17 de abril de 2021
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Orlando Cadavid Correa
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No sólo de prosopopeya se vive.

26 de septiembre de 2013
26 de septiembre de 2013

victor zuluaga Escribía entonces que el misionero español Bernardino Sahagún se expresaba así de los indígenas, en el siglo XVI: “Ninguna justicia hay entre ellos; no tienen amor ni vergüenza, son asnos, abobados, alocados, insensatos; no tienen en nada matarse o matar; no guardan verdad sino es en su provecho, son inconstantes, no saben qué cosa es consejo; son ingratísimos y amigos de novedades; précianse de borrachos, tienen vino de diversas yerbas, frutas, raíces y granos; emborráchanse también con humo y con ciertas yerbas que los sacan de sesos; son bestiales en sus vicios; ninguna obediencia ni cortesía tienen los mozos a viejos ni hijos a padres; no son capaces de doctrina ni castigo; son traidores, crueles, vengativos, que nunca perdonan; inimícimos de religión; haraganes, ladrones, mentirosos y de juicios bajos y apocados; no guardan fe ni orden; no se guardan lealtad maridos a mujeres ni mujeres a maridos; son hechiceros, agoreros, nigrománticos, son cobardes como liebres, sucios como puercos; comen piojos, arañas y gusanos crudos don quiera que los hallan, no tienen arte ni maña de hombres…en fin, digo que nunca Dios crió tan conocida gente de vicios y bestialidades, sin mezcla de bondad ni policía.” (ZULUAGA, Víctor. América bajo la dominación europea. Pereira UTP. 1991). El misionero en cuestión aprendió varias lenguas indígenas de los aborígenes mejicanos para desarrollar de una manera más efectiva su proceso de evangelización, es decir, para que abandonaran sus creencias religiosas ancestrales. Incluso dejó varios escritos sobre su cosmovisión que fueron remitidos al Pontífice y que hoy hacen parte de archivos secretos del Vaticano. La razón dada para no hacerlos públicos era la de que los indígenas se pudieran dar cuenta de cuáles eran sus creencia y luego de ser adoctrinados en la fe Católica, pudieses retornar a sus prácticas paganas.

Contrasta desde luego, el hecho que los mismos cronistas españoles, aquellos que denigraban del aborigen americano, se derretían a su vez en elogios para describir a los conquistadores europeos. De Robledo, por ejemplo, se decía que era un hombre noble, generoso, de un corazón benévolo y una serie de epítetos con los cuales seguramente no estaría de acuerdo el cacique Ocuzca cuando en la provincia de Anserma mandó capturar a varias esposas de caciques con el fin de obligar a sus maridos a colocarse bajo el yugo español. Y tampoco estaría conforme con estos calificativos inmerecidos por Robledo el cacique de los Apias cuando mandó que éste fuese ahorcado porque promovió una revuelta en contra de sus opresores.

Haciendo esa relectura, confirmaba una vez más que los cronistas españoles y aún cronistas recientes escribían ajustados a una disciplina que en la Edad Medía se conocía como “Retórica” y que consistía, de acuerdo con la definición que se encuentra en el diccionario, en el  “Arte y técnica de hablar y escribir con eficacia y corrección para lograr convencer al público o lector, provocar en él un sentimiento determinado o deleitarlo”.

El hecho entonces es bien claro: los cronistas españoles escribían para convencer a los lectores de las bondades que tenía la dominación europea sobre América, porque finalmente era el triunfo del cristianismo sobre el paganismo, de la civilización sobre la barbarie, de la razón sobre la animalidad y de la bondad sobre la mezquindad. Y nos convencieron de ello. Tanto, que hoy tenemos avenidas como “Belalcázar”, “Jiménez de Quesada”, “Robledo”, mientras que los nombres indígenas escasean, a tal punto que del cacique Pindaná, no queda sino el “Cerritos”, que no remite en nada a la presencia aborigen que hubo en el pueblo de Pindaná de los Cerrillos. Y del cerro del “Pion”, sagrado para los aborígenes que habitaban los predios que ocupa la Universidad Tecnológica, fue cambiado por otro que no recordara a quienes habían hecho de dicho cerro su centro sagrado; y por lo mismo hoy lo llamamos “El Mirador”. Y el Cerro Batero, que se eleva majestuoso en Quinchía, acabó con el nombre original que era Carambá.

Y digamos que la lección la aprendieron los cronistas criollos para hablar de lo que fue la colonización antioqueña como una epopeya en donde intervinieron los “titanes” griegos, pero en donde la presencia afro e indígena simplemente se ignora. La lección de Parsons sobre el modelo de colonización paisa, similar a lo que ocurrió en el Oeste norteamericano, en donde simplemente se trataba de hacer presencia en espacios vacíos, fue bien asimilada por quienes siguen hablando de prohombres, héroes, titanes y toda clase de epítetos para calificar a aquellos que pasaron por encima de comunidades negras e indígenas.

Porque, finalmente, si quienes colonizaron estos territorios eran seres sobrenaturales, ¿qué mérito pueden tener, si al fin y al cabo no eran humanos? En cambio, en donde hiciéramos énfasis en su humanidad, en su normalidad, y en la superación de los retos que tuvieron que enfrentar, muy seguramente los méritos se multiplicarían. Porque qué mérito puede tener el que un titán (dios griego) se enfrente a la manigua y tale y descuaje el bosque para instalarse con su familia en estas tierras?. Ninguna.

Dice muy acertadamente Alfonso Gutiérrez Millán que ya está bien de prosopopeyas, para referirse a ese desbordado sentimiento y emoción que se expresa por las fiestas aniversarias. Y remata Enrique Millán Mejía que ese desbordado espíritu de la pereiranidad no nos puede llevar a engaños para mirar la realidad que nos rodea. Algo así como ocurre con Manizales cuando despojándose de todo ese espíritu criollo y mulato, convierte la ciudad en un pedazo de la “madre patria”, donde todo es pasodoble y toros y se tira por la borda lo indígena y o afro.

Hace pocos días fui invitado a una pequeña escuela para hablar sobre la historia de Pereira, en una vereda cuyo nombre guardo con mucha emoción. Un pequeño de quinto de primaria se levantó y me dijo: “Oiga señor, ¿quiénes eran los titanes?. Yo, un poco sorprendido con la pregunta, le respondí que los titanes eran unos dioses y diosas de la mitología griega. La reacción del chico no se hizo esperar: “Uyyy, o sea que desde allá tan lejos vinieron a fundar a Pereira?.

Yo diría que ya es hora de hacer más historia y menos retórica.