16 de abril de 2021
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Muchos paros, una indignación

1 de septiembre de 2013

Más allá de las imágenes de los marchantes pacíficos, por un lado, y de las manifestaciones escandalosamente violentas, por el otro, parece que como relato colectivo no nos ha dejado mucho.

Están los campesinos, por un lado, que levantan ante el Gobierno reclamos apenas lógicos: por el abandono estatal consuetudinario, por la falta de una política agraria seria, por el desapego del Gobierno central frente a las realidades locales… Pero esa es, apenas, una parte del paro.

Está el gobierno de Juan Manuel Santos, quien, al querer restarle visibilidad al paro, lo que hizo fue avivar la llama que lo alimentaba. Luego recapacitó, decidió ponerse los pantalones e ir a los focos a negociar los reclamos. Y entendió cosas que no necesitaban de semejante paro para ser evidentes: la crisis del agro, los precios de los fertilizantes, el efecto de los acuerdos comerciales… Pero esa es, también, una parte del paro.

Están las Farc, por supuesto. Y La Habana y los diálogos y esa pretendida obsesión de juntarse con la sociedad civil ante cualquier reclamo que ésta haga. Es natural que esta guerrilla vea en las protestas una masa ciudadana que pretenda cautivar bajo el discurso del abandono. Si lo que está al frente es la política en vez de las armas, nada raro en la movida. Pero sí, que sea todavía en armas. Igual, esa es apenas otra parte del paro.

Están también los jóvenes en las ciudades que a través de las redes sociales encuentran una oportunidad para ser solidarios y manifestarse de forma pacífica. Ven un futuro distinto posible y es refrescante ver a una juventud más comprometida y consciente con lo que pasa en su país. Pero, claro, esa es sólo otra parte de este paro.

Están los vándalos, como siempre. Los que aprovechan oportunidades como estas para salir a las calles a destruir: a saquear y pintar y romper y gritar y robar y golpear policías. Todo lo cual, al final, lo único que hace es deslegitimar la protesta, desteñirla, obligar a la autoridad a actuar. Y esa es otra parte del paro.

Está el Esmad, en particular, o la autoridad policial, en general, que demostró en esta ocasión (confirmado incluso por el comandante de la Policía, general Rodolfo Palomino) excesos inexcusables: ahí se les vio en múltiples videos golpeando civiles indefensos, o rompiendo a pedradas ventanas de casas campesinas sin razón aparente. La fuerza del Estado contra la protesta, otra mirada parcial de este paro.

Y, sin embargo, todos estos elementos, muchos de ellos sin conexión lógica entre sí, dejan de presente que algo anda mal en la estructura. Seguramente, si es que al leer esto no lo han hecho ya, Gobierno y campesinos llegarán a acuerdos y el Estado quizás mejore su relación con el campo, y desaparecerán los desmanes y los jóvenes encontrarán formas creativas de expresión y participación, y en La Habana seguirá avanzando el proceso de paz… Pero la insatisfacción continuará y cualquier mecha puede incendiar al país de nuevo.

Lo que este paro demuestra, con todas sus expresiones divergentes, es que el Estado no está a la altura de las expectativas de su gente, no está satisfaciendo sus necesidades, sus aspiraciones. En el campo, pero tampoco en las ciudades. Y este no es un fenómeno coyuntural ni mucho menos eminentemente colombiano. El asunto va mucho más allá de un buen o un mal gobierno o de unas circunstancias particulares que avivan el desorden. La indignación está ahí rondando por el mundo y es mejor que pensemos en esas expectativas de la gente y cómo el Estado, un nuevo Estado quizás, puede llegar a satisfacerlas.

Por: Elespectador.com