18 de abril de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

San Andrés: El mar de los siete colores y sus leyendas

22 de septiembre de 2013
22 de septiembre de 2013

Turismo cultural por Colombia

Ahí está el mar, el célebre mar de los siete colores que en realidad son diversas tonalidades de azul y de verde, ese verde excepcional, único, como si fuera un sueño nacido en lo más profundo de las aguas, las cuales envuelven, con su abrazo eterno, a esta pequeña y alargada isla en el Océano Atlántico, una preciosa joya en las Antillas, no registrada siquiera por muchas guías turísticas que promueven en cambio a Cuba y República Dominicana, Aruba y Curacao, Jamaica y Margarita.

Sí, es el mágico mar de San Andrés, tranquilo como si estuviera en el Océano Pacífico, indiferente a las agitadas olas de sus vecinos y siempre acariciado por el sol que lo mira entre sorprendido y celoso o al menos con la admiración que suele despertar a primera vista, desde cuando el avión se dispone a aterrizar en el aeropuerto Gustavo Rojas Pinilla, nombre del General que fuera dictador en Colombia a mediados del siglo XX.
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A partir de ese momento, el mar no abandona al visitante. Lo persigue a diestra y siniestra, por el norte y el sur, de un extremo a otro del archipiélago, y en todas partes deja oír su voz que es un susurro, un sereno llamado a la paz, a la calma y a la felicidad, la cual sólo puede alcanzarse al mirar sus aguas cristalinas que se mecen, vienen y se van hasta el infinito, hasta perderse en el cielo, acaso en busca de las estrellas que en las noches contemplan a solas mientras reciben en su seno el reflejo lejano y brillante, tembloroso y fugaz.

Ya nunca más usted podrá olvidar al mar de San Andrés, el mar de los siete colores que no lograron someter los temidos piratas que intentaron dominarlo tan pronto el almirante Cristóbal Colón descubrió a América. La isla, por lo visto, sólo cede a los encantos del amor, nunca a los ataques de la guerra. La historia así lo demuestra, desde entonces hasta hoy.

Simón, el poeta

Con razón, la isla tiene nombre de santo, está llena de iglesias y atrae a los poetas, entre quienes se destaca el fundador del Nadaísmo, Gonzalo Arango, quien encontró el paraíso terrenal aquí cerca, en Providencia, de donde dio el salto a la eternidad tras caer en el misticismo y alejarse por completo de sus locuras juveniles.

El movimiento nadaísta, a propósito, se inspiró en la obra del escritor antioqueño Fernando González, “El filósofo de Otraparte”, cuyo hijo Simón fue sin duda, durante las últimas décadas, el personaje más popular de San Andrés, donde fue primero intendente y luego gobernador, “el mejor gobernador que hemos tenido” al decir de los isleños.

También era poeta. Él fue quien hizo mundialmente famosa a la barracuda, el pez de ojos verdes y lágrimas azules que veía en sus delirios, que quiso inmortalizar en una enorme escultura de piedra (a la cual le robaron los dientes por creer los ladrones que eran de marfil), y que aún ofrecen, como plato especial, en los restaurantes típicos, donde se niegan a admitir que el legendario animal esté a punto de extinguirse o se haya alejado de estos lados por tomar otros rumbos.
simon gonzalez
Simón, además, era un hombre sencillo, montañero en sentido estricto y parlanchín, como buen paisa. Siendo la máxima autoridad oficial en la región, prefería ir a pie desde su casa hasta la gobernación, acompañado en ocasiones por uno de sus dos ponis que nadie podía montar (uno se llamaba Pegaso, en alusión al caballo alado de la mitología griega), al tiempo que dictaba normas y escribía versos, aplaudidos con entusiasmo por todo el país, desde el mismísimo Presidente de la República.

