22 de abril de 2021
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La dictadura de Pinochet

30 de septiembre de 2013
30 de septiembre de 2013

albeiro valencia llano

Las consecuencias del golpe fueron tremendamente trágicas y dejó una profunda herida en la sociedad: se desató el terrorismo de Estado que destruyó las organizaciones populares, persiguieron, encarcelaron, torturaron y asesinaron, a miles de dirigentes, y los que se salvaron buscaron el exilio. Cuando liquidaron la democracia y silenciaron la oposición instauraron el modelo económico neoliberal. Después de 40 años el pueblo chileno no ha podido superar la tragedia.

La victoria de un presidente socialista

Salvador Allende nació el 26 de junio de 1908 en el Puerto de Valparaíso; estudió medicina e ingresó a la política. Su compromiso con los sectores populares lo llevaron a conquistar importantes peldaños: Diputado a los 30 años, Ministro de Salud y Senador. Fue candidato a la presidencia por cuatro períodos y, finalmente, ganó en el último intento, en 1970, apoyado por varios partidos de izquierda del movimiento Unidad Popular.

El presidente Richard Nixon procuró evitar que Allende asumiera la presidencia y la CIA organizó un plan que fracasó: se trataba de secuestrar al comandante del Ejército, René Schneider, para provocar inestabilidad y caos; la operación se realizó el 22 de octubre pero cuando asaltaron al general, éste se defendió y fue baleado. El conductor lo llevó al Hospital Militar donde falleció. El 4 de noviembre Allende se posesionó y planteó un programa de gobierno que proponía el tránsito del capitalismo al socialismo por la “vía chilena”. Los puntos fundamentales eran, la estatización de las áreas básicas de la economía, nacionalización de la minería del cobre, reforma agraria, congelar los precios de las mercancías, aumento de salarios y modificación de la Constitución.

Las empresas mineras Anaconda y Kennecott, de las familias Rockefeller y Rothschild, no recibieron indemnización alguna porque pagaron bajos impuestos al Estado y en las últimas décadas sus ganancias habían sumado cuatro mil millones de dólares. Como respuesta Nixon, y su Secretario de Estado, Henry Kissinger, promovieron un boicot negándole créditos al gobierno chileno. En este ambiente se polarizó la sociedad chilena. La Democracia Cristiana se acercó al Partido Nacional, de derecha, y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria inició las tomas de tierras y de fábricas; como respuesta se organizó el grupo ultranacionalista Patria y Libertad que desató acciones de sabotaje y promovió manifestaciones contra el Gobierno. El clima político fue aprovechado por la CIA para crear más inestabilidad y apoyó con dinero a la prensa de oposición: El Mercurio, Tribuna, La Segunda, Las últimas Noticias y otros medios.

Fidel Castro visitó Chile y fue testigo del caldeado ambiente, del saboteo a la economía y de los “cacerolazos”, y dijo algo que resultó premonitorio: “No estamos completamente seguros que en este singular proceso el pueblo chileno haya estado aprendiendo más rápidamente que los reaccionarios”. El paro de octubre de 1972 fue un aviso: la Agrupación de Dueños de Camiones, con el apoyo de otros gremios, y con dinero de la CIA, paralizaron el país. Aunque el Gobierno logró detener el paro se fue preparando el terreno para la guerra civil y un porcentaje alto de la población invitaba a los militares para que pusieran orden.

La traición de Augusto Pinochet

Mientras tanto seguían los intentos de golpe de estado y el malestar en las Fuerzas Armadas era evidente.  Las condiciones maduraron cuando renunció el ministro de Defensa, general Carlos Prats, para que no se dividieran las Fuerzas Armadas y recomendó al general Augusto Pinochet, por considerarlo leal, de bajo perfil y apolítico. Pero todo venía caminando desde hacía tiempo y solo faltaba la oportunidad: el 9 de septiembre Allende le comentó a Pinochet su intención de realizar un plebiscito y el “leal” militar se sumó a los golpistas, cuando vio que el golpe de Estado era inminente. En ese momento los líderes del movimiento eran el comandante de la Fuerza Aérea Gustavo Leigh y el vicealmirante José Toribio Merino, quienes eran apoyados por la CIA y tenían el visto bueno del gobierno de Nixon.

