22 de abril de 2021
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Tres glosas políticas

20 de febrero de 2014

 

Y si sé de las personalidades destacadas por más de un siglo, es porque creo entender  el por qué de su prestigio y cuáles son los principales aportes que hicieron en su tiempo y que dejaron como su legado a las generaciones que vinimos después. La historia política de estos años que llevamos del siglo XXI, me es cada vez más inintelegible.

Por los medios y en pancartas salen rostros y nombres que no había visto ni había oído nombrar nunca, de los que ignoro cuáles acciones han realizado en esta región en el pasado mediato o inmediato que la hayan engrandecido y que los haya enaltecido a ellos como sus impulsores o protagonistas. En fin, que no logro asimilar de dónde sacan esa presencia de ánimo o, como se decía tiempo antes, esa falta de respeto humano o de conciencia del límite,   para auto postularse a los cuerpos colegiados e invitar a este ciudadano inerme y desprevenido, como lo somos casi todos con excepción de los interesados o de los que llevan velas en esas apariciones,  a que vote por ellos para que ganen más de veinte millones de pesos,  se vuelvan poderosos  y se crean importantes.    

Bueno, hay que tener cierta sindéresis y ser justos,  el que no los conozca yo en nada afecta las magníficas cualidades que crean o puedan tener o los méritos que proclaman para ser ungidos como legisladores. Primero, pueden alegar que son muy jóvenes y que  yo ya no me doy cuenta de muchas cosas por desmemoria, inadvertencia o desinterés. Y tienen razón en parte,  pero exagero al decir que no conozco a nadie. Sí, algunos, muy pocos,  de esos rostros y de esos nombres,  me son familiares merced a mi paso por la  universidad como profesor, los más, y a las actividades culturales y sociales,  los menos. Quizá es un arrebato nostálgico el mío, por el hecho de argumentar de que estoy aquí, en Manizales y en Caldas, desde el mes de enero de 1850, gracias a mis bisabuelos, y que por eso me llamó la atención, por ejemplo,  que el actual alcalde, el ingeniero Rojas, es el primero de los mandatarios de la ciudad o del departamento, en mi ya larga vida, del que no sabía su existencia antes de ser  él funcionario y quien, igualmente, por causas explicables, no tiene la menor idea de que yo existo. Así parezca paradójico, para hacer inexcusable mi desconocimiento de estas nuevas hornadas del parlamentarismo, habrá quienes el tenerme como historiador, lo aduzcan a mi favor, o en mi contra.

Los intelectuales tenemos ideas políticas, concepciones de nación, de región o de ciudad, por eso los partidos o grupos más afines a lo que pensamos o concebimos, suelen tener nuestra simpatía, pero en mi caso personal, voto más por individuos, por inteligencias, por capacidades de servicio, por personas desinteresadas y limpias de turbiedades, sin importarme mucho la agrupación en la que estén afiliados o si piensan como yo pienso. Esa independencia, esa objetividad o esa imparcialidad – parcial sí ante la falta de talento y de honradez- bien puede ser lo que me haya hecho perder con todos, que en ninguna elección, sea cual sea su resultado, he podido sentirme ganador.

Para la jornada electoral pasada de gobernador, hice por primera vez un experimento que siempre he pensado, debe hacerse en cada elección y con cada uno de los candidatos, para cualquier cargo, en una determinada circunscripción. Ese experimento consiste en el análisis completo de la personalidad, la formación y la vida pública de los que aspiran a llegar a una posición de autoridad o de relevancia en una democracia. Muchos debieron leer las que apunté como virtudes humanas, políticas, administrativas, académicas, intelectuales y cívicas,  de los doctores Gutiérrez, Marulanda y Restrepo,  anotadas de acuerdo no apenas con mi conocimiento personal, “de vista y de trato”, desde muchos años atrás, de los tres candidatos, ni a mi solas opiniones, sino a las de sus sostenedores y a las de sus opositores. En consecuencia, ninguno me percibió como su partidario y volví a perder.  

Lo mismo, averiguar por esas virtudes, es lo que quise hacer, por vía de ensayo y de ejemplo,  con el señor Mario Castaño, por la profusión excesiva y  perseguidora  de sus pancartas, por la ambigua señal que hace con su mano, porque no lo había oído mencionar hasta ahora, porque desconozco sus ejecutorias y sus méritos, y por lo mismo, nada tengo en contra ni tampoco a favor de su persona, y por ende,  ninguna razón, ni motivo, ni sentimiento, ni aliciente alguno, para creerme aludido por su invitación a votar por él, por ignorar, repito, el sentido de mi voto, su por qué y su  para qué.

