21 de abril de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un guerrero enamorado

4 de septiembre de 2013
4 de septiembre de 2013

Lo ha vencido la muerte increíblemente. Así mueren los guerreros, sin rendirse, luchando hasta el final.

El velo mortal lo ha dejado pálido, inmóvil, quieto, sereno, libre del cuerpo.

En algún momento no creíamos que pudiera desprenderse porque forcejeó contra la muerte por la que finalmente se dejó besar. Ella lo miró en aquel mes de septiembre del 2000, pero entonces la despreció; no quería morirse.

Algunas cosas tenía pendientes: contactar a sus dos hijos ausentes,  mover sus asuntos y espiritualizarse más, prepararse… Cosa que hizo con lecturas, misas, escritos que ahora leemos y oraciones al amanecer cuando el apartamento se iluminaba con su mística marciana.

Le ofreció a Geno el cuidado, las atenciones y la protección de un guerrero enamorado.

Este día,  finalmente la Coaticlue ( muerte) le gana la batalla. Está inmóvil, yerto. Geno, Fernando  y Rubiela  sollozan a su lado; después llegamos los demás.

Lo tocamos, le queremos calentar  sus pies, sus manos  y todo su cuerpo como arrebatándole el frío de la muerte para lo que pedimos una cobija y le damos las últimas caricias. Fernando besa su frente, también lo hago yo, como conciliados con el momento y con su historia: nuestra historia familiar.

En aquel entonces ( en el 2000)  no estábamos preparados para que él muriera. Faltaba la conciliación, el perdón, la liberación. Gracias Madre Divina porque nos ayudaste a  enamorarnos y a aprender de todo el drama que nos tocó vivir con él hasta la última gota.

Hoy, explorando todo su cuerpo inmóvil como buscando algo,  encontramos sus manos. Están aun más grandes, más generosas, abiertas, desmayadas, bellas y las besamos. Tal y como un niño  ve morir a su guerrero preferido en una gran batalla.

A veces cree el niño que su héroe no puede morir, pero allí se comprende que la muerte no es una vergüenza; se revela como un mérito, un regalo, una gran victoria. Cesa toda dolencia corporal, todo temor, todo temblor y todo miedo: es una sublime rendición.

Viaje tranquilo papá, continúe su camino, su evolución, su ascenso. Concluyó su aprendizaje en esta vida. Usted y nosotros aprendimos muchas cosas a su lado. Perdone porque algunas veces nos confundió su carácter; ahora comprendemos que eran sus temores.

Ahora nos detenemos a pensar cómo enfrentó la vida y como un guerrero, nada lo hizo retroceder.

No se sienta solo. Viaje tranquilo y seguro que un coro de ángeles  de la muerte lo llevarán en sus alas guiándolo en su nueva ruta. Siéntase libre, viaje feliz.

Gracias, papá,

Lucy

Carta a un liberal que se resbaló

Por Óscar Domínguez Dominguez

Joven aún:

El primer periódico que conocí fue el eco que jamás necesitó rotativa para circular. Le basta el viento y un buen grito. Ese eco circulaba en las mañanas alegres y entre los arreboles vespertinos de Santa Bárbara, tu terruño. (Internet no es más que una fotocopia sofisticada del eco).

Por otro periódico, el de la familia que circula de boca en boca, me enteré de tu reciente tropezón. Digámoslo en letra de tango, música que nunca fue tu fuerte: “Un tropezón cualquiera da en la vida…”.

Habría sido preferible tropezar en los años mozos. Pero la Constitución vigente  que consagra tantos derechos, olvidó consagrar el derecho a escoger tiempo para tropezar. Y eso que hay tiempo para todo, como leemos en la Biblia, tu libro de cabecera, competencia de tus novenas a la mitad del santoral, tus parceros.

“Pudo haberle ido peor”, fue el resumen del discípulo de Hipócrates que te atendió después de ver en exclusiva mundial el retrato en negro de tu septuagenaria pelvis que vista en el pequeño Larousse parece una mariposa dormida para siempre.

Para ti, el golpe es duro porque estás hecho para la fatiga. Siempre tuviste el trabajo por deliciosa cárcel. Se te nota en las manos condecoradas de callos. En tu hoja de vida no figura una sola visita a la manicurista.  

Los tuyos no te conocemos vacaciones que para ti equivalen a perder el tiempo en bobadas. ¡Qué descansar ni qué ocho cuartos!

A quienes hemos girado alrededor de tu integridad y tu pulcritud para vivir, nos alegra en cierta forma que estés fuera de circulación como un periódico de ayer.

En este forzoso sabático tendrás tiempo de hacer un paralelo entre los liberales de ayer y los de ahora. ¿Quién lleva del bulto?

También podrás concluir que has vivido. Y harto. Y que te has dado con generosidad y desinterés a tus prójimos que andamos enculebrados contigo.

Acaso puedas repasar tus cartas de novio, escritas en una lenta letra, barroca, de monje benedictino:”Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro tu doliente corazón”, le dices en una de esas cartas a tu novia, Doña Geno, quien con el tiempo y un palito sería madre nuestra. Novia que te rescataba a punta de telegramas lacónicos como una muerte repentina cuando te le perdías. «Tu ausencia no opónese recordarte», fue uno de ellos.

Has sido retrechero para la amistad. Por eso sueles cantar con una voz que envidiarían las hermanitas “Cállense” la canción de Óscar Agudelo: ”Desde el tétrico hospital donde se hallaba internado”. Traducida, la melodía nos dice: “Mis amigos, no hay amigos”.

Eso sí, los pocos amigos que has tenido, te bastan. Ojalá tus hijos hayamos hecho méritos para formar parte de esa flaca cofradía.

Puedes dedicarte también a ejercer tu oficio de esposo (mejor casado para dónde). O los de padre, abuelo, bisabuelo, suegro exdifícil, como que casi dejas solteronas a tus hijas por tu afán de que estudiaran primero.

Puedes jugar bajaíto, tute, parqués, dominó, billar, los únicos ocios que te has dado. Al fin y al café perteneces a una generación que no conoció la tal lúdica, no iba a cine ni al fútbol, pocón de lecturas. Se dedicaron a algo mejor: a vivir intensamente.

También te esperan las viandas domésticas para que le des gusto a tu afición por la buena mesa paisa.  O leer los “motes” como les dices a los titulares de los periódicos. O los avisos clasificados, en los que has encontrado una original forma de rebusque desde que te quebraste para no fallar a los compromisos adquiridos.

Podrás recorrer en tu imaginación los caminos de esa Colombia que conoces tan bien que si algún día se borraran las carreteras, se podrían reconstruir  a partir de tu buena memoria de arriero de mulas marca International 210, Mack o Ford F-800. Carros que duraban hasta que se acababan, como el amor.

Gracias al transporte, oficio en el que arrancaste desde abajo, choferiando, hasta convertirte en próspero empresario del transporte que te permitió levantarnos con la mejor de las riquezas: esa en la que nunca faltó el pan a la mesa. Más bien ha sobrado, sin estridencias.

Piensa también que no solo nos diste peces sino que nos enseñaste a pescar, siguiendo el mandato oriental. También nos enseñaste a actuar de tal forma que si tocan a la puerta de la casa en la madrugada, es el lechero, nunca la policía, como dicen que dijo Churchill.

Mejor no le quito más tiempo a tu tiempo, “mi querido viejo” para decirlo con Piero.

Y perdona la confiancita del tuteo. Es parte de lo que les hemos aprendido de tus nietos. Después del próximo punto final regreso al respetuoso usted que te has ganado.

El Negro Óscar Augusto