La sublevación se inició el 11 de septiembre a las 6 de la mañana; cuando avanzaba el bombardeo al Palacio de La Moneda el almirante Patricio Carvajal, coordinador de las operaciones, tuvo una conversación con el general Gustavo Leigh, acerca de apresar al presidente Allende, pero Pinochet intervino con tono autoritario: “Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando”. Después de varias horas La Moneda fue ocupada por el Ejército; en este punto, y según algunos testigos, Salvador Allende se suicidó con el fusil AK-47 que le había regalado Fidel Castro.

Pinochet se hizo nombrar presidente de la Junta Militar de Gobierno y asumió el poder: disolvió el Congreso, proscribió los partidos políticos, restringió los derechos civiles y ordenó la detención de los líderes de la Unidad Popular; y el 17 de diciembre de 1974 los integrantes de la Junta de Gobierno lo nombraron presidente de la República. Como un paso importante para perpetuarse en el poder, creó la Dirección de Inteligencia Nacional, organismo represivo del Estado que se encargó de limpiar el camino de enemigos políticos; se institucionalizó la detención, tortura, asesinato y desaparición o exilio de quienes hubiesen colaborado con el gobierno socialista. Se creó la red de informantes para detener a comunistas y socialistas y se estableció el “toque de queda”, que se prolongó hasta el 2 de enero de 1987. Silenciada la oposición convirtió a Chile en el laboratorio del neoliberalismo en América Latina.

El brazo de Pinochet traspasó las fronteras: el 30 de septiembre de 1974 fue asesinado el general Prats en Buenos Aires y Orlando Letelier, ministro de Relaciones Exteriores de Allende cayó víctima de un atentado el 21 de septiembre de 1976 en  Washington. Esto demostraba que el régimen militar quería borrar toda huella del gobierno socialista. También organizó la tristemente célebre “Operación Cóndor”, un plan de cooperación entre organismos de espionaje de las dictaduras militares de América Latina con el fin de perseguir a los exiliados en Argentina y Paraguay.

A todo dictador le llega su hora

Pero a Pinochet se le empezó a voltear la torta al ser derrotado en el plebiscito de octubre de 1988 y la dictadura terminó el 11 de marzo de 1990. Sin embargo siguió con poder porque su modelo había quedado garantizado por la Constitución de 1980; por esta razón cuando cambió el régimen y llegó la Concertación de Partidos por la Democracia, el país siguió por la senda del neoliberalismo. Sin embargo, en 2005 se corrigieron algunos aspectos polémicos como los senadores vitalicios,  pero el sistema sigue favoreciendo a los grandes partidos y excluye a los movimientos minoritarios; es difícil hacer cambios porque en el Parlamento cualquier reforma sustancial necesita el 60% de los votos y de este modo se frenan los intentos de renovación.

Para la época Pinochet era el paradigma de la impunidad y se le fue tendiendo un cerco internacionalmente, por esta razón fue detenido en una clínica en Londres ante una demanda del juez Baltasar Garzón, quien inició el proceso de extradición por genocidio, torturas y desapariciones durante su mandato, entre 1973 y 1990: pero todavía conservaba poder y fue regresado a Chile. Finalmente murió el 10 de diciembre de 2006, sin pagar su deuda con el pueblo chileno.

Solo 62 militares están cumpliendo condenas por violaciones a los derechos humanos, porque la impunidad ampara a los civiles golpistas y a los militares que se convirtieron en criminales. La sociedad chilena sigue dividida y una prueba de ello es que en el mes de noviembre se enfrentarán por la presidencia, la derechista Evelyn Matthei, hija del general Fernando Matthei, colaborador de Pinochet, y la expresidenta Michelle Bachelet, hija del general Alberto Bachelet, detenido y torturado hasta su muerte, después del golpe militar.

Cuarenta años después siguen vigentes las últimas palabras del presidente Allende: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los proceso sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.