Me puse a esa tarea, y me di cuenta que  ahora sí hay quienes mencionan su nombre, incluso con entusiasmo, sin dejar adivinar la  causa de éste, como los columnistas Rafael Zuluaga y Marco Aurelio Uribe. Pensé escribirles a ellos y preguntarles de quién se trata y el por qué de su admiración o de su voto, que para mí, sí es lo mismo.  Tuve la posibilidad de haberme dado cuenta de lo que piensa, o de lo que siente o de lo que quiere, o de lo que es, si no hubiera apagado el supuesto noticiero municipal, cuando Alvaro Segura anunció que lo tenía de invitado a la “entrevista” de preguntas-editoriales con la que suele espantar al que por azar lo sintoniza. La falta de interés y la inanidad, aparte de su extensión, de esas preguntas,  sé que me hubieran dejado más confuso. No fue pues por ninguna prevención con don Mario.

A una media docena de conocidos que trajinan en esos menesteres políticos, les he preguntado quién es don Mario, qué méritos tiene  y por qué se lanza al congreso, pero ninguno me ha dado respuestas claras, ni siquiera aceptables. Con  diversos tonos de voz baja, de expresiones de rostro, de levantamiento de cejas, de inclinación de cabeza, con dejos despectivos o esbozos de sonrisa que quieren ser irónicos, en resumidas cuentas y   haciendo de mi parte abstracción de juicios de valor, solo me han dicho esto:  De extracción modesta, Castaño es de Pácora, el papá consiguió con un político que le colocaran al hijo en la  Industria Licorera como obrero o trabajador en la sección de ventas, de ahí  entró al poderoso sindicato de la empresa, lo hicieron presidente del mismo y en seis u ocho que estuvo allí,  salió muy rico.

Como digo, en esta síntesis no transcribo las expresiones descalificadoras  o las sindicaciones morales con las que acompañaron sus versiones los opinadores indagados. La inocultable subjetividad de  juicios tan a la ligera, y mi escepticismo, casi incredulidad, sobre la veracidad de esas versiones, por la incoherencia, al menos ética, entre éstas y la decisión de candidatizarlo o de candidatizarse, que alguien debió tomar y el que pueda tener apoyo, mucho o poco. Y en esta coyuntura electoral, sería además una contradicción política. Hasta en la costa atlántica. Tampoco puedo medir los grados de envidia, de pasión politiquera, de sensación de impotencia,  de resentimiento personal, o de concesiones  al rumor y al chisme injurioso,  frecuentes todavía  por desgracia,  con que las emitieron.

De ser ciertas, insisto,  esas versiones,  al meterse de político, al aparecer como hombre público, el señor Castaño debe saber que cualquiera de sus contendientes puede preguntarle por el origen de su riqueza, sobre el de los fondos con los que financia su campaña. Sé que nadie le va a preguntar por los antecedentes cívicos, académicos, intelectuales, políticos, administrativos o humanos, porque entre sus rivales pocos resisten el análisis y desconozco su alguien  puede tirar la primera piedra para cuestionarlo en forma comprometedora. Pero más desconcertado me dejó un fervoroso partidario de don Mario, quien me dijo que había cejado en su aspiración política (acostumbra candidatizarse para todo), porque “se le apareció la virgen”, porque vio  la oportunidad, según este calva, mucho más segura,  de pegársele a Castaño,  al que le dijo: “Mario, ahora o nunca”.  Recabé entonces para que me lo definiera: “Es un hombre de negocios exitoso” !!.

Si lo primero, es el hombre indicado para salvar la Licorera, recuperarle su capital y multiplicarle sus ventas, sabe cómo refinanciarla y querrá ser grato con la empresa. Si lo segundo, ni Ardila Lule, ni Arturo Vallejo, ni muchos otros hombres de negocios exitosos, necesitaron  desgastarse en política ni hacer de ésta otro negocio más. Descarto que el señor Mario Castaño conciba la cámara de representantes como una empresa para negocios exitosos. Nadie lo ha acusado de eso y un segundo Garavito no lo aguanta el partido liberal ni menos Caldas.