Al final las cosas se le complicaron, por desgracia. No sólo sus mejores obras, como un hermoso parque de recreación en el centro de la ciudad, fueron abandonadas por quienes se dignaron sucederlo en el cargo, sino que su casa de descanso en Providencia fue presa de las llamas, al parecer por manos criminales movidas por oscuros intereses políticos o en reacción a su lucha frontal contra los corruptos, quienes por poco le quitan la vida.
Así, desengañado y viejo, regresó a Medellín para morir entre los suyos, si bien sus cenizas, en cabal cumplimiento de la última voluntad del poeta, fueron arrojadas al mar de los siete colores, el mar de las barracudas que ese día se vistió de un azul más intenso por las lágrimas que brotaban de sus redondos ojos verdes, como esmeraldas…

Los tesoros de Morgan

Pero, los verdaderos protagonistas de la isla son, siempre lo han sido, sus habitantes, en particular los nativos que se distinguen a simple vista por su tez negra, más bien cobriza, y sobre todo por su lengua creole, un tipo de inglés directo, recortado, sin las complejidades de la gramática, que ni los británicos y norteamericanos logran entender.

¿Y cómo diablos hacen –preguntan asombrados los turistas, incluso los colombianos provenientes “del interior”- para hablar inglés, no español? ¿La isla no fue acaso una colonia de España, no de Inglaterra, desde los tiempos de la conquista? ¿Cómo explicar, entonces, que los isleños, cuyos antepasados fueron esclavos traídos de África, tengan un idioma distinto al nuestro, sus coterráneos de Antioquia y Boyacá, Nariño y Guajira?

El asunto es inexplicable y hasta absurdo para algunos. La historia, sin embargo, despeja las dudas: San Andrés fue descubierta por los ingleses, quienes la colonizaron hasta fines del siglo XVIII, cuando pasó a manos de la corona española que tomó la sabia decisión, en 1802, de establecer su dependencia del Nuevo Reino de Granada, cuya capital era Santafé, la Bogotá de hoy. No es de extrañar, por tanto, el idioma anglosajón de los nativos, ni mucho menos la legítima propiedad de Colombia sobre la isla, reclamada dizque por el gobierno de Nicaragua.

Esa historia, a su vez, nos permite entender por qué Henry Morgan, el legendario pirata británico, pudo haber tenido acá uno de sus centros de operaciones en el Caribe para atacar los barcos españoles que zarpaban de América cargados de oro, saquearlos y guardar los preciados tesoros en la llamada Cueva de Morgan en San Andrés, para luego trasladarlos hasta Inglaterra, donde empezaba a prepararse la gran revolución industrial, principio de la era moderna.
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Como tributo a su memoria, la naturaleza formó en Providencia una roca gigantesca, tallada por las olas del mar, que se conoce como la Cabeza de Morgan, cuyos rasgos humanos sugieren en efecto a los del pirata, quien quiso en esta forma, igual que Simón González, permanecer en la isla, quizás porque sus almas errantes en vida fueron incapaces de abandonarla tras su muerte física.

Es lo que también les ha pasado a muchos visitantes (en su mayoría “costeños”, del norte de Colombia) al pisar las playas de San Andrés y sentir el mar que rompe sus olas en el arrecife coralino que la rodea, pues nunca más pueden volver a sus sitios de origen, seducidos sabrá Dios por qué extraños poderes sobrenaturales, traídos por la brisa.

Si no fuera por el estricto control actual a los residentes para impedir la superpoblación que ya se empieza a notar, acá no cabría la gente.

Los sitios turísticos

La belleza de la isla, con su rica biodiversidad, es el principal atractivo turístico. Y claro, atraen su historia, su cultura y obviamente el calor, su verano a veces sofocante que se extiende a lo largo de casi todo el año, así como determinados sitios, algunos de ellos naturales, que pueden contarse en los dedos de las manos.

La mencionada Cueva de Morgan, por ejemplo. O la centenaria Iglesia Bautista, arriba en la loma, que hace las veces de mirador. O la Laguna, con babillas que son caimanes de menor tamaño. O las playas, las muchas playas de aquí y los cayos alrededor, como Johnny Cay o el Acuario y las Mantarrayas, lugares propicios para vencer el estrés, olvidarse de las preocupaciones y disfrutar simplemente de la vida, en medio de la naturaleza.

