poseedor de todas las perfecciones de su Padre (amor, bondad, compasión, humildad, etc.). De ahí que sea el modelo por excelencia para los demás hombres, para usted y yo, quienes podremos lograr así la plena realización personal si asumimos a cabalidad los valores cristianos, espirituales y morales, que han sido el gran fundamento de la cultura occidental.

Vivir dichos valores es subir a las cimas más altas de la vida espiritual, donde habitan la paz y la felicidad que tanto anhelamos. (Fin)

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