2

Sobre las “conquistas” que logró para el país  en la Alianza para el Pacífico, el presidente y candidato Santos, fue claro y preciso el artículo de Augusto Espinosa Fenwarth,  alguien que ha estado en las entrañas del poder político y del poder económico y social del país, hijo y sobrino de dos ilustres santandereanos, siempre oficialistas, siempre gobiernistas, siempre tiempistas (de El Tiempo), los hermanos Espinosa Valderrama, «porque Augusto es Augusto y Abdón es Abdón», como escribía Klim. “Alianza Antiagropecuaria” la llamó el lúcido analista, en un comentario que me llegó al correo, y que los medios no pegotiados ni embadurnados, ah pocos, deberían reproducir.

Antiagropecuaria y antindustrial. Pero no es para sorprenderse. Es otra muestra del colombianismo internacionalizado que queremos reelegir. Es decir, del muy singular amor a Colombia de nuestro mandatario,  que es amor a todo lo extranjero, sobre todo al capital, desde un sillón sito en Colombia. De su amor por los campesinos, los de escritorio bogotano, al estilo Urrutia y a los que terminará por entregar las tierras de la restitución, desestimulando al campesinado de verdad, del que no sabía que existía y al que le entonó réquiem antes del paro.

Por eso con mucho sentido de la verguenza, no quiso que los presidentes de la Alianza conocieran a Buenaventura, ni a los pueblos ni a las costas del Pacífico, para que se imaginaran que aquel puerto, o Tumaco, son como Cartagena, o por lo menos, como Guayaquil.

Arrasar la tierra para explotar minas, o territorios indígenas o la Amazonía y entrar al mercado internacional, es su propósito. Mientras las élites de Bogotá, o bogotanizadas, como señaló María Elvira Bonilla en El Espectador, que son las que están hoy en el poder, coman exclusivo y salgan en la página social de la revista que dirige «mi sobrino», la imagen internacional del país, estará a salvo. Que los pobres campesinos dejen de cultivar, que no coman, o que sigan comiendo lo que vienen comiendo, lo que les alcance con los subsidios. Si no hay salud, si no hay educación, si no hay justicia, no entiendo para qué quieren comer lo que cultivan.

3

Del médico Juan Luis Castro Córdova, hijo de uno de los únicos  tres o cuatro políticos con carácter de que tengamos noticia en la última década, la líder Piedad Córdova, con quien no comparto su visión de Colombia ni sus ideas, pero admiro y respeto su valor, su firmeza y su coherencia para expresarlas,  llegó una circular a mi correo electrónico, en el que se presenta explicando por qué se dirige por ese medio a  un grupo de caldenses, para poner su nombre a nuestra consideración,  pues es candidato al senado. Hubo quienes reaccionaron incómodos por esa forma de entrar a  su computador. Lo que me sugirió la siguiente nota, la que les envié a los aludidos:

Estamos muy susceptibles en cuestiones políticas. He padecido «invasiones» peores. El mensaje ni me molesta, ni me entusiasma.
Su ascendencia es un orgullo de Colombia, un patrimonio intelectual y moral, lo que no da derechos, pero menos los quita. En su caso, parece alegarlos como garantía de sensibilidad y compromiso por la gente sin privilegios.

Pero cómo nos mesamos los cabellos (yo ya no tengo) si el setenta por ciento de aspirantes a mermelada parlamentaria  y de colocados en el santismo de vampiros burocráticos, son por el único mérito de la ascendencia. Privilegio ofensivo, descarado y humillante el de los Galán y el de los Gaviria.

Por ningún lado escampa.

El Cepeda explotó la muerte de su papá cuyo nombre lleva uno de los frentes más beligerantes de las FARC y con más asesinatos en su cuenta.

Nuestro Lizcanito llegó a donde ha llegado subido también en el victimarologio por el secuestro de su padre.
Y ni qué decir de las ascendencias costeñas con una gran tradición en el uso del erario público como presupuesto personal y heredado, que hoy fungen de candidatos, sin hablar del «chance» para suceder o representar a una señora enferma, o a una «santa» señora que recibe diezmos y retribuye en dietas a los «diezmeros».

El doctor Castro, al que no conozco y del que poco sé, aparte de lo que expresa en su carta, me parece que hizo una presentación delicada de sus intenciones, explicando sus vínculos afectivos con esta tierra para justificar sus aspiraciones, ante unos señores que supone son de cierto nivel pensante (alguien le dio la lista) a los que les pide que juzguen, opinen y apoyen o no.

No  me siento irrespetado, pero en el rechazo de los que lo hicieron de una, debería leerse sobre otras formas de manifestar esta clase de empeños ante personas que le inspiran respeto. De estar yo en esa tarea del doctor Castro Córdova,  no  sabría de qué modo.