De hecho, el comercio es otro atractivo para los visitantes. Al fin y al cabo San Andrés es puerto libre, libre de impuestos como el IVA, y por ello los productos importados (licores, enlatados, lociones, electrodomésticos, etc.) resultan más baratos, generando así una alta demanda, a la que contribuye en gran medida la amabilidad de sus gentes y, en especial, de sus vendedores.
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Un turismo que crece como espuma. Ni siquiera la apertura económica, con la reducción general de precios en el comercio, le dio el golpe de gracia que algunos temían. Al contrario, su desarrollo en los últimos años ha sido notorio, el número de compradores aumenta y hasta la infraestructura turística es cada vez mejor, con cuantiosas inversiones tanto públicas como privadas.

En efecto, la oferta hotelera es bastante amplia, incluyendo las máximas categorías que se exigen a nivel internacional; un moderno Centro de Convenciones está en construcción, frente al mar y a un costado de la vía peatonal o Malecón de los enamorados que recorre la zona del comercio; y por doquier hay espectáculos populares, desde la venta de raspao hasta los bailes de reggae, la música del Caribe y las solemnes ceremonias de la Armada Nacional, en pleno ejercicio de la soberanía.

Un paraíso, en fin, cuyas imágenes de ensueño los turistas perpetúan en sus fotografías que son postales, donde no pueden faltar las casas típicas de madera, con sus colores de fiesta, que parecen a toda hora estar en carnaval, al ritmo de los tambores. Pero…

Los problemas sociales

En San Andrés, como en cualquier parte del país y del mundo, existen problemas que pretenden ocultar las compañías turísticas centradas en el citado ambiente paradisíaco. La pobreza, en primer término. Que afecta a los sectores populares, en barrios de miseria, y aún a los trabajadores de los mejores hoteles y restaurantes, donde los salarios a duras penas alcanzan para sobrevivir.

Son pocas las fuentes de empleo, en verdad. Todo se importa, especialmente de Estados Unidos, Centroamérica y Colombia. La educación superior, universitaria, brilla por su ausencia, y sólo el Sena ofrece servicios de capacitación a quienes logran concluir su bachillerato. Así las cosas, son mínimas las oportunidades para que los jóvenes salgan adelante, obligándolos en ocasiones a dejar la isla y cortar sus raíces con el pasado, con la historia y hasta con sus familias.

Es apenas lógico que algunos sean víctimas del licor y la droga, cuando no de las oscuras redes del narcotráfico que atrae con su señuelo de dinero fácil y las múltiples comodidades que ofrece: lujosos apartamentos, carros último modelo, productos de marca y cosas por el estilo. La violencia, claro está, no tarda en aparecer, con su manto de sangre y dolor.

En tales circunstancias, la corrupción actúa a sus anchas. En el gobierno, de cuya ineficiencia administrativa hay pruebas a granel; en la policía, donde la alianza con el crimen es vox populi desde tiempo atrás, y en la comunidad, la cual no se atreve a hablar en público por temor a las represalias. Hay un silencio cómplice por todos lados, mejor dicho.
regreso de san andres
Es necesario, pues, hacer frente a dichos problemas que de una u otra forma atentan contra el desarrollo turístico y, en definitiva, contra la población, la cual tiende a considerar ridículas las pretensiones de Nicaragua sobre la propiedad de la isla, atribuidas a razones tanto políticas, de corte nacionalista (propias del sandinismo imperante en el gobierno de Daniel Ortega), como económicas, encabezadas por el hallazgo de petróleo en zonas marítimas del archipiélago.

“Pasar a manos de Nicaragua, un país más pobre que Colombia, sería pasar de Guatemala a Guatepeor”, en opinión de un nativo al que poco le importa cómo va a terminar este asunto.

El vuelo de regreso

El avión  vuelve a alzar vuelo, ahora de regreso, y va quedando atrás el mar de los siete colores, con sus piratas y soñadores, con su barracuda de ojos verdes y lágrimas azules, con sus bellas morenas de ojos claros y cuerpos de palmera, con sus barcos de vela en la bahía, con sus paisajes de postal, con su brisa y el susurro de las olas, con sus casas pintorescas y sus cayos vigilantes, listos a defenderse de los ataques de nuevos piratas.

Todo ello se aleja pero también permanece, viaja con uno, lo sigue hacia donde vaya y estará siempre a su lado, incluso más allá de la muerte. Es lo que también les sucedió a tantos visitantes, desde Henry Morgan hasta Simón González, incapaces de abandonar a San Andrés después de haberla conocido…