13 de abril de 2021
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En Cuba empieza la mareta

10 de octubre de 2013

Ayer, desde La Habana, alias «Andrés París», vocero de esa guerrilla, con un aire de sospechosa mansedumbre, dijo que las Farc estaban dispuestas a un receso de las conversaciones mientras se desarrollan las venideras elecciones, pero que ello deberá decidirse consultamente con el Gobierno. Qué considerado.

Hay que decirlo con verticalidad: la búsqueda de la terminación del conflicto armado no puede caer en los tiempos y los ritmos de las Farc. Desde noviembre de 1998 hasta febrero de 2002, en el Caguán, ya nos tuvieron regidos por esa clepsidra cuyo último grano de arena nos trajo la multiplicación del terrorismo, los secuestros y las tomas despiadadas. Ese reloj no sirve para medir la nueva realidad nacional.

El proceso de diálogo ya está inserto en la agenda electoral. Con la mesa de La Habana en marcha, o en receso, inevitablemente el tema será parte de la «munición discursiva» de quienes rodean al presidente Juan Manuel Santos y de quienes controvierten sus tesis y su obra de gobierno, desde otras orillas (izquierdas y derechas).

Un receso solo serviría para que las Farc, desde la comodidad y la vista privilegiada del timonel, vean cómo los sectores políticos y los actores institucionales miden fuerzas en torno al control del gobierno y de la negociación misma, en medio de las maretas que se originan en Cuba.

Quién puede ser tan ingenuo para no pensar que las mayores beneficiadas con un receso son las Farc: para continuar su estrategia de visibilización mediática nacional e internacional (su estado de beligerancia en los micrófonos), para buscar el reacomodo militar de su guerra de guerrillas hoy neutralizada, para examinar el panorama político que dejen las elecciones y fijar sus estrategias de negociación y para evadir con juegos retóricos los compromisos concretos de su desarme y desmovilización.

Según dijo el presidente Santos a sus copartidarios de la U, quedan tres escenarios: seguir el diálogo, levantarse definitivamente de la mesa o decretar un receso durante el período electoral.

Nos atrevemos a sugerir que se debe continuar para ver si las Farc están dispuestas a ceñirse estrictamente a la agenda pactada y a negociar sus puntos antes de que acabe 2013. Y que al 18 de noviembre, al cumplirse un año de instalada la mesa, el segundo punto (de participación política) deberá estar evacuado, porque para entonces llevaría seis meses en tratativas.

El presidente Santos y la dinámica política, legislativa y gubernamental del país no pueden convertirse en rehenes del proceso de búsqueda de terminación del conflicto, ni mucho menos de las Farc. Ya la guerrilla obtuvo considerables logros políticos: su reconocimiento como contraestado y su lugar en la mesa. Ahora no puede forzarnos a extender los plazos de la negociación amarrados al sueño de la paz.

Esa expectativa llena de buena fe que mencionamos al comienzo, no nos puede llevar a perder la autonomía para navegar que ganó el país en los últimos diez años. Con o sin las Farc a bordo, Colombia seguirá y saldrá adelante.

El Colombiano/